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Full text of "Indianos cacereños : notas biográficas de los hijos de la Alta Extramadura, que sirvieron en América durante el primer siglo de su conquista, escritas con motivo del cuarto centenario de su discubrimiento"

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UC-NRLF 



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INDIANOS CACEREÑOS 



INDIANOS CACERENOS 



NOTAS BIOGRÁFICAS 

DE LOS 

HIJOS DE LA ALTA EXTREMADURA ■ 

QUE SIRVIERON EN AMÉRICA 

DURANTE EL PRIMER SIGLO DE SU CONQUISTA 

escritas con motivo del 

CUARTO CENTENAHIO DE SU DESCUBRIMIENTO 

POR 

D. PUBLIO HURTADO 

Correspondiente de las Reales Academias de la Historia 
y Bellas Artes de San Fernando. 



BARCELONA 

TIPOLITOGRAFÍA DE LUIS TASSO 

ARCO DEL TEATRO, NUMS. 21 Y 23 
1892 



LOAN STACK 



ES PROPIEDAD. 



INDIANOS CACEREÑOS 



MMAl 



No hay festivales tan dignos de loa como estos 
centenarios que han dado en celebrar los pueblos 
modernos en honor de sus más preclaros hijos, 
cuyas virtudes cívicas y privadas se ponen de re- 
lieve á las generaciones presentes, para que mirán- 
dose en ellas, mantengan vivo el sagrado recuerdo 
de sus héroes y de sus santos y procuren imitarlos. 
Y si justificadas y plausibles son tales apoteosis, 
es excepcional la que va á llevarse á cabo en honra 
de Colón, porque en ella se van á glorificar, no 
sólo las excelencias de tan eximio personaje, sino 
las no menores de una reina sin par y de tantos y 
tantos renombrados capitanes como los que si- 
guiendo los derroteros abiertos por el insigne ge- 
novés, dieron á España, al par que inagotables 
tesoros, una extensión y poderío como no los tuvo 
nación alguna en aquel tiempo. 

Corría la última década del siglo xv, y los reyes 



345 



de Castilla y Aragón, haciendo un esfuerzo supre- 
mo, acababan de poner término á la secular epo- 
peya de la reconquista con la toma de Granada, 
paraíso de la morisma y ensueño terrenal de los 
artistas y poetas. 

Desistido el monarca lusitano de las belicosas 
empresas que no há mucho acometiera para rei- 
vindicar sus discutidos derechos á la corona de 
San Fernando; aplastada por la poderosa mano de 
los católicos monarcas la hidra de las discordias 
civiles; y enhiesto sobre la torre de Gomares el 
glorioso pendón de Gastilla, el pueblo en gene- 
ral, penetrado de las extraordinarias dotes de mando 
con que Dios había adornado á sus reyes, abría su 
corazón á la esperanza de una paz duradera, — ver- 
dadero mito para cien generaciones de iberos, — 
que restañase tanta pérdida moral y material como 
había experimentado sin solución de continuidad 
por dilatados siglos. 

Mas este anunciado bien no ofrecía grandes ali- 
cientes á los batalladores varones de aquel tiempo. 

cGómo podrían hacerse á la vida agrícola, mo- 
nótona y penosa en demasía, tras la bulliciosa y 
variada del campamento) iQué lucro inmediato y 
suficiente podía prometerles la custodia y fomento 
de la ganadería, comparado con el que de un mo- 
mento á otro les deparaba el botín del vencido 
enemigo ó el saqueo de una villa ó fortaleza? cDe 
cuánta paciencia no tendrían que revestirse para 
acometer las manuales tareas del artesano, quienes 
acostumbrados á los violentos y bruscos modales 
de la soldadesca, cortaban, por no entretenerse en 
deshacer el nudo gordiano? 

Por eso terminada la empresa y licenciadas las 
mesnadas que habían contribuido á llevarla á cabo, 



ios mil aventureros que habían tomado parte en 
aquella postrer etapa del nacional empeño, volvían 
á sus casas mal humorados y displicentes, recor- 
dando por mejores los pasados tiempos del rey 
D. Enrique, en los que todo se contemplaba á tra- 
vés de nubes de humo y de tornasoles de sangre. 

Y sin embargo más de una vez se habían cru- 
zado, al ir y venir por los reales granadinos y las 
antecámaras palaciegas, con la que podríamos lla- 
mar su Providencia, personificada en el modesto 
genovés que apesadumbrado, más que por su ex- 
tremada penuria por la injusticia é ignorancia de 
los hombres, mendigaba audiencias de los monar- 
cas de Castilla, para ofrecerles un mundo despre- 
ciado ya por otros reyes y magnates. 

Mas ccómo confiar en las fantásticas promesas 
de un monomaniaco, cuyas aberraciones científicas, 
según decían, estaban de antemano desautorizadas 
por los santos y doctores de la Iglesia? 

Pero Dios que vela siempre por las grandes 
causas, tocó el corazón de la reina castellana, y 
contra el parecer de los areópagos hispalense y 
salmantino, contra la frialdad del rey Fernando, 
que se resistía á invertir en empresa tan problemá- 
tica las escasas doblas que tras contienda tan larga 
y costosa quedaban en las arcas reales, aquélla 
tomó por su cuenta el proyecto del asendereado 
extranjero, y ofreció para llevarlo á cabo sus joyas 
y diamantes. 



II 



Y llegó el 3 de agosto de 1492, y el alba sor- 
prendió desierto el pequeño puerto de Palos, cuyo& 
habitantes se habían trasladado á la arenosa playa. 

Un centenar de hombres con aprestos de guerra, 
estrechaba entre sus brazos á madres, hijas, espo- 
sas y hermanas, que entre lágrimas y sollozos les 
daban el postrer adiós, en la persuasión de no tor- 
nar á verlos, maldiciendo de callada al ignoto al- 
mirante que con tal tenacidad conducía á un sacri- 
ficio tan sin galardón como seguro á aquellos seres 
adorados. 

Por fin llegó la hora designada, y las tres mal- 
trechas caravelas, acometiendo la empresa más 
gigante que registraba la historia, levaron anclas, 
y bogando, bogando, se perdieron á la vista de la 
inmota y contristada muchedumbre, que no cesaba 
de agitar manos y pañuelos desde el húmedo es- 
tuario. 



Pasaron días... trascurrieron meses... y ¡ni una 
mala nueva de los intrépidos viajeros! 

Mas si eran días de prueba para los que espe- 
raban á pie firme, ^cuántos de temor y de amar- 
gura no fueron para aquéllos? 

El recuerdo del hogar que no volverían á ver, 
era su constante pesadilla. 

Las promesas de Colón, que conseguían por el 
pronto disipar sus cuitas, en breve perdían su en- 
canto ante la avasalladora realidad. 

¡Agua y siempre agua!... Más allá, el inevitable 
cataclismo. 

Varias veces quisieron inmolar al impertérrito 
marino, único obstáculo á su retorno á la abando- 
nada patria; mas éste, que adivinaba el peligro, 
recurría á su persuasiva elocuencia y á la superio- 
ridad de su genio para conjurarlo. 

Y comunicándose de continuo con la ciencia en 
sus cartas y con Dios en sus oraciones; velando de 
noche y reanimando á la tripulación durante el día; 
luchando con las imponentes bravuras del Océano, 
falto de víveres y hasta burlado por la brújula, no 
dejaba de sentir un solo instante en su alma la ju- 
ventud de la esperanza y el porvenir de la inmor- 
talidad. 

Por fin en la madrugada del i 2 de octubre el 
grito de ¡tierra! lanzado desde la Pinta, después 
de estremecer de júbilo el pecho de los expedicio- 
narios, vino rodando por la inmensa planicie de 
los mares á espirar en las costas españolas, y á 
vindicar á Colón de las punzantes diatribas de sus 
detractores, dando patente de sabio sobre los sa- 
bios al afrentado loco. 

Los recelos y pesadumbres que la contrariada 
empresa había concitado contra sí, tornáronse de 



— 10 — 

súbito en un sentimiento general de admiración 
hacia el errante geógrafo, — más grande cuanto me- 
nos comprendido, — que al implantar el estandarte 
de Castilla en aquel mundo ignorado, no sólo abría 
un campo inmenso á la religión, á la ciencia y alas 
artes, sino que llevaba á cabo la tarea, más ardua 
aun, de completar el globo. 

Mas para quien aquel grito fué el eureka caba- 
lístico, el fiat lux de la creación, fué para aquellos 
matachines y perdonavidas á que antes hemos alu- 
dido, que después de la contienda musulmana, sin 
rencillas señoriales en que tomar parte, ni parcia- 
lidades concejiles en que inmiscuirse, despojados 
de las manoplas, desencajado el gorjal, y flojos los 
codales y brafoneras, bostezaban de hambre y de 
fastidio en el rincón de sus destartalados caserones 
ó en los escaños de los báquicos tugurios. 

Correr á aquel regazo privilegiado de la creación, 
en donde los rayos del sol eran más brillantes, la 
atmósfera más trasparente, las ondas marinas más 
claras y sonoras, más vivos los colores, más per- 
fumado el ambiente y más puras y armoniosas 
todas las manifestaciones vivas de la naturaleza: 
partir á aquel paraíso en donde el Sumo Hacedor 
había hecho, como en ningún otro, gala de su 
grandeza y poderío, esparciendo en él inconmen- 
surables cordilleras, anchurosos é insondables ríos, 
asombrosas cataratas, terroríficos volcanes, y ár- 
boles giganteos que elevando la copa hasta las 
nubes, parecían las columnas del firmamento; co- 
rrer repetimos, á aquella Jauja virgen, donde, como 
dice el cantor de Átala, ^^no había viejo más que 
los bosques hijos de la tierra y la libertad madre 
de toda sociedad humana...)) redondear en cuatro 
días una fortuna superior á las mayores de las co- 



— II — 

nocidas en el viejo continente... idormirse Dióge- 
nes para despertar Cresos, era cosa asaz factible! 

Porque allí, según contaban los exploradores, 
el oro puro, reventando en las entrañas de la tie- 
rra, se ofrecía á la avaricia escrutadora de los ad- 
venedizos en filones inagotables. 

Y despoblándose las ciudades al par de las al- 
deas, allá acudió la cuarta parte de los españoles, 
primero los soldados, y tras ellos los menestrales, 
gargoteros y campesinos, todos hidrópicos de 
riquezas. 

Pronto volvieron algunos poderosos, que esta- 
blecieron grandes casas y fundaron pingües ma- 
yorazgos, realizado el general ensueño. 

Pero ccuántos no volvieron?... ^Cuántos lanza- 
dos al insondable fondo del Océano por el airado 
genio de la tempestad, fueron pasto de los voraces 
tiburones) cCuántos extenuados de hambre y de 
fatiga, ó heridos por los dardos emponzoñados de 
los indígenas, sucumbieron al cruzar aquellas sel- 
vas sin fin y aquellas montañas escarpadas, sir- 
viendo sus despojos de opíparo festín á los carní- 
voros cuguares ó á los fétidos catartos? 

¡Esos no se contaban! 

El incentivo de los pocos indianos que se rein- 
tegraban ricos á la madre patria, era suficiente 
para mantener abierta la válvula de la emigración. 



III 



Si general fué el movimiento de expatriación ha- 
cia el Nuevo Continente, ninguna región peninsu- 
lar envió á América mas hijos que las provincias 
extremeñas, durante el prim.er siglo de descubri- 
mientos y conquistas. 

Verdad es que tampoco había otra alguna en 
condiciones tan favorables é incitadoras para ello. 

Como en las comarcas extremeñas era en donde 
más había tardado en apagarse la siniestra tea de 
la guerra civil, en ellas era también en donde ha- 
bía quedado, como reliquias de esas nefastas sa- 
cudidas sociales, mayor número de aquellos bohe- 
mios de la milicia, inservibles para todo lo que no 
fuese ganarse la vida á cintarazos. 

Propicios siempre á volar adonde quiera que 
hubiese ruido y esperanzas de botín, <:quién hu- 
biera osado detenerlos camino del Nuevo Mundo?- 

Y como por otra parte los principales conquis- 



— n — 

tadores de tan extensos dominios, eran hijos de 
Extremadura, allá acudieron los deudos, amigos y 
paisanos en bandadas numerosas, procurando me- 
dros á su arrimo. 

Hernán Cortés, conquistador de Méjico, era na- 
tural de Medellín; Francisco Pizarro, conquistador 
del Perú, de Trujillo; Vasco Núñez de Balboa, 
descubridor del Océano Pacífico, de Jerez de los 
Caballeros; Juan Núñez de Prado, conquistador 
de Tucumán, de Badajoz; Francisco Montejo, des- 
cubridor de la isla de Cozumei y conquistador de 
Yucatán, de Brozas; Pedro de Valdivia, conquis- 
tador y capitán general de Chile, de Villanueva de 
la Serena; Pedro de Alvarado, conquistador y 
adelantado de las provincias de Guatemala y So- 
conusco, de Lobón (i); Hernando de Soto, ade- 
lantado y conquistador de la Florida; de Barca- 
rrota; Juan de Maraver y Silva, conquistador y 
poblador de la Nueva Extremadura, de Jerez de 
los Caballeros... Y como con ellos ó al par de 
ellos los Sandovales, Portocarreros, Tapias, Hi- 
nojosas, Chaves, Rangeles, Orellanas, Holguines, 
Moscosos, Tordoyas, y tantos otros renombrados 
capitanes, partieron á las decantadas Indias, no es 
mucho que arrastraran tras sí á la mayor parte de 
la juventud extremeña. 

Tarea ímproba, si no insuperable, sería el enu- 
merar todos los adalides, hombres de administra- 
ción y dignidades eclesiásticas que de las dos 
provincias partieron á la virgen América; mas ha- 
biendo, como indudablemente habrá, quien tome 
á su cargo la relación de los hijos de la de Badajoz 



(i) Algunos le dan por patria á Badajoz. 



— 14 — 

que fueron á enaltecer en aquélla el nombre patrio, 
me limitaré en este corto trabajo á dar breve ra- 
zón de algunos de los hijos de la de Cáceres que 
marcharon allá á hacer carrera y á labrar fortuna. 
Tales son: 



IV 



Frey D. Nicolás de Ovando, natural de Bro- 
zas. 

Hijo de ilustre familia cacereña, aunque nacido 
por accidente en Brozas, obtuvo desde bien joven, 
con el hábito de la orden militar de Alcántara, la 
encomienda de Lares y después la mayor de la 
orden. 

Frecuentando la corte, en donde su padre tenía 
mucha y legítima influencia, fué conocido y tra- 
tado por los monarcas, que lo nombraron individuo 
de la servidumbre del príncipe D. Juan; y de tal 
modo se portó en el desempeño de su cargo, que 
los reyes lo distinguieron más y más cada día, lle- 
gando á formar elevado concepto de su sagacidad 
y prudencia. 

Para remediar la desastrosa administracion.de 
Francisco de Bobadilla en la isla Española, capital 
entonces de todas las posesiones ultramarinas de 



— i6 — 

Occidente, pusieron los monarcas sus ojos en 
Ovando, al que confirieron el gobierno y capitanía 
general de la isla. 

Embarcóse el agraciado en 1 3 de febrero de 
1502, y comandando la más lucida escuadra que 
había zarpado hasta entonces de los puertos espa- 
ñoles para América, partió para su ínsula, en com- 
pañía de buen número de hidalgos y hombres de 
armas de las comarcas extremeñas. 

A poco de posesionarse de su gobierno, tuvo 
noticias de que en la provincia de Jaragua se tra- 
maba por los indígenas una conspiración contra 
los españoles. 

Encaminóse á ella y convocó á los caciques á 
una tiesta. Ellos confiados en demasía ó inocentes 
de la maldad que se les imputaba, acudieron á la 
invitación. Ya reunidos. Ovando hizo una señal 
convenida previamente con los suyos, y acometi- 
dos de improviso los inermes convidados, fueron 
unos pasados á cuchillo, y otros churruscados vi- 
vos en una inmensa hoguera. 

Sólo se libró por el pronto de la muerte la reina 
Anacaona, mujer de excepcionales prendas tanto 
físicas como intelectuales. 

Pero de retorno en Santo Domingo, se la some- 
tió á un proceso sumarísimo, más pro formula que 
para desentrañar la delincuencia de la haitiana, y 
se la condenó á ser ahorcada. 

¡Y el tutelar pénate lloró en el rincón más apar- 
tado del hogar el infamante suplicio de su egregia 
protegida! 

Sospéchase que razones de Estado, tan contra- 
rias á veces á todo sentimiento humanitario, obli- 
garon á D. Nicolás á inmolar á aquella mujer, tipo 
de generosidad y aun de caridad para los mismos 



españoles, á pesar de deber á uno de ellos la des- 
honra de su preciosa hija Higuamota. 

Mas la musa popular, intérprete libérrimo de la 
conciencia de los pueblos, se encargó de vindi- 
carla de tal afrenta, y en el drama, en la leyenda, 
en el romance, ha cantado enternecida por muchas 
generaciones, no su delito sino su martirio. 

Tras la provincia de Jaragua, sometió la de Hi- 
güey, cuyo cacique Cotabanamá fué también ahor- 
cado> 

Pacificada así la isla, encauzó su administración 
con tal integridad, que para volver á España, al 
cabo de siete años de gobierno, tuvo necesidad de 
pedir quinientos pesos prestados. 

Fundó las ciudades y villas de Verapaz, Buena- 
ventura, San Juan de la Maguana, Puerto de Pla- 
ta, Puerto Real y otras varias, hasta el número de 
once. 

Por último es de anotar que patrocinó y de su 
gobierno partieron á la conquista de islas y tierra 
firme, los célebres capitanes Juan de Esquivel, 
Diego Mesia, Juan de Grijalva, Diego Velázquez, 
Vasco Núñez de Balboa, Diego de Nicuesa, Juan 
Ponce de León, Alonso de Ojeda, Francisco de 
Garay, y el nunca bien ponderado Hernán Cortés, 
su deudo y protegido. 



Francisco Pizarro, de Trujillo. 

De todas las biografías comprendidas en la pre- 
sente colección, la de este caudillo tiene que serla 
más concisa é incompleta. Escribirla con la suma 
de detalles conocidos de la generalidad, equival- 
dría á historiar la conquista, no sólo del Perú, 
sino de gran parte del Nuevo Continente. 

2 



— i8 — 

Su procedencia fué tan oscura é ilegítima, como 
brillantes y merecidos fueron los triunfos alcanza- 
dos en el trascurso de su vida. 

La tradición cuéntalo porquero en sus primeros 
años; y quizás tan bajo oficio le enajenó toda 
protección, cuando en la carrera de las armas bus- 
có á su existencia más amplios horizontes. 

De aquí que con una persistencia inquebranta- 
ble batallase catorce años en los territorios recién 
descubiertos, al mando de varios capitanes, sin 
conseguir sei- algo, y sin que su nombre trascen- 
diese fuera del círculo de sus compañeros de pelea. 

En las expediciones de Alonso de Ojeda y de 
Vasco Núñez de Balboa, adquirió ya alguna fama 
de perito militar, que subió de punto cuando des- 
pués, al servicio de Pedrarias Dávila, gobernador 
de Panamá (cuyo territorio le ayudó á reducir y 
poblar), fué enviado por éste, en calidad de capi- 
tán y á las órdenes del licenciado Espinosa ( 1 5 1 9), 
á la conquista de las provincias de Paria, Nata y 
Cherú. 

Con alientos y ambición sobrados para dirigir 
una expedición como jefe y lograr la gloria que 
habían alcanzado otros muchos, se asoció con dos 
aventureros de su temple, Diego de Almagro y 
Hernando de Luque, militar aquél y clérigo éste, 
que en punto á ambición y denuedo no le cedían 
la palma. 

Recabado el consentimiento de Pedrarias para 
la empresa, proporcionados por Luque los fondos 
necesarios, y pertrechados dos pequeños navios, 
partió con «líos Pizarro en noviembre de 1524 ha- 
cia la América del Sur. 

Son indescriptibles los sufrimientos y privacio- 
nes soportados en este viaje. Las enfermedades 



— 19 — 

mermaban la tripulación, y los reconocimientos 
que se llevaban á cabo en las cosías, no respon- 
dían á las esperanzas de los aventureros. Puerto 
del Hambre, Pueblo quefiiado y otros nombres aná- 
logos puestos á los sitios recorridos, expresan 
gráficamente el éxito y penalidades de aquella 
empresa exploradora. 

En 1526 volvieron á las andadas, sin experi- 
mentar más que nuevas decepciones y calami- 
dades. 

Y fueron de tal bulto, que enfurecido el gober- 
nador de Panamá D. Pedro de los Ríos, sucesor 
de Pedrarias, envió un oficial á la isla del Gallo, 
en donde los expedicionarios, se encontraban en 
situación desesperada, para que recogiese y con- 
dujese á Panamá á los que aun conservasen la 
existencia. 

iQué trance para Pizarro! 

La alegría con que los soldados recibieron la 
llegada de los dos buques encargados de rescatar- 
los de las garras de la muerte, le predijo la sole- 
dad en que iba á quedar, si no se decidía también 
á volver á la capital del istmo. 

Pero ccómo cerrar los oídos á la voz del presen- 
timiento, sirena arrulladora que en el fondo del 
alma le anunciaba su grandioso destino? 

En un arranque decisivo, lira de la daga, y tra- 
zando en el suelo una línea de Este á Oeste, dice 
á sus compañeros, como inspirado por el genio tu- 
telar de los grandes acontecimientos: 

— Amigos y camaradas: esta parte es la de la 
muerte, los trabajos, las hambres, la desnudez y 
el desamparo: la otra la del gusto. Por aquí se va 
á Panamá á ser pobres: por allí al Perú á ser ri- 
cos. Escoja cada cual lo que más bien le estuviere. 



— 20 — 

Sólo trece de los presentes salvaron tras él la 
raya, y base tan exigua fué suficiente, merced á 
su intrepidez y diligencia, para cimentar el dificio 
de su gloria. 

Después de tantear la costa con algunos refuer- 
zos enviados por sus consocios, determinó venir á 
España á exponer á los reyes lo que se prometía 
en aquellas latitudes, dadas las noticias recogidas 
de los mismos naturales; y sobre todo á pedir que 
se le desligara de toda dependencia del gobierno 
de Panamá, en donde no encontraba más que re- 
moras y obstáculos para sus proyectos. 

Su demanda fué bien atendida. Además de au- 
torizarle para que prosiguiese sus descubrimientos 
y conquistas en una extensión de 200 leguas al 
Sur de Panamá, los reyes le nombraron adelan- 
tado, gobernador y capitán general de aquellos te- 
rritorios (t 529). 

Antes de hacerse á la vela, pasó desde la corte 
á Trujillo á alistar capitanes y soldados; y. . . íquién 
sabe! quizá á satisfacer á la vez una sugestión de 
la humana vanidad de aparecer grande donde otro 
tiempo fué despreciado por pigmeo. 

Y fué allá con nuevos y mayores elementos, y 
sojuzgó el magnífico imperio del Cuzco, y ensan- 
chó los dominios españoles, y remitió á las arcas 
de Castilla riquezas sin cuento; y todo á fuerza de 
desvelos y perseverancia, en medio del borrascoso 
oleaje de miserias de que se vio constantemente 
combatido. 

cSu carácter?... Es difícil describirlo en una pin- 
celada. Las conveniencias políticas, el interés in- 
dividual y sus naturales instintos, no modificados 
por una esmerada educación, dieron á sus deter- 
minaciones los tonos más variados y antitéticos. 



A veces fué cruel, á veces compasivo. Noble y 
generoso en ocasiones, mostrábase en otras ras- 
trero y codicioso. Con la misma mano premiaba 
una acción heroica, que un oficio bajo y vergon- 
zoso; y á rasgos de franqueza y magnanimidad, 
mezclaba destellos de doblez y de perfidia con 
vivos de traición... 

Además de los cargos mencionados, los monar- 
cas castellanos le asignaron sueldos fabulosos y 
propiedades territoriales y mineras de suma con- 
sideración; otorgándole por último los títulos de 
marqués de Atabillos y de las Charcas. 

Conquistado el Perú, procuró poblar su extenso 
perímetro, y ai efecto fundó, entre otras, las ciu- 
dades de los Reyes (hoy Lima) San Miguel de 
Piura, Trujillo y Arequipa. 

Y murió asesinado. 

Habiendo él acordado ó consentido la muerte de 
su antiguo camarada Diego de Almagro, por causa 
de rivalidad y enemiga personal existente entre 
ambos hacía tiempo, el hijo del muerto se conjuró 
con otros descontentos y con los soldados afectos 
á su padre, y asaltando el palacio del marqués el 
domingo 26 de junio de 1551, cuando Pizarro es- 
taba comiendo, lo cosieron á estocadas. 



Hernando Pizarro, de Trujillo. 

Hermano mayor del anterior y el único de esta 
familia nacido de legítimo matrimonio. 

Más instruido y cortesano que aquél, aunque 
de sentimientos menos elevados y generosos, era 
el prototipo de la ambición, el orgullo y la alta- 
nería. 



22 

Desconoció á su hermano mientras fué porque- 
ro ó soldado. Se asoció á él y se vanaglorió del 
lazo fraternal que los unía, cuando nombrado éste 
capitán general de la América del Sur, llegó á Tru- 
jillo á reclutar hombres de armas. 

Antes de pasar al Nuevo Mundo, había servido 
en Italia á las órdenes del Gran Capitán; y si en 
parte su carácter envidioso acarreó á su hermano 
más de un conflicto, y precipitó el rompimiento 
de éste con Diego de Almagro, no dejó de valerle 
en otras ocasiones, porque como militar era va- 
liente y estratégico cual pocos. 

Con un puñado de soldados se arrestó á ocupar 
la ciudad, de Pachacamac, Meca de los peruanos, 
entrando á vista de éstos en el templo del Sol, de- 
rribando del delubro y haciendo pedazos el vene- 
rado ídolo y despolijando el santuario de más de 
700 planchas de oro que tapizaban sus paredes. 

Y tan aficionado quedó á aligerar los teocalis 
peruanos de tan pesados y monótonos ornamen- 
tos, que repitió su desinteresada limpia en los de 
Tambo, Vilcas, Tacunga y Tomebamba. 

Muerto el inca Atahuallpa, su hermano el ge- 
neral lo comisionó para que trajese á España el 
quinto que de las riquezas recogidas correspondía 
á la corona. 

En Calatayud, donde encontró á Carlos V (1534) 
produjeron verdadero asombro el sinnúmero de 
barras de oro, vasos, lámparas, collares y diver- 
sidad de alhajas que Hernando mostró al empera- 
dor y sus cortesanos, amén de medio millón de 
pesos de oro con que reanimó la precaria existencia 
del anémico Fisco. 

Grandes mercedes le hizo el monarca, así como 
á sus hermanos y demás esforzados capitanes que 



— 2^ — 

allende el mar batallaban por el engrandecimiento 
y esplendor de su corona. 

A él le dio el hábito de Santiago; y á la cabeza 
de una numerosa flota, hizo rumbo de nuevo alas 
Indias Occidentales. 

Llegado al Perú, su hermano Francisco, — que 
siempre lo respetó, tanto por ser mayor de edad 
cuanto por su superioridad intelectual , — depositó en 
sus manos las riendas de aquel complicado go- 
bierno, para dedicarse, libre de tales cuidados, á 
proseguir sus conquistas. 

Y no sólo puso á su devoción los asuntos pú- 
blicos, sino ai inca Manco Capac, á quien había 
hecho prisionero. 

Mas como la codicia no puede luchar mucho 
tiempo con la astucia, y aquélla se había enseño- 
reado en absoluto del espíritu del santiagués, el 
noble prisionero, que era inteligente y ladino como 
pocos, descubrió pronto el flaco de su guardador 
cuya confianza había logrado captarse. 

En dos ocasiones le había indicado sitios donde 
se había guardado oro, y acudiendo á ellos solícito 
Pizarro, no vio burladas sus pesquisas. 

Con esto apremiaba más y más al cautivo cada 
día, por suponerlo enterado de todo el oro escon- 
dido en el dilatado imperio. 

Y como estos hallazgos eran furtivos, no había 
por qué segregar de ellos parte alguna ni para los 
demás conquistadores ni para la corona, exclu- 
siva que constituía el mayor atractivo para Her- 
nando. 

— Si has de guardar el sigilo, — díjole Manco, un 
día, — yo te llevaré á un lugar en donde yace so- 
terrada la estatua de oro macizo de mi padre el 
gran Huayna Capac. 



— 24 — 

— cLejos de aquí? preguntó el avariento gober- 
nador. 

— En las estribaciones de los Andes. 

Esta respuesta mortificó á Hernando, porque su 
hermano le había advertido que no saliese del 
Cuzco, cuya ciudad era vigilada por el enemigo. 

Pero <cómo demorar un solo día la posesión de 
la anunciada riqueza? 

Elijió dos soldados de su confianza y los mandó, 
al par que al inca, á buscar la áurea afigie del pa- 
dre de éste. 

El resultado de esta expedición es de presumir. 
Manco acostumbrado á vagar por las fragosidades 
de los Andes, pronto escapó á la vigilancia de sus 
centinelas y recobró su libertad. 

Su presencia entre las huestes peruanas produjo 
un efecto mágico y prestó mayor calor á la guerra 
con los invasores. 

A los pocos días el propio Manco, á la cabeza de 
un numeroso ejército, cayó sobre el Cuzco y le 
puso sitio. 

El valor de Hernando en este cerco rayó en el 
heroísmo. 

Libre de él, se vio sorprendido por otro suceso 
de no menor compromiso. 

El mariscal Almagro á quien se había encomen- 
dado la conquista de Chile, harto de experimentar 
contrariedades en aquel país» se volvió al Cuzco, 
pretendiendo que esta ciudad estaba comprendida 
dentro del territorio que le había asignado la co- 
rona. 

Negóse Hernando á hacerle entrega de ella; pero 
Almagro que disponía de quintuplicado número de 
soldados, se apoderó de la ciudad á viva fuerza 
(1537) reduciendo á prisión á Hernando y á su 



— 25 — 

hermano Gonzalo que en las mismas calles habían 
hecho aquíleos esfuerzos para impedirlo. 

Rodrigo Orgóñez, segundo de Almagro, acon- 
sejó á éste con insistencia que matase á los dos 
hermanos; pero el mariscal atento á la intercesión 
de Alonso de Alvarado, y rindiendo aún tributo á 
la amistad que un tiempo lo había unido con el 
marqués, negóse á tal felonía. 

Entonces Orgóñez, como inspirado por un es- 
píritu profetice, le dijo: 

— Un Pizarro jamás perdona una injuria, y la 
que éstos han recibido de tí es demasiado grave 
para que la olviden. 

Medió por fin Francisco Pizarro en favor de sus 
hermanos, y éstos salieron libres de poder de su 
enemigo. 

Pero la guerra civil tornó á alumbrar con si- 
niestros resplandores aquellas provincias desven- 
turadas, y en la sangrienta batalla de las Salinas, 
Almagro derrotado cayó en poder de Hernando y 
Gonzalo, que lo aherrojaron en tétrico é insano ca- 
labozo. 

Formósele proceso y fué condenado á muerte. 

Muchos caballeros intercedieron con Hernando 
para que hiciese gracia de la vida á tan conspicuo 
capitán, ya que él se la había perdonado hacía 
poco. 

Pero Orgóñez lo había dicho: Un Pizarro jamás 
perdona... y Hernando se encargó de comprobarlo, 
cerrando sus oídos á la voz de la piedad, y con- 
sintiendo que el vil garrote pusiera término á una 
existencia consagrada por muchos lustros al servi- 
cio de la patria. 

El ajusticiado tenía muchos é influyentes amigos 
en España, y si en el Perú no había por qué temer 



— 26 — 

de él cosa alguna, aquellos no dejarían de sacar 
partido de. tal suceso contra los Pizarros. 

Era, pues, preciso parar el golpe á tiempo; y 
como para luchar en la corte no se necesitaban 
otras armas que el dinero (persuasión de todos 
tiempos y países), Hernando, principal factor de 
aquella operación, forzó más que nunca la explo- 
tación de sus ricas minas de Porco, y al año pró- 
ximamente de haber ejecutado á su odiado enemigo, 
se embarcó para la patria cargado de riquezas, no 
dudando que los crisófilos magnates tenderían un 
manto de impunidad al capitán concusionario, si 
derramaba el oro á manos llenas. 

Pero no le valió. 

Preso en la fortaleza de Medina del Campo, 
pasó encerrado en ella veinte años. 

Y gracias que nonagenario pudo recobrar la 
libertad, para venir á morir en la ciudad que lo vio 
nacer, después de haber fundado el mayorazgo más 
cuantioso que se conoció en Extremadura y tal vez 
en la península. 



Gonzalo Pizarro, de Trujillo. 

Si este paladín, hermano de los anteriores, hu- 
biese unido á su apostura, su generosidad, su trato 
afable, su valor y bizarría, la capacidad y el cono- 
cimiento del mundo de su hermano Hernando... 
¡quién sabe! tal vez su parentela se hubiese con- 
tado entre las dinastías del Nuevo Mundo. 

En un principio, sometido á la superior cate- 
goría de sus hermanos Francisco y Hernando, se 
concretó á ayudar á éstos en la conquista de las 
regiones andoperuanas y á desempeñar el gobierno 
de Quito que le confirió el primero. 



En las asonadas civiles con Almagro, batalló 
contra éste, á quien personalmente aprisionó en la 
rota de Salinas. 

Desde Quito, á la cabeza de un ejército numeroso 
de españoles y de indios, partió á la tan célebre 
cuanto calamitosa jornada en busca del país de la 
canela, atravesando la abrupta cordillera de los 
Andes, en cuyos intrincados argomalesy peligrosos 
desfiladeros perecieron de hambre y de fatiga más 
de la mitad de los expedicionarios. 

Al volver á su gobierno, dos infaustas nuevas le 
salieron al encuentro: la muerte de su hermano el 
marqués, y la prisión de Hernando en España. Y 
no quedando otro Pizarro que él en aquellos terri- 
torios, se consideró con derecho á heredar los car- 
gos y preeminencias del primero. 

Pero el rey de España, muerto el conquistador 
del Perú, había nombrado virrey de aquellos es- 
tados á Blasco Núñez Vela. 

¡No importaba! Ante la omnipotencia de un Pi- 
zarro, nada suponía un título al que no se sumaba 
fuerza moral ni material alguna. 

Luego fué tan antipolítica la conducta de Blasco 
Núñez, y tan perjudiciales á los intereses de los 
españoles afincados en el país las Ordenanzas que 
llevaba de la metrópoli y trataba de implantar en 
aquél, que se hizo odioso á sus gobernados, lo- 
grando que todo el mundo volviese los ojos á Gon- 
zalo como á faro salvador. 

Y no tardó en responder éste á la confianza que 
el pueblo en él depositaba. 

Declarada la guerra entre ambos jefes, no fué de 
mucha duración, pues en la batalla de Añaquito, 
Gonzalo derrotó y dio muerte á Blasco Núñez. 

Todos aclamaron al vencedor, y éste olvidando, 



28 — 

ó más bien desconociendo el abstine el sustine def 
filósofo griego, hubo de engreírse con el triunfa 
hasta un punto inconcebible. 

Su lujo y magnificencia no reconocieron límites: 
obró con entera, independencia del gobierno pe- 
ninsular: dictó disposiciones que eran peculiares 
del monarca: llegó á acuñar moneda con sus ci- 
fras; y no falta quien afirma que usaba insignias 
reales, y consentía que le llamasen rey. 

Contra él envió Carlos V á D. Pedro de la Gas- 
ea, tan humilde sacerdote como habilísimo político 
quien, logrando atraer á la obediencia real, con 
un tacto y perseverancia sin ejemplo, á los princi- 
pales auxiliares de Gonzalo, puso á éste en el duro 
trance de tener que decidirse á pasar á Chile, á 
organizar las cortas fuerzas que le habían perma- 
necido fieles. 

Pero como al hacerlo encontró y derrotó cerca 
de Huarina al cuerpo de tropas que acaudillaba el 
capitán Centeno, cobró ánimo, desistió de su pro- 
yecto, y habiéndosele unido gran parte de las iro- 
pas vencidas, volvió al Cuzco á hacer frente á las 
de la Gasea. 

Este marchó á su encuentro desde Jauja y le 
presentó batalla en el valle de Xaquixaguana, en 
donde fué derrotado y preso el rebelde (i 548). 

Conclusa la sumaria en solo un día, sentenció- 
sele á la pena de muerte, á que su cabeza fuese 
puesta en el rollo de la ciudad de los Reyes, de- 
rruida su casa y sembrado de sal su solar, en el que 
se pondría un letrero que perpetuase la memoria 
de su traición y del escarmiento que en él se hizo. 

Así sucedió, y la cuchilla del verdugo cercenó la 
cabeza de Gonzalo, cuando sólo contaba cuarenta 
y dos años de edad. 



— 29 — 

A pesar de todo, el pueblo le lloró, y veneró su 
recuerdo por muchas generaciones, citándole como 
espejo de caballerosidad é hidalguía. 

Túvosele por la mejor lanza de cuantas se blan- 
dieron en el suelo peruano, y hasta el mismo la 
Gasea elogió su administración para ser de un 
tirano. 



Juan Pizarro, de Trujillo. 

Hermano de los anteriores, tan valiente como 
ellos, y el más querido de la soldadesca por su afa- 
bilidad y franqueza. 

Los ayudó con eficacia en las empresas de Qui- 
to, Cajamarca y el Cuzco, de cuya ciudad fué nom- 
brado regidor, y cuyo gobierno desempeñaba en 
ausencia de sus hermanos. 

Persiguió, venció é hizo prisionero al inca Man- 
co Capac, rebelado contra sus protectores los Pi- 
zárros. 

Ya dijimos como la codicia de Hernando le abrió 
las puertas del calabozo, y que una vez libre, vol- 
vió á las hostilidades. 

Juan tuvo que salir de nuevo á campaña y lo 
tornó á derrotar en el valle de Yucay. 

Pero reuniendo otra vez sus dispersas huestes y 
continuando la guerra, Manco atacó la ciudad del 
Cuzco, en ocasión de ser pocos los soldados que 
la guarnecían, en cuya lucha nuestro biografiado, 
que peleaba cuerpo á cuerpo en las calles de la po- 
blación, fué muerto de una pedrada que le arroja- 
ron desde un terrado. 



_- 30 — 

Francisco Martín de Alcántara, de Trujillo. 

Fué hermano uterino de Francisco Pizarro é hijo 
de padre desconocido. 

Partió á América con aquél, en el segundo viaje 
que hizo, y le prestó eficaz concurso en la con- 
quista del imperio incásico y en las discordias ci- 
viles con Almagro. 

Fué nombrado general de la armada de su her- 
mano el marqués, el cual lo sentaba á su mesa 
diariamente. 

Comiendo estaba en su compañía el domingo 26 
de junio de 1551, cuando los sicarios de Almagro 
el joven entraron en el palacio, espada en mano, 
para asesinar al célebre caudillo. 

Ambos hermanos acudieron precipitadamente al 
oír las voces y el tumulto, á ponerse las armadu- 
ras; mas no dándoles tiempo para armarse, Mar- 
tín les cerró el paso, afrontando el lance cuerpo á 
cuerpo. 

Los acometedores eran muchos y la lucha por 
parte del acometido fué desesperada, hasta que, 
después de caer bañados en sangre dos ó tres 
criados que acudieron en su auxilio, él dio también 
en tierra acribillado de heridas, espirando pocos 
momentos antes que su ilustre hermano. 



Juan Cano de Saavedra, de Cáceres. 

Partió á las Indias con su deudo D. Nicolás de 
Ovando, gobernador de la Española. 

Sirviendo con éste la causa de la patria, cono- 
ció á Hernán Cortés con quien fraternizó. 

Cuando éste partió á la conquista de Tierra 
Firme, Cano se alistó en sus banderas, y abordó 
al par de aquél el imperio mejicano. 



— SI- 
LOS hechos de armas de Tlascala, Tepeaca, 
Otumba y otros, lo contaron en el número de los 
valientes capitanes que tomaron parte en ellos. 

Terminada la conquista del país del Anahuac, 
Juan Cano casó con D.^ Isabel Motezuma, hija 
del emperador de este nombre, último de los de su 
dinastía. 

Y con las inmensas riquezas que ya por razón 
de este enlace, ya por las participaciones que ob- 
tuvo de los tesoros repartidos, volvió á España á 
hacer la vida de los grandes señores, fundando 
hermosa casa y pingüe mayorazgo. 

* 
* * 

Francisco Montejo, de Brozas. 

(Cuándo pasó á Ultramar este caudillo? 

Probablemente con Ovando; y debió ser desde 
luego protegido al par que de D. Nicolás, de la 
fortuna, porque muy pronto figuró como capitán y 
como persona acaudalada en dicha isla y en la de 
Cuba, hasta el extremo de haber sido recomendado 
por Panfilo de Narváez al monarca en 1 5 1 6 para la 
conquista de Yucatán. 

Acariciando Diego Velázquez el proyecto de 
conquistar esta península, á pesar del fracaso de 
la expedición mandada por su descubridor Fran- 
cisco Fernández de Córdoba, determinó enviar á 
ella á Juan de Grijalva, con el que marcharon en 
calidad de capitan,es (i 5 18) Alonso Dávila, Pedro 
de Alvarado y Francisco Montejo. 

Este descubrió la isla de Cozumel. Luego dieron 
en Yucatán, en donde recogieron las primeras no- 
ticias de la existencia de un emperador poderoso 
llamado Motezuma, y de la inmensidad de sus 
riquezas. 



En sus correrías exploradoras, Montejo con dos 
bajeles se internó por el río de Banderas, captán- 
dose las simpatías de los indios ribereños, con los 
que los soldados cambiaron baratijas por pedazos 
de oro, valuados en 15,000 pesos. 

Reunido con sus compañeros, descubrió la isla 
de los Sacrificios y otra á la que denominaron San 
Juan de Ulúa. 

Por último, después de sostener algunas esca- 
ramuzas con los indios que moraban en las ribe- 
ras del Panuco, volvieron á Cuba. 

Hallábase Montejo en la Habana, en cuya ciu- 
dad tenía su asiento ordinario, cuando tocó en ella 
Hernán Cortés que marchaba á la conquista de 
Méjico, y con él se fué, nombrado capitán de una 
de las once compañías en que aquél dividió sus 
huestes. 

De orden del general buscó por la costa de Nue- 
va España un punto en que pudiesen estar surtos 
y seguros los bajeles, en cuya investigación descu- 
brió la población de Quiabislán, á doce leguas de 
San Juan de Ulúa, junto á la cual Cortés fundó á 
Villarrica de la Veracruz, de la que nombró alcalde 
á Montejo. 

A poco (i s 19) el invicto jefe lo envió á España 
á participar á los reyes sus adelantos y conquistas, 
cuya embajada desempeñó á satisfacción, no exenta 
de sinsabores, pues además de tener que contra- 
rrestar las pretensiones y calumnias de los emisa- 
rios de Velázquez, estuvo preso, aunque por poco 
tiempo, de orden del poderoso enemigo de todo lo 
grande y extraordinario, del obispo Fonseca. 

De vuelta en Nueva España, se avecindó en 
Méjico, en donde recibió la autorización que Car- 
los V le enviaba para que conquistase á Yucatán, 



— 33 — 

con nombramiento de gobernador y capitán gene- 
ral de dicha península. 

Conquistado que la hubo, fundó y pobló en ella 
á Santa María de la Victoria, Campeche, San 
Francisco, Mérida, Valladolid. Salamanca y Se- 
villa. 

En 1539 fué nombrado gobernador de Hondu- 
ras, en cuya provincia, — profundamente perturbada 
por la mala administración de Alvarado y sus su- 
balternos, — había batallado en 1535, fundando 
entre otras las villas de San Jorge y Comayagua 
y reformando las de Trujillo y San Pedro. 



Francisco de Orellana, de Trujillo. 

Con aquella falange de trujillanos que tomaron 
rumbo hacia las Indias cuando el gran Pizarro fué 
autorizado para conquistar los territorios bañados 
por el mar del Sur, partió Francisco de Orellana, 
que no tardó en acreditarse de soldado táctico y 
valiente. 

Mientras llegaba ocasión de adquirir mayor re- 
nombre, no perdió seguramente el tiempo, pues 
trabajando al par que por la patria pro domo sua, 
logró hacerse rico ¡pero muy rico! 

De orden de Pizarro, fundó en 1537 la ciudad 
de Santigo de Guayaquil. 

Fué después de los expedicionarios que acom- 
pañaron á Gonzalo Pizarro al país de la canela, 
participando de las penalidades sufridas por todos 
al atravesar la formidable y casi inaccesible ba^ 
rrera de los Andes. 

Mermadas considerablemente las tropas por el 
hambre y las enfermedades, agotadas sus fuerzas 

3 



— 34 — 

y extenuadas de fatiga, liegaron al ancho Ñapo, río 
tributario del gran Amazonas, cuyas estrepitosas 
cataratas dejaron atónitos á los aventureros. 

Como de día en día la conducción de los baga- 
jes se hacía más difícil, Gonzalo resolvió construir 
un barco suficientemente capaz de trasportar por 
vía fluvial á los más débiles y á los enfermos, y 
todo el mundo puso manos á la obra. 

Los árboles les proporcionaron madera; las he- 
rraduras de los caballos muertos y comidos por la 
tropa, se convirtieron en clavos; la goma que des- 
tilaban los árboles sirvió de brea; y los andrajosos- 
trajes de la soldadesca se utilizaron como estopa, 
quedando á los dos meses concluido un bergantín 
tosco pero fuerte. 

íA quién encomendar su dirección? 

A nadie mejor que á su amigo Francisco de 
Orellana, de quien había recibido para la expedi- 
ción más de 40,000 pesos de oro, sin plazo para 
su devolución, ni réditos, ni resguardo. 

Con Orellana mandó pasar á bordo cincuenta 
soldados, y noticioso de que á algunos días de ca- 
mino había ciudades con abundancia de víveres, 
lo mandó bogar en busca de ellos. 

Los tripulantes batieron remo?, el bergantín se 
apartó de la orilla, y bien pronto impelido por la 
corriente, se perdió de vista á la mermada y es- 
cuálida falange que á su retorno encomendaba so- 
lamente la conservación de su existencia. 

A los tres días desembocó la improvisada nave 
en el Amazonas, siendo Orellana el primer europeo 
que surcó su inmensa corriente; mas aunque tocó 
en varios puntos de sus orillas y libró muchos com- 
bates con las tribus que las poblaban, en los que 
perdió un ojo, logró pocos víveres... tan pocos que 



— 35 — 

apenas si bastaban á la manutención de sus sol- 
dados. 

En dichos combates peleaban las mujeres con 
el mismo denuedo que los hombres, cuya novedad 
dio ocasión á que dicho capitán, — en la relación de 
este viaje, — afirmase que este país estaba gober- 
nado por amazonas, bordando su descripción con 
cuanto refiere la mitología de las que moraban á 
orillas del Thermodonte, por lo que en lo sucesivo 
se dio á este río el nombre de Amazonas. 

Viendo el capitán lo infructuoso de sus esfuer- 
zos con relación á las necesidades del ejército de 
Pizarro, se halló perplejo acerca del partido que 
debía tomar. 

Volver á ellos sin vituallas <era decoroso? Ade- 
más, dada la impetuosidad del río <era posible na- 
vegar contra corriente? 

c Y por tierra?... Por tierra el retorno se presen- 
taba bajo un aspecto no menos formidable. 

En este estado de incertidumbre le asaltó una 
idea; bajar bástala desembocadura del magno río, 
visitar las islas inmediatas, no exploradas por nin- 
guno otro hasta entonces, y enfilar la proa hacia 
España á reclamar la gloria y galardón de aquel 
descubrimiento. 

¡Volver á ver la patria! Esta sola idea enloque- 
ció á los navegantes, que in continenti, sin es- 
perar orden para ello, hicieron rumbo hacia la 
península, sin curarse de los desgraciados compa- 
ñeros que en vano aguardaban su vuelta, gran 
parte de los cuales sucumbían al hambre y á la 
peste, quedando insepultos en aquellas fragosida- 
des, para pasto de los enormes sarcoranfos y vora- 
ces caimanes de aquellas latitudes. 

En España todo el mundo se admiró de lo 



— 30 ~ 

arriesgado de la empresa de Orellana y de los pe- 
ligros que había arrostrado en su aventurado pe- 
riplo. 

Los reyes, en 1543, le confirieron la comisión 
de conquistar y colonizar los estados que existie- 
sen en la orilla izquierda del citado río en una ex- 
tensión de doscientas leguas, confiriéndole el nom- 
bramiento de gobernador y capitán general de 
ellos, adelantado y alguacil mayor, con 50,000 du- 
cados de salario, y otras prerrogativas, dignidades 
y emolumentos, unos personales y otros heredita- 
rios para sus sucesores. 

Con el regocijo natural de un porvenir tan bri- 
llante como el que se le ofrecía, alistó 500 solda- 
dos y partió para la Argentina; pero la parca se 
encargó de segar en ílor tanta grandeza, cortando 
durante la travesía el hilo de su existencia. 



Pedro Corvacho, de Cáceres. 

Soldado emprendedor, ávido de lo extraordina- 
rio y desconocido, fué uno de los dos cacereños que 
acompañaron á Colón en su primer viaje al Nuevo 
continente. 

Testigo y copartícipe de los temores y alegrías 
del eximio genovés, su peregrinación sobre las on- 
das del Océano, marchando á un término que 
cada día parecía más lejano y más pavoroso, era 
mil veces más meritoria que la de tantos preconi- 
zados por valientes, como después surcaron aque- 
llos derroteros que conducían á un mundo virgen 
y lleno de atractivos. 

Mas si á su nombre cupo la gloria de quedar 
inscrito entre los de los primeros descubridores, 



no fueron dignos de la menor loa ios hechos que 
al par de sus camaradas llevó á cabo en aquellos 
remotos climas. 

Colón después de sus primeros descubrimientos 
resolvió volver á España á dar cuenta de ellos á los 
Católicos monarcas; mas no pudiendo reembarcar 
á toda la gente por la deserción de la Pinta, ca- 
rabela mandada por Pinzón, determinó quedare en 
la Española, — isla hospitalaria, y al amparo del 
cacique Guacanagari, al que tantos obsequios y 
atenciones debían los españoles, — una pequeña 
fuerza que aprendiese la lengua, usos y costum- 
bres de los isleños, y recogiese noticias de los lu- 
gares en donde existían sus decantadas riquezas, 
á fin de utilizarlas cuando volviese de España. 

Mandó construir el fuerte de la Navidad, y con- 
firiendo el mando de los treinta y siete soldados 
que en él dejó, — y Corvacho uno de ellos, — al 
cordobés Rodrigo de Arana, se hizo á la vela para 
la península, no sin haber dado antes á todos sa- 
ludables consejos, relativos á su modo de ser de 
unos para con otros, y á sus relaciones con los in- 
dígenas. 

Mas aquellas prudentes exhortaciones tardaron 
en darse al olvido, lo que tardó en borrarse de la 
superficie de las aguas la estela que iba dejando 
en pos de sí la nave del almirante. 

No satisfechos Arana ni los suyos con las dos 
jóvenes haitianas que Guacanagari envió á cada 
uno de sus huéspedes para sus necesidades, se 
entraban de rondón en las casas de los indios y 
atropellaban á sus mujeres y á sus hijas, robaban 
cuanto encontraban á mano, maltrataban á los 
pacientes insulares, y se internaban en el país en 
busca del codiciado metal. 



— 3« — 

„ Es decir, que pusieron especial empeño en con- 
travenir á todas las prevenciones de Colón. 

Conducta tan desenfrenada dio lugar á que el 
cacique Caonabo, más resuelto que Guacanagarí, 
reuniese á sus soldados, los acechase, y hoy á un 
grupo que desertaba del fuerte, mañana á otro, 
los fuese cazando y destruyendo sucesivamente, 
acometiendo por último á la fortaleza, que defen- 
dida sólo por once hombres, fué tomada y acuchi- 
llados sus pocos defensores. 

Allí pereció Corvacho, sin honra ni provecho 
para sí ni para su patria, víctima como sus com- 
pañeros de la concupiscencia y la codicia, cuyos 
cadáveres insepultos fueron abandonados por los 
matadores á la asquerosa profanación de los enor- 
mes saurios de aquellas lagunas y pantanos. 

* 
* # 

Fray Tomás Ortiz, de Calzadilla de Coria. 

Este distinguido teólogo, tomó el hábito de do- 
minico el año de 1 5 1 1 , en el convento de San Es- 
teban de Salamanca. 

Como nada había entonces más acepto á la 
santa madre Iglesia que la conversión de infieles, 
partió á América muy luego, y allí fué elegido vi- 
cario del monasterio de Chiribiri. 

Descubierta la llamada Tierra Firme, vino á 
España por más religiosos de su orden, lo que le 
valió para no perecer á manos de los indios, que 
alzados en armas por los malos tratamientos del 
capitán Alonso de Ojeda, destruyeron el monaste- 
rio y mataron á sus monjes. 

Con título de vicario general de los regulares 
de su orden, volvió al Nuevo Mundo á predicar el 



— 39 — 

Evangelio, en 2 de febrero de 1526, llegando á 
Méjico en el mismo año, después de haber hecho 
escala en la Española, cuya Audiencia, á la que se 
había cometido facultad para ello, le nombró co- 
misario inquisidor de las Indias Occidentales, im- 
portante cargo que había vacado por muerte del 
venerable Fray Pedro de Córdoba. 

Fallecieron en el penoso ejercicio de su ministe- 
rio, varios dominicos de los que lo acompañaron 
á catequizar idólatras, y en 1527 tornó á la pa- 
tria, de donde llevó á la Nueva España otros 
veinte, en la flota que condujo allá al capitán Gar- 
cía de Lerma, gobernador de la provincia de San- 
ta Marta, adonde aquéllos iban destinados. 

Hombre de autoridad indiscutible, tanto en el 
instituto á que pertenecía como en la sociedad lai- 
ca, al erigirse en 1 529 una silla episcopal en dicha 
ciudad de Santa Marta, fué presentado para ella, 
de la que se posesionó en 1530, falleciendo á los 
dos años. 



XuFLO DE Chaves, de Trujillo. 

Partió á ultramar en la expedición mandada por 
el adelantado de la Asunción (Paraguay), Alvar 
Xúñez Cabeza de Vaca, que levó anclas del puerto 
de San Lúcar de Barrameda el 2 de noviembre 
de 1 540. 

Desembarcó en el Brasil y siguió á su jefe á la 
capital de su gobierno, de orden del cual y en con- 
cepto de capitán de los bergantines de que Alvar 
disponía, partió á reconocer los ríos Paraná y Pa- 
raguay, en cuyas orillas desembarcó, conquistando 
los pueblos ribereños. 

El carácter de Alvar Núñez, violento y descon- 



— 40 — 

siderado para con jefes y soldados, provocó una 
conjuración en la que Ñuño tomó parte muy prin- 
cipal, que dio por resultado la prisión del adelan- 
tado, que fué enviado á España, en donde proce- 
sado y condenado fué recluido en Oran. 

Le sucedió en el adelantamiento del Paraguay 
Domingo del Irala, quien confió á Chaves mu- 
chas y arduas empresas, éntrelas que son de ano- 
tar la guerra y reducción de los indios ir aguames, 
albayas^ guanas , chiquitos, peisenos, carcocies y 
otros. 

Partió luego al Perú á cumplimentar al presi- 
dente Pedro de la Gasea en nombre de Irala, por 
su triunfo sobre los rebeldes de Pizarro, y al tor- 
nar al Paraguay introdujo en este país los primeros 
ganados lanar y cabrío que en él se conocieron. 

Por encargo del mismo Irala, sojuzgó la pro- 
vincia del Guaira y fundó en ella los pu-eblos de 
Loreto, San Ignacio, San Javier, San José, Asun- 
ción, Santo Ángel, San Antonio, San Pablo, Santo 
Tomé, los Angeles, la Concepción, San Pedro y 
Jesús y María. 

Por su propia cuenta edificó también á Santa 
Cruz de la Sierra, en memoria de la villa de este 
nombre, próxima á su pueblo natal, en donde él 
había pasado parte de su infancia, cuya población 
procuró engrandecer, viniendo á ser luego capital 
de uii nuevo gobierno. 

La muerte de Irala, ocurrida en 1557, — mien- 
tras Nuflo navegaba por los ríos Pilcomayo, Jaurú 
y otros, explorando las comarcas de los indios ja- 
rayes, guaraníes y trabasicosis, — disgustó á éste, 
no sólo por ser el gobernador un verdadero amigo^ 
sino por ir la infausta nueva acompañada de la 
más infausta aun, de haber designado éste al mo- 



— 4,1 — 

rir por sucesor en el gobierno á su yerno Gonzalo 
de Mendoza. 

Y como Chaves se consideraba más acreedor á 
la gobernación de aquellos estados, marchó á Lima, 
se avistó con el virrey marqués de Cañete y con el 
presidente de la Audiencia de las Charcas, y con- 
siguió una división territorial, en virtud de la cual 
las provincias de Chiquitos, Moxos y Matogroso 
formaron un gobierno independiente del de la 
Asunción. 

Pero no le salió la cuenta, porque en vez de ser 
él el designado para gobernador del mismo, lo fué 
un hijo del virrey, siendo él nombrado su teniente. 

Murió en 1567 de un golpe que á traición le 
dio en la cabeza un indio en el pueblo de Itati, 
que también había fundado. 



Vasco Porcallo de Figueroa, de Cáceres. 

Fué de los que bajo el patrocinio del comen- 
dador de Lares marcharon á la Española en busca 
de fortuna (por más que no era insignificante la de 
su familia), después de haber servido en España é 
Italia, en donde salió triunfante de varios desafíos. 

Ayudó á Ovando en la reducción de las provin- 
cias de Higüey y Jaragua, y obtenido en recom- 
pensa cuantioso repartimiento agrario y de indios, 
se estableció en la Trinidad (isla de Cuba) á la que 
pasó con Diego Velázquez, y en donde ejercía una 
autoridad ilimitada. 

Cuando Velázquez se aprestaba para conquistar 
la Nueva España, explorada por Juan de Grijalva, 
Porcallo fué uno de los capitanes en quienes puso 
los ojos, aquilatando en su justo valor las raras 



— 42 — 

prendas que lo adornaban, en competencia con el 
mismo Grijalva, con Baltasar Bermúdez, dos so- 
brinos del propio Velázquez y el extremeño Fier- 
nán Cortés, que al fin prevaleció, merced á las 
recomendaciones de sus amigos Andrés de Duero 
y Amador de Lariz, secretario aquél, tesorero éste, 
y ambos consejeros y factótum del gobernador. 

Y en vez de resentirse por tal preterición, inter- , 
cedió con éxito cerca de Velázquez en favor del 
agraciado, cuando Diego, dando oídos á los envi- 
diosos que le predecían la futura insubordinación 
del valiente extremeño, trató de armar nueva flota 
para seguirle y destituirlo del mando que le había 
conferido, y nombró á Porcallo jefe de ella. 

Vivía tranquilo en su opulencia, socorriendo á 
las armadas que tocando en Cuba marchaban á 
nuevos descubrimientos y conquistas, — como lo 
hizo en 1527 con la de Panfilo de Narváez, gober- 
nador de las provincias comprendidas entre el río 
de las Palmas y el cabo de la Florida, — cuando 
llegó á la Trinidad el también extremeño Hernando 
de Soto (1537), camino de la Florida, cuya con- 
quista le había sido encomendada. 

Éste, que en anteriores empresas había sido 
compañero de armas de Porcallo, apreció cuan útil 
sería para la que iba á acometer el concurso que 
podría prestarle su antiguo amigo, dadas su peri- 
cia y sus riquezas. 

Y le instó para ello; y de tal modo le pintó las 
necesidades de la patria en aquellos apartados paí- 
ses, que Vasco, sintiendo hervir en sus venas el 
entusiasmo juvenil, se decidió por ser de la par- 
tida, aceptando el puesto de teniente general que 
Soto le ofrecía. 

Varias veces entró en lid Vasco con los indios. 



— 43 — 

Merced á su intervención no sufrieron más de un 
«descalabro las tropas conquistadoras. 

Pero convencido de que los años pesaban más 
sobre él que la férrea armadura, y de que la se- 
nectud está divorciada de la vida del campamen- 
to, repartió sus armas y pertrechos entre sus ca- 
maradas, y dejando con Soto á un hijo que había 
llevado consigo, volvió á la Trinidad á pasar los 
días que le restaban en el tranquilo hogar; ha- 
biendo tenido la suerte de ver aumentada su es- 
pléndida fortuna, con el descubrimiento en sus pro- 
piedades de ricas minas de oro y plata. 



Garci-Fernández Barrantes, de Alcántara. — 
Exaltada la imaginación de este hidalgo con los 
portentos descubiertos allende los mares por el 
inmortal Colón, partió en su compañía en el se- 
gundo viaje que éste hizo al Nuevo Mundo en 1493. 

Pronto mereció la confianza del ilustre genovés, 
de quien siempre se mostró respetuoso servidor y 
leal amigo. 

Se halló en el descubrimiento de la isla de Santo 
Domingo, la Guadalupe y la Jamaica, en la explo- 
ración de la de Cuba y en la expedición á las mon- 
tañas de Cibao. 

Sostuvo denodadamente la causa de Colón, que 
era la causa real, contra los levantiscos é insubor- 
dinados capitanes de los soldados peninsulares. 

En 1497 se hallaba en la ciudad del cacique 
Guarionex (Vega de la Concepción) al frente de un 
destacamento de treinta españoles, cuando se le 
presentó el turbulento Francisco Roldan, — que se 
había rebelado contra el gobierno de Colón, — el 



— 44 — 

cual le exhortó á que siguiera su ejemplo, primero 
con promesas y después con amenazas. 

Barrantes, que prefería /)o¿u/s morí quam fcedari^ 
desoyó las primeras y rechazó las segundas con 
marcial virilidad, encerrándose en la casa-fuerte 
que tenía por cuartel. 

Roldan le amenazó con incendiarla si no se 
sometía, y Garci-Hernández lo retó á que lo hi- 
ciera. 

Aquél comprendió que iba á producir un de- 
sastre con perjuicio de su causa, y satisfecho con 
recoger las provisiones que Guarionex tenía dis- 
puestas para las tropas de Barrantes, se retiró con 
las suyas. 

En pago de sus servicio?- fué nombrado alcaide 
de la ciudad de Santiago. 

Y era tal la opinión de leal y caballero que á 
Colón merecía, que cuando sometidos los rebeldes 
de Roldan á fuerza de dádivas y concesiones, es- 
timó el almirante necesarias en España personas 
que defendiesen su causa contra las calumnias de 
los insurrectos que habían regresado á la península, 
y los muchos envidiosos que en la corte minaban 
su reputación, eligió á García Barrantes junta- 
mente con el veterano capitán Miguel Ballester, 
para que abonasen ante los reyes su intachable 
conducta, tan vilipendiada entonces y hoy tan dig- 
na de loa. 



Pedro Alonso de Hinojosa, de Trujillo. 

De capacidad nada común y de carácter elevado, 
este bravo capitán ayudó eficazmente al gobernador 
García de Lerma á la conquista y población de la 
provincia de Santa Marta; luego pasó con Pedra 



— 45 — 

de Lerma, hijo de aquél, al Perú, emporio de ri- 
queza y meta codiciada de todo aventurero. 

Recibido afablemente por sus paisanos los Pi- 
zarros, debió á éstos, dados sus merecimientos, 
una protección decidida. 

cA qué especificar los hechos de armas en que 
tomó parte? 

Un caudillo como Hinojosa no podía ser extraño 
á ninguno de ellos. 

Asesinado el marqués Francisco Pizarro, su 
hermano Gonzalo nombró á Pedro Alonso almi- 
rante de su escuadra, compuesta de veintidós bu- 
ques de todas clases. 

Con dicha fuerza, Hinojosa,— arrastrado por 
Pizarro al campo de la rebeldía contra la Metró- 
poli, — atacó el puerto y ciudad de Panamá, que 
tomó y gobernó por algún tiempo en nombre de 
Gonzalo. 

Pedro de la Gasea, comisionado por Carlos V 
para domeñar la insurrección y hacer justicia en los 
culpables, procuró, como primer cuidado, al abor- 
dar la Tierra Firme, conferenciar con Hinojosa, 
cuya reducción estimó tan importante á sus fines 
como difícil desde luego. 

Pero sus amonestaciones hechas siempre en 
forma benévola y persuasiva, fueron la gota de 
agua que cayendo incesantemente sobre la peña, 
logra horadarla, y Pedro Alonso ingresó de nuevo 
en la comunión de los leales. 

Por mediación de éste entró la Gasea en corres- 
pondencia con Pizarro, mientras el tonsurado pre- 
sidente reducía á la imperial obediencia á los ca- 
pitanes de Hinojosa. 

La obra duró meses, pero la escuadra y sus 
tripulantes se pusieron á sus órdenes. 



- 4Ó - 

Utilizando su pericia y su prestigio, la Gasea 
nombró á Pedro Alonso capitán general délas tro- 
pas reales, marchando ambos contra Gonzalo, al 
que vencieron en la batalla de Xaquixaguana. 

En 1552 el virrey D.Antonio de Mendoza, atenta 
á la envidiable reputación de que en toda la Amé- 
rica española gozaba Hinojosa, lo nombró corre- 
gidor y justicia mayor de la ciudad de las Charcas. 

Y en el año siguiente murió traidoramente en la 
villa de la Plata, en donde residía, al llevarse á cabo 
el alzamiento de D. Sebastián de Castilla, hijo del 
conde de la Gomera, contra las decisiones de la 
Real Audiencia de Lima relativas ala abolición del 
servicio personal de los indios. 



Fray Tomás Casillas, de Casillas de Coria. 
Este santo varón, fraile dominico que había pro- 
fesado en 1529, era superior del convento de San 
Esteban de Salamanca, cuando fué destinado á 
pasar al Nuevo Mundo, con otros fratres de su re- 
ligión, á llamamiento del venerable Apóstol de las: 
Indias, Fr. Bartolomé de Las Casas, obispo de 
Chiapa. 

En 9 de julio de 1 544 se embarcó con sus com- 
pañeros en San Lúcar de Barrameda: en 9 de sep- 
tiembre arribó á la isla Dominica, y de aquí pro- 
siguieron su ruta para Yucatán en el mes de 
diciembre, desembarcando en Campeche á los po- 
cos días. 

En Xicalango, en Tabasco, en Viztlan, en Izta- 
cuztuc, en Cinacatlan é Iztapa, predicó al Evan- 
gelio- 
Fundó convento en Ciudad Real de Chiapa, desde 



— 47 — 

el que repartió sus subordinados por los pueblos 
de la comarca á catequizar indios y extender la fe 
de Jesucristo, y en seguida pasó á visitar á ios que 
con antelación había enviado á la provincia de So- 
conusco. 

Fueron asimismo objeto de sus pastorales visi- 
tas los lugares de Quezaltenango, Copanabastlan 
y Santiago de los Caballeros, capital de Guatemala, 
en donde fundó nuevo convento, del que fué nom- 
brado prior. 

Su excesivo celo é incesante trabajo, leacarrearon 
una grave enfermedad, hallándose en el pueblo de 
Cachula. 

Libre de ella hizo oír su inspirada palabra en las 
ciudades de Gracias á Dios y la Verapaz. 

Por renuncia que de la mitra hizo el respetable 
Las Casas, Fr. Tomás fué electo obispo de Chiapa; 
y hubo necesidad de un mandato expreso del ge- 
neral de la orden, para que aceptase tan pesada 
cuanto elevada dignidad. 

Consagrado en 1552, su modo de ser fué siem- 
pre el mismo: de simple fraile. Viajaba ápie, usaba 
comúnmente el hábito de su orden, sin distintivo 
alguno, ^<y en cuanto su estado lo permitía, no se 
olvidó jamás de ser y parecer religioso)). 

Murió en i 567. 



García de Holguín (ó Golfín), de Cáceres. 

Este noble capitán fué de los que compartieron 
con Cortés los trabajos de la conquista del imperio 
mejicano. 

Adscrito ordinariamente al cuerpo de ejército 
mandado por Gonzalo de Sandoval, hallóse en las 
batallas de Tabasco, Tlascala, Zempoala (contra 



- ^8 - 

Narváez), la calzada de Méjico, Otumba, Chalco, 
Huastepec y Capistlan. 

Pero el hecho de armas en que más se distin- 
guió, y que más óptimos resultados dio en aquella 
magna empresa, fué en la batalla naval librada en 
la gran laguna de Méjico, que el historiador Solís 
describe de este modo: 

^^..Pero al mismo tiempo que duraba el fervor 
de la batalla, reparó Gonzalo de Sandoval en que 
iban escapando á toda fuerza de remo seis ó siete 
piraguas por lo más distante de la ensenada, y or- 
denó al capitán García de Holguín, que partiese á 
darlas caza con el bergantín de su cargo, y procu- 
rase rendirlas con la menor ofensa que fuese po- 
sible. 

«Nombró entre los demás capitanes á García de 
Holguín, tanto por lo que fiaba de su valor y pe- 
ricia, como por la gran ligereza de su bergantín... 
Y él (Holguín) sin detenerse más que á tomar la 
vuelta y alentar la boga, puso tanto calor en su di- 
ligencia, que á poco rato ganó alguna ventaja para 
volver la proa y dejarse caer sobre la piragua que 
iba delante y parecía superior á las demás. Pararon 
todas á un tiempo soltando los remos al verse aco- 
metidas; y los mejicanos de la primera dijeron á 
grandes voces que no se disparase, porque venía 
en aquella embarcación la persona de su rey... y para 
darse á entender mejor, bajaron las armas, ador- 
nando el ruego con varias demostraciones de ren- 
didos. Abordó con esto el bergantín y saltando en 
la piragua se arrojaron á la presa García de Hol- 
guín y algunos de sus españoles. Adelantóse á los 
s.uyos Guatimozín, y conociendo al capitán en el 
semblante, le dijo: — ^^Yo soy tu prisionero, y quiero 
>Hr donde me puedes llevar: sólo te pido que atiendas 



— 49 — 

»al decoro de la emperatriz y de sus criadas.)) Pasó 
luego al bergantín y dio la mano á su mujer para 
que subiese áél, tan lejos de la turbación, que re- 
conociendo á García de Holguín cuidadoso de las 
otras piraguas, añadió: — «xVo tienes que discurrir 
))en esa gente de mi séquito, porque todos se vendrán 
))á morir donde muriere su principe.)) Y á su primera 
señal dejaron caer la armas y siguieron al bergan- 
tín como prisioneros de su obligación.» 

A más de Guatimozín y su familia, iban en la 
piragua y quedaron prisioneros, los magnates Co- 
huanacotzin, Tetlepan, Quetzaltzin, el cacique de 
Tacuba y otros, día i 3 de agosto de 1 52 i . 

Conquistado el imperio de Motezuma, Holguín, 
impenitente prosélito de Marte, partió con Pedro 
de Alvarado á la conquista de Guatemala. 

Sometida ésta, el general, envidioso de la suerte 
de Pizarro en el Perú, envió á Holguín á aquellos 
países á que tomara lenguas de su decantada ri- 
queza, y como volviese confirmándolas voces de la 
fama, Alvarado aparejó una numerosa flota y des- 
embarcando en las costas peruanas llegó hasta 
Quito. 

Pero ¡oh decepción!... sólo cosecharon sus tro- 
pas miserias y quebrantos. 

Con tan terrible desengaño y decidido á hacer 
dinero, entabló negociaciones con Pizarro, ajustó 
su retirada en una suma respetable, y hasta le 
vendió su escuadra, surta en Puerto Viejo, siendo 
Holguín el encargado de hacer entrega de ella á 
Diego de Mota, capitán de Almagro. 

Holguín, á quien agradó poco esta conducta, se 
quedó en el Perú y asentó en la ciudad de Trujillo. 



— 50 — 

Luis López Ortiz, de Plasencía. 

No fué este humilde placentino de los que mar- 
charon á América á hacer fortuna á costa de la 
sangre y las desdichas de los desventurados indios- 

Un temperamento apacible y un misticismo harto 
acentuado se lo impedían. 

Era comerciante, pero comerciante timorato y 
de conciencia; y calculando que no serían muchos 
de los del gremio los que trasportarían su mos- 
trador y sus anaqueles á las colonias, de donde el 
belicoso Marte había ahuyentado al pacífico Mer- 
curio, dijo: allá voy yo, y allá se fué. 

i A atesorar riquezas de que disfrutar un día?... 

Nada de eso. 

Marchó á trabajar, sufriendo privaciones sin 
cuento, para aumentar el culto divino en aquellos 
países. 

Llegado á la provincia de Bogotá, se estableció 
en Santa Fe, capital de ella, y abrió su tienda frente 
á la catedral. 

Su honradez, su formalidad y las módicas ga- 
nancias con queensu tráfico secontentaba, hicieron 
que la generalidad de los compatriotas y de los na- 
turales acudiesen á su establecimiento á surtirse de 
cuanto en él se expendía. 

Y resultó que vendiendo mucho, aunque ga- 
nando poco en detalle, acumuló en breve un capital 
enorme. 

De excelente sentido práctico, comprendió bien 
pronto que ubibene, ibi patria, y fijó definitivamente 
sus reales en dicha ciudad, en la cual edificó el 
convento de monjas de la Concepción, que dotó y 
ornó con magnificencia. 

Fundó también, tanto en Santa Fe como en su 
pueblo natal, del que nunca se olvidó, varias obras- 



pías; hizo cuantiosas limosnas á los hospitales, y 
donó al convento de San Agustín una imagen de 
Nuestra Señora deAltagracia, de toda su devoción, 
que había llevado consigo al ausentarse de España. 
Murió célibe y en opinión de santo, refiriéndose 
de él varios peligros y lances extremos, de los que 
salió incólume, según las gentes timoratas, por 
milagro. 



Juan de Chaves, de Trujillo. 

No puedo determinar cuándo pasó á ultramar 
este caballero. 

Pero es indudable que se halló en la conquista 
de Nueva España á las órdenes de Pedro de Alva- 
rado, que lo distinguía entre todos sus capitanes. 

Terminada tal empresa y acometida por dicho 
general la reducción de las provincias existentes 
al Sur de Méjico, llevó consigo á Chaves, quien de 
orden de aquél anduvo muchos días por la provin- 
cia de Honduras salvando sierras, cruzando valles 
y vadeando ríos, en busca de sitio á propósito para 
fundar una ciudad, que sirviese de punto de co- 
municación con los estados de Guatemala. 

Al cabo la gente, fatigada de tan penosa correría, 
halló extensa planicie junto á un río, muy adecuada 
á sus propósitos. 

Respirando todos ante la perspectiva halagüeña 
del descanso, exclamaron á una: 

— iGracias á Dios que ya encontramos tierra 
llana! 

Y allí fundaron la ciudad proyectada, á la que 
dieron el nombre de Gracias á Dios, repitiendo las 
primeras palabras de su espontánea exclamación. 

Chaves, por mandato del propio Alvarado, pa- 



— 52 — 

cificó el valle de Zura, cuyos indios andaban alza- 
dos en armas; obteniendo en el repartimiento de 
aquellos países los pueblos de Opoa y Mabotena 
(1536) con todo su vecindario indígena. 

Al cesar Pedro de Alvarado en el gobierno de 
Honduras, Chaves se ausentó también de esta pro- 
vincia y partió con aquél á la de Guatemala, aban- 
donando los pueblos que se le habían otorgado en 
encomienda. 

Mas Alvarado recompensó su adhesión, nom.- 
brándole regidor de la ciudad de Santiago de los 
Caballeros, capital de dicha provincia, luego veedor 
de S. M. en la ciudad de León, de Nicaragua, y 
concediéndole mayores y más productivas propie- 
dades que las que había perdido por seguirle. 



Francisco de las Casas, de Trujillo. 

Cuñado de Cortés é interesado al par de éste en 
la conquista de Nueva España, fué nombrado al- 
calde mayor de Méjico, una vez dueños los espa- 
ñoles de esta populosa ciudad, y embajador al rey 
de España para que le diera cuenta del éxito de su 
empresa. 

De vuelta en Méjico, Cortés, agradecido á su so- 
licitud, le dio el pueblo de Anguitlan. 

Trabajaba el ilustre metelinense en el gobierno 
y población de aquellos vastos dominios, cuando 
le llegaron nuevas de haberse rebelado contra él, 
su antiguo capitán Cristóbal de Clid, á quien había 
encomendado la gobernación de la provincia de 
Honduras. 

Contra él mandó á Francisco de las Casas, que 
zarpó con sus soldados del puerto de \^eracruz, con 
rumbo á la citada provincia (1524). 



— so- 
sería prolijo describir las tretas, los ardides, los 
lazos que se tendieron mutuamente ambos capi- 
tanes. 

Por fin Olid cogió prisionero á Casas, al par que 
á Gil González Dávila, otro adepto de Cortés, y los 
cargó de cadenas en un pueblo de la provincia de 
Naco. 

Mas cierta noche aquél quiso obsequiar á sus re- 
clusos con una cena, y mandándolos sacar del ca- 
labozo, hizo que se sentasen á su mesa. 

Recordaron los antiguos tiempos en que eran 
amigos y camaradas, y Olid, aficionado ó distraído, 
hizo á Baco más ofrendas de las que la prudencia 
aconsejaba, dada la tensión de sus relaciones con 
sus lastimados prisioneros. 

Así íué que en cuanto éstos vieron á Cristóbal 
desarmado por la fuerza del alcohol, empuñaron 
las facas de que se servían en la mesa, y acometién- 
dole sañudos, lo cosieron á puñaladas. 

No lo acabaron desde luego, porque deseando 
sumar á la venganza la ignominia, lo encarcelaron 
para mandarlo degollar á los pocos días por tirano 
y usurpador del poder real. 

Ejecutando en seguida órdenes de su cuñado, 
Casas se trasladó con sus soldados á Puerto Ca- 
bello, á fundar una población; pero no estimándolo 
sitio á propósito para ello, se trasladó al Puerto de 
Honduras, en donde edificó un pueblo al que puso 
por nombre Trujillo, en memoria de su patria. 

Y hecho estu, tomó el camino de Méjico. 

Si durante sus operaciones había dado cuenta 
á su cuñado del curso de éstas, no había llegado á 
conocimiento de éste; así es que Cortés estaba cui- 
dadoso de lo que pudiera ocurrir en aquellas pro- 
vincias. 



— se- 
para cerciorarse por sí mismo de su estado y á 
la vez del de otras no menos importantes, partió á 
recorrerlas al frente de una fuerza respetable. 

A poco de ausentarse de Méjico, se alzaron con 
el gobierno el factor Gonzalo de Salazar y el vee- 
dor Peralmíndez Chirino, quienes haciendo alarde 
de los más perversos instintos, destituyeron funcio- 
narios, encarcelaron, mataron, robaron y convirtie- 
ron la ciudad de Motezuma en un nefando aque- 
larre de maldades y atropellos. 

Noticiosos de que Casas y Gil González retorna- 
ban á Méjico, los prendieron y condenaron á 
muerte, — pretextando la que ellos habían dado á 
Cristóbal de Olid, — de las que pudieron librarse 
escapando de la cárcel y acogiéndose á sagrado. 

Intercedieron los frailes y alcanzaron de Salazar 
que enviase á España á los acogidos y los procesos 
que les habían formado- 
Pero mientras la travesía de los procesados, lle- 
gó Cortés á Méjico é hizo justicia en los tiranos. 

De Casas no vuelve á hallarse rastro alguno, á 

partir desde su venida á España en calidad de preso. 

Es de presumir que libre del judicial entredicho, 

se dedicase más al cuidado de sus intereses que de 

la cosa pública. 



Lorenzo de Aldana, de Cáceres. 

Acompañó al Nuevo Mundo al gobernador de la 
provincia de Santa Marta, García de Lerma, ayu- 
dándole como experto capitán á reducirla y po- 
blarla. 

Muerto éste, pasó al Perú con Pedro de Lerma, 
hijo del difunto, ávido de mayor prosperidad. 



— 55 — 

Bien pronto se persuadió de su valía el ínclito 
Pizarro, que no tardó en dispensarle sus favores. 

Partió con el mariscal Almagro á la conquista de 
Chile; pero así que estos dos caudillos se declararon 
aquella guerra á muerte que tan tristes recuerdos 
grabó en las páginas históricas de la conquista del 
suelo ando-peruano, Aldana abrazó la causa del 
marqués. 

Ignorante éste de la suerte que pudiese haber 
cabido á Sebastián de Benalcázar, que desde su go- 
bierno de Quito había subido de conquista á la pro- 
vincia de Bogotá, nombró á Aldana gobernador de 
Popayán — cargo que desempeñó hasta que dicho 
capitán volvió á Quito, — siendo á muy poco agra- 
ciado Lorenzo con el gobierno de la ciudad de 
los Reyes, capital de aquellos estados. 

Merced á sus ardides recobraron la libertad Gon- 
zalo Pizarro y Alonso de Alvarado, presos en el Cuz- 
co por Almagro. 

Asesinado el marqués, siguió el partido de Gon- 
zalo y cayó prisionero del virrey Blasco Núñez Vela. 

Recobrada su libertad, y vencido el virrey, fué 
nombrado de nuevo gobernador de los Reyes por 
el triunfante Gonzalo, cuyo cargo desempeñó con 
tal imparcialidad, que éste llegó á sospechar de su 
lealtad y consecuencia. 

Para aplacar la tormenta que su conducta había 
levantado en la corte castellana, — sobre todo con 
la muerte de Blasco Núñez, — y pactar un arreglo 
provechoso, Gonzalo despachó para España á Lo- 
renzo, cuya embajada se extendía á solicitar la con- 
firmación de su mandante en el gobierno del Perú. 

Hízose á la vela el mandatario y llegó á Panamá, 
animado de los mejores deseos. 

¡Pero en qué ocasiónl 



- 56 - 

Cuando el presidente la Gasea, esgrimiendo con 
inquebrantable perseverancia las bien templadas 
armas de su política sagaz y persuasiva, asediaba á 
Pedro de Hinojosa y á los demás capitanes de la 
armada de Pizarro, para que abandonando al re- 
belde se pasasen á las filas de los leales. 

No pudo Aldana evadirse de avistarse con la 
Gasea... ¡y quedó preso en sus redes! 

De modo que el hábil licenciado mató dos pá- 
jaros con una sola piedra, y al par que de ellos se 
hizo dueño de su armada. 

En seguida dio el mando de parte de la escua- 
dra á Lorenzo , que obedeciendo órdenes del 
presidente se dirigió á Lima y la ocupó á nombre 
del emperador Carlos V (abril de 1547), después 
de haber desembarcado de pasada en Trujillo, y 
recomendado á los soldados fieles al monarca que 
se reuniesen en Cajamarca para donde partiría el 
presidente. 

Deseoso del mejor partido para su abandonado 
jefe, trabajó aunque sin éxito á fin de reducirlo á 
la obediencia real. 

Hallóse en la batalla de Xaquixaguana, ocaso de 
la fortuna de Pizarro. 

La Gasea lo nombró, á raíz de este suceso, corre- 
gidor de Lima; y se le tiene por fundador de las 
poblaciones de Villaviciosa y San Juan de Pasto en 
Colombia. 



Antonio de Villarroel, de Alcántara. 

Abrazó con fruición la carrera militar, alistán- 
dose y peleando por algún tiempo en los famosos 
tercios de Flandes. 

Mas en los Países Bajos á todo lo que podía as- 



— 57 — 

pirar era á perder un ojo ó una pierna de algún 
golpe de pica ó de un arcabuzazo, para volver 
á su casa á recordar inválido sus proezas mili- 
tares. 

¡Pero en América!... 

cQué espíritu inquieto y codicioso no se entu- 
siasmaba al oír este nombre, que tantas rique- 
zas, tanta voluptuosidad, tan halagüeño porvenir 
ofrecía? 

Villarroel, obsesionado por el presentimiento de 
una brillante fortuna, fuerza motriz de los aventu- 
reros de todos tiempos y países, cambió de teatro 
en su carrera y se trasladó al Nuevo Mundo. 

Tomó tierra en la Fernandina y cultivó la amis- 
tad de Diego Velázquez; mas luego se trasladó á 
Méjico, y después de batallar en su conquista, fué 
nombrado regidor de su municipio. 

Nunca fué muy devoto de (^ortés, á causa de 
ciertos amoríos con una india cubana en la que 
ambos habían puesto los ojos, por lo que Hernán, 
en cuanto tuvo motivo que cohonestase su reso- 
lución, le quitó el alferazgo del estandarte real 
que desempeñaba al arribar á las costas mejicanas. 

Así que cuando Cortés, movido por la insurrec- 
ción de Olid, partió á pacificar las provincias re- 
vueltas y castigar á los culpables, no costó gran 
trabajo á su rival asociarse á Gonzalo de Salazar 
y á Peralmíndez Chirino, que aprovechando la 
ausencia de aquél, se habían alzado con el gobier- 
no de Nueva España. 

Y como Villarroel era ya á la sazón persona de 
cuenta, le encomendaron la misión de pasar á Es- 
paña á justificar aquel levantamiento, y á pedir el 
gobierno de Méjico para los cabezas de motín. 

Mas noticioso de tal acontecimiento, Cortés vol- 



vio á la capital y cerró contra los desaforados 
insurgentes. 

Villarrocl pudo escapar, y para burlar la ven^- 
ganza del ilustre metelinense, se trasladó á Pana- 
má y de aquí bajó al Perú, cuya conquista ofrecía 
campo propicio á sus propósitos. 

Sometido este ubérrimo país á la dominación 
española, Villarroel asentó en la villa de Porco, 
sita en el valle de Jauja, en cuyo término se ex- 
plotaban ricas minas. 

Tenía un criado indio llamado Guanea, el cual 
le dio cuenta, cierto día, de una desavenencia que 
tenía con otro compatriota suyo nombrado Gualpa, 
sobre la propiedad de ciertas vetas metalúrgicas 
que habían descubierto en un cerro distante seis 
leguas de Porco. 

Marchó allá Villarroel á cerciorarse de la pon- 
derada riqueza del filón denunciado, y ¡oh prodi- 
gio!... Aquel cerro era el del Potosí, y la veta en 
cuestión la más potente de las descubiertas en las 
argénteas entrañas de aquel promontorio inmenso 
de riquezas. 

Semejante coup de bonheur fijó definitivamente 
su condición social, tan varia y accidentada, y se 
dedicó á explotador de metales preciosos. 

El primer registro de tan famosas minas lo hizo 
en 2 I de abril de 1545, y en breve se contempló 
uno de los mayores potentados de aquellos climas 
tropicales. 



Gonzalo de Ocampo, de Trujillo. 

Distinguido capitán que partió á América á 
principios del siglo xvi, y se estableció en Santo 
Domingo, en donde era altamente estimado por 



su riqueza y sus no comunes conocimientos jurí- 
dicos y militares. 

En 1520, el almirante D. Diego Colón lo envió 
á castigar los indios de Cumaná que habían ase- 
sinado y quemado á los religiosos franciscanos del 
monasterio de Chiribiri, cerca de xMaracapana. 

Después de escarmentados los indígenas, fundó 
Ocampo, cerca del río Cumaná, una villa que de- 
nominó Nueva Toledo. 

En 1523, acompañó también al gobernador de 
la Jamaica, P'rancisco de Caray, en su jornada á 
la provincia de Panuco y río de las Palmas, y fué 
mediador entre éste y los emisarios de Cortés, en 
las capitulaciones que se pactaron para que Caray 
levantase el campo y se ausentase de aquellos te- 
rritorios. 

El licenciado Alonso de Zuazo, asesor de los go- 
bernadores Jerónimos de la Española, que había 
tenido lugar de apreciar sus conocimientos jurídi- 
cos y rectitud de conciencia, lo nombró teniente 
suyo en la Fernandina. 

Y más tarde le encontramos en Méjico, compli- 
cado más ó menos directamente en los disturbios 
promovidos por Salazar y Peralmíndez, ignoran- 
do cuál fué su destino á partir de tales aconteci- 
mientos. 



Francisco de Codoy, de Cáceres. 

Abandonó sus patrios lares (1527), en una de 
aquellas bandadas de extremeños que con tanta 
frecuencia volaban de las costas españolas al pri- 
vilegiado suelo americano. 

Participó de las empresas más comprometidas 
■que se abordaron en el imperio de los incas, y 



— 6o — 

siempre se contó entre los favoritos de la fortuna. 

Ejecutó una marcha estratégica y altamente me- 
ritoria á la cabeza de un escuadrón de caballería, 
desde la ciudad de San Miguel de Piura á la de 
los Reyes, en socorro de Hernando y Gonzalo Pi- 
zarro, acosado á vanguardia y retaguardia por 
miles de indios en una extensión de veinte leguas. 

Se halló en la batalla de Salinas contra Al- 
magro. 

Luego pasó al Arauco con Valdivia, en donde 
se hizo proverbial su intrepidez y bizarría, como 
lo ha consignado Ercilla en las sonoras y admira- 
bles octavas de su Araucana, sobre todo al descri- 
bir la batalla de Millarapué. 

Como persona de autoridad y seso, Pizarro le 
encomendó las negociaciones más importantes y 
delicadas, tales como la de arreglar las diferencias 
surgidas entre éste y Almagro. 

Y que sus faenas no fueron estériles para sus 
intereses, lo demuestra el caudal considerable que 
reunió, con la participación no escasa que le co- 
rrespondió en el repartimiento de los tesoros de 
Atahuallpa, y la mayor aun que recogió del descu- 
bierto en las inmediaciones del templo de Pacha- 
camac, enterrado por los sacerdotes de este san- 
tuario, al ausentarse de él, según refieren las 
historias. 

Fué regidor de la ciudad de Valdivia, en Chile, 
teniente general del conquistador Francisco Piza- 
rro, que lo distinguía entre sus capitanes, y go- 
bernador de la ciudad de los Reyes, volviendo 
luego á su patria en donde íundó pingüe mayo- 
razgo, y murió en 1564. 

* 
# * 



-- 6r — 

Andrés Garabito, de Alcántara, 

La primera vez que surge en escena este mili- 
tar, joven y valiente, es en la isla de Santo Do- 
mingo, durante el gobierno de Ovando, en donde 
por cierta ella tuvo un duelo con Hernán Cortés, 
persona entonces poco visible y prepotente. 

Pasados años lo encontramos figurando entre 
los capitanes favoritos de Pedrarias Dávila, gober- 
nador de Panamá, en la conquista que éste llevó 
á cabo de gran parte de los estados de la América 
central. 

De orden de éste partió Garabito á las provin- 
cias de Paria, Nata, Cherú, Chame y Pacara, á 
las órdenes del alcalde mayor Gaspar de Espinosa 
< I 5 19), encargado de someter y poblar dichos te- 
rritorios. 

En la conquista de Nicaragua en que también 
se halló (1524) alas órdenes de Francisco Her- 
nández de Córdoba, después de recorrer la costa 
oriental del golfo de Chira, fundando alguna po- 
blación, este caudillo lo invitó á que lo secundase 
en la rebelión que proyectaba contra Pedrarias y 
en favor de Cortés. 

¡De Cortés! ¡de su rival!... y en perjuicio de su 
protector. ¡Nunca!... y á causa de esta negativa, 
Francisco Hernández lo redujo á prisión, de la que 
no salió hasta que Pedrarias,— volando en perse- 
cución del rebelde, al que venció y mandó dego- 
llar, — lo puso en libertad. 

Entre los hechos que llevó á cabo, merece es- 
pecial mención el de haber cogido prisionero al 
cacique de la provincia de Paria, llameado Sura, cuya 
fama había crecido extraordinariamente entre los 
suyos, desde que había desbaratado, en anterior 
ocasión, las tropas destacadas contra él, al mando 



— 62 



del capitán Gonzalo de Badajoz, el cual, como 
aquéllas, perecieron en la demanda. 






Diego de Ocampo, de Cáceres. 

Hermanábanse en él el valor y la prudencia, 
cualidades que con el afecto y confianza de Cortés, 
le ganaron el nombramiento de alcalde mayor de 
Méjico, y el ser emisario de dicho conquistador 
cerca del emperador Carlos V. 

Cuando el ínclito Hernán partió de dicha capi- 
tal á las provincias de las Higueras, Chiapa y 
Quahuthemallan, siempre de conquista, llevó con- 
sigo á Ocampo, cuyo tacto y diplomacia le valie- 
ron más que un ejército de aguerridos comba- 
tientes. 

Francisco de Caray, gobernador de la Jamaica, 
se había empeñado en conquistar por su cuenta la 
rica provincia de Panuco, y á pesar de haber su- 
frido en los años 1518 y 1519 dos sensibles des- 
calabros, tornó á ella en 1523 con mayores fuerzas 
y pertrechos, exaltando la imaginación de sus 
gentes con la esperanza de riquísimo botín. 

Tuvo nuevas Cortés de su desembarco, y envió 
á Diego de Ocampo para que le requiriese en for- 
ma á que abandonase aquel país y se fuese á po- 
blar y conquistar, si le hacía el caso, al río de las 
Palmas. 

Resistióse Caray, apremió Ocampo, y por fin 
consiguió que aquél desistiese de su empresa, á 
cambio de la protección de Cortés para proseguir 
en su empeño de conquista; consiguiendo Ocampa 
que para ultimar las estipulaciones de mutua ayu- 
da, acudiese Caray á Méjico, hacia donde había 
marchado Cortés. 



- 6? - 

Sabido esto por los capitanes y soldados de Ca- 
ray, pusieron el grito en el cielo. Abandonada 
aquella rica provincia por la más estéril de las Pal- 
mas, y teniendo que compartir el botín con los 
auxiliares que Cortés les enviase, cá qué iban á 
quedar reducidas sus locas esperanzas? 

Así que en cuanto Caray partió á Méjico, sus 
tropas desertaron; y cuando Ocampo vio suficien- 
temente relajados los lazos de la disciplina, mandó 
salir de Santisteban del Puerto á los que no se 
alistasen en las banderas de Cortés, con lo que la 
mayor parte de ellos, sin jefe, ni saber adonde di- 
rigirse, engrosaron las huestes del héroe mejicano. 

Ocampo conoció después de las causas forma- 
das con motivo de la rebelión de la provincia de 
Tututepec. 

Fué apoderado de Cortés en el proceso incoado 
con motivo de la muerte de D.^ Catalina Suárez, 
primera esposa de Cortés, que la voz pública atri- 
buía á éste. 

Muerto Flernán, pasó al Perú, se avecindó en 
Quito, y fué general del virrey Blasco Núñez con- 
tra Conzalo Pizarro, auxiliando al primero con 
40,000 pesos. 

Por último, abrió al comercio la navegación del 
mar del Sur, en la parte que baña las costas del 
Callao, con navios fabricados á su costa en el 
puerto de Tehuantepec. 

# 
* # 

Fr. Jerónimo de Loaisa y Carvajal, de Trujillo. 

Estudió teología con notable aprovechamiento 
en el colegio de San Cregorio de Valladolid, y to- 
mó el hábito de dominico en el convento de San 



- Ó4 - 

Pablo de Córdoba, pasando á poco á América y 
estableciéndose en la provincia de Santa Marta, 
donde se dedicó á la enseñanza y conversión de la 
raza muysca, adoradora del tricéfalo Botchica y la 
pérfida Hiiytaca, cuyo politeísmo combatió con 
eficacia. 

Después regresó á España y fué prior del con- 
vento de Carboneras. 

En 1537, teniendo en cuenta los méritos con- 
taaídos en el citado país, fué presentado para el 
obispado de Cartagena de Indias, adonde no llegó 
hasta el siguiente año. 

Durante el tiempo que rigió esta sede, arribó á 
ella y ejerció su apostolado en aquellos territorios 
San Luis Beltrán, al que dio todo género de faci- 
lidades para su sagrada misión. 

En 154^, fué promovido al arzobispado de Li- 
ma, capital del Perú, en donde ardía devastadora 
guerra civil; y Loaisa, dada su posición social y 
religiosa, no podía sustraerse á tomar parte en la 
cosa pública para apagar aquel fuego destructor. 

Pero <qué voz se hace oír entre el estruendo de 
las armas? 

Derrotado y ajusticiado Gonzalo Pizarro, el li- 
cenciado La Gasea, que estimaba en mucho su ca- 
pacidad y su experiencia, reclamó su auxilio en la 
ardua y espinosa tarea de recompensar á los fieles 
partidarios de la causa real, y desde el Cuzco se 
retiráronlos dos (1548) al valle de Guaynarima, 
en el que permanecieron tres meses confeccionan- 
do el repartimiento de mercedes. 

Pero, — ¡lo que era de esperar! — como el nú- 
mero de los que se juzgaban acreedores á ellas era 
desproporcionado en relación con lo que había que 
repartir, era inevitable un descontento imponente. 



- Ó5 - 

y así lo sospechó La Gasea, quien para sustraerse 
á sus resultados, partió á Lima. 

Loaisa fué el encargado de afrontar el conflicto. 
Convocó á las tropas á la catedral del Cuzco, y 
después de un sermón que predicó el prior de 
Arequipa, exhortando á todos á que se contenta- 
sen con lo que se les había asignado, y de haber 
leído una carta del presidente á los oficiales y sol- 
dados, el arzobispo leyó en alta voz las recompen- 
sas otorgadas, que fueron acogidas al terminar 
con un murmullo general de descontento, que 
pronto tomó el carácter de tumulto y degeneró en 
escandalosa sedición. 

Y una función que comenzó con una majestad y 
recogimiento extraordinarios, acabó como el rosa- 
rio de la aurora, pues el comandante militar del 
Cuzco tuvo que entrar á mano armada en el tem- 
plo, aprisionar á los principales sediciosos, matar 
á unos y desterrar á otros. 

Por último, es de consignar que Fr. Jerónimo 
fué quien estableció en el Perú el tribunal del 
Santo Oficio, fundó el convento de Agustinos y 
erigió tres parroquias en Lima. 



Benito Hurtado, de Garrovillas. 

F'ué uno de los capitanes más distinguidos que 
llevó el gobernador Pedrarias Dávila á la conquis- 
ta de Castilla del Oro y provincias adyacentes. 

Luego sirvió en la de Nicaragua á las órdenes 
de Francisco Hernández de Córdoba. 

Rebelado éste contra Pedrarias, Hurtado, así 
como su compañero el después céltc/re Hernando 
de Soto, pensaron seguirle, y se unieron al go- 
bernador cerca de Chira (i 526). 



— 66 — 

Aventurero impenitente, figuró también (1542) 
en la partida de Ruy López de Villalobos, capitán 
general de las islas de Poniente, dispuesta por el 
virrey D. Antonio de Mendoza. 

Ocupado el puerto de la Navidad en el mar del 
Norte, pasó con los demás expedicionarios al va- 
lle de Ulancho, en el que, cayendo sobre ellos las 
tropas de 150 caciques, sucumbieron heroica- 
mente Hurtado y sus compañeros. 

* 

Peralvarez Holguín, de Cáceres. 

Contribuyó con su esfuerzo á la conquista del 
imperio peruano, cuyos buenos servicios recom- 
pensó el famoso Francisco Pizarro, nombrándole 
capitán general del Cuzco. 

Asesinado éste, dicha capital aprovechando la 
ausencia de ella de Holguín, se sublevó en pro de 
la causa del ¡oven Almagro. 

Gómez de Tordoya y D. Pedro Portocarrero, 
partidarios de los Pizarros, corrieron á noticiar á 
Peralvarez (que andaba de conquistas en Choquia- 
po) tan importante novedad, y en breve empeza- 
ron á agruparse en torno del general cacereño to- 
dos los soldados leales al difunto marqués. 

A su frente marchó Holguín al Cuzco, en donde 
entró en son de guerra, depuso á los dignatarios 
nombrados, por los insurgentes, repuso en sus 
puestos á los destituidos por éstos, y volvió á re- 
ducir la ciudad á su obediencia. 

Sabiendo que Vaca de Castro, comisionado por 
Carlos V para la pacificación de aquellos países, 
se hallaba en Popayan enfermo, le escribió po- 
niéndose á sus órdenes, y con el fin de reunir to- 



-óy- 
elas las fuerzas fieles á la corona bajo una sola 
dirección, partió Peralvarez del Cuzco, con los 
trescientos soldados de que disponía, á reunirse 
con Alonso de Alvarado^ otro general de Pizarro, 
que se hallaba en la parte norte del Perú. 

Almagro el joven se percató bien pronto de lo 
interesante que le era vencer por separado á los 
dos caudillos, y corrió á los alcances de Holguín 
con fuerzas triplicadas. 

Mas Holguín condujo las suyas con tal diligen- 
cia y pericia, que quedó burlado al persecutor, 
citándose esta marcha como modelo de estrategia 
en los anales de las guerras americanas. 

Y logró sumar sus fuerzas con las de Alvarado 
junto al puerto de Huaura. 

Pero el carácter de Holguín era algo díscolo, y 
como pretendiese, cual Alvarado, ser el general 
en jefe del ejército imperial, surgió entre ellos la 
inevitable rivalidad, que llegó hasta el punto de 
provocar un desafío entre ambos capitanes. 

Vaca de Castro con su exquisita diplomacia lo 
evitó, y hasta logró reconciliar á los dos antagonis- 
tas, después de haberles manifestado ser él el lla- 
mado á asumir la jefatura como delegado regio. 

En marcha las huestes, hallaron á las de Alma- 
gro en las llanuras de Chupas. La acción que se 
empeñó fué reñidísima y sangrienta. 

Vaca triunfó; pero perdió en ella á Holguín, que 
mandaba el ala izquierda de su ejército, á cuyo 
cadáver dio solemne sepultura en Guamanga, sobre 
la cual colocó como trofeo las rotas banderas cogi- 
das al enemigo. 



Alonso de Cáceres, de Alcántara. 



— 68 — 

Acompañó á F'rancisco Montejo, adelantado de 
Yucatán y gobernador de Honduras, á estas pro- 
vincias en 1539. 

Acababa de gobernarlas Pedro de Alvarado, 
cuya administración fué desdichadísima, no sólo 
para los intereses, del fisco, sino para la tranquili- 
dad social de ellas. 

Así que las abordaron Cáceres y Montejo, éste 
envió á aquél al valle de Comayagua á que lo so- 
segase y pacificase, como lo liizo, poblando en.él 
una villa que denominó Santa María de Comayagua. 

Auxilió después en Panamá y en el Perú á las 
tropas reales, como capitán de caballos, en las re- 
vueltas suscitadas por Francisco Hernández Girón. 

Fué regidor de Santa Marta, corregidor de Are- 
quipa, y andando el tiempo adelantado de Yucatán. 



Diego de Sanabria y Calderón, de Trujillo. 

Era hijo de Juan de Sanabria, nombrado en 1547 
adelantado del Río de la Plata, con obligación de 
fundar dos pueblos en aquella provincia; mas es- 
tándose aprestando para el viaje falleció, y en su 
lugar fué nombrado adelantado su hijo Diego ( i 5 49). 

No pudo hacerse éste á la vela para ultramar tan 
pronto como se le prevenía, pues hasta 1552 no 
le fué dado despachar para su gobierno tres na- 
vios, en los que partieron su madre y dos her- 
manas. 

Él quedó en la península ultimando los negocios 
que tenía pendientes en ella. 

Todavía se demoró por acá más de dos años, 
con lo que dio motivo á que se nombrase otro fun- 
cionario en su lugar, nombramiento de que no tuvo 



- 69 - 

noticia hasta que arribó al puerto de Cartagena de 
Indias. 

Saber tal novedad y volver á embarcarse para 
España, fué todo uno. 

<:Y á qué?... 

Carecía de influencia en la corte, su peculio se 
había agotado, y no consiguió otra cosa que los 
que pretenden en condiciones tales. 

Perder el tiempo y la paciencia. 

Convencido de que machacaba en hierro frío, 
tornó á atravesar el Océano en busca de su familia, 
é impetrando el favor de algunos paisanos influ- 
yentes, se estableció en el Perú, en donde se de- 
dicó á la explotación de minas, muriendo en el 
Potosí, 



Hernando de Trejo, de Trujillo. 

Marchó en la expedición despachada para Amé- 
rica por su paisano Diego de Sanabria en 1552 con 
la madre y hermanas de éste. 

Y como durante la travesía todos eran ocios, y 
el amor se había escondido sin duda en alguna 
escotilla de la nao, hizo de las suyas, y el corazón 
de Trejo y el de una de las hermanas de Sanabria 
quedaron mal feridos por la misma flecha. 

La Iglesia bendijo bien pronto esta mutua con- 
quista, y Diego, desde que se unió indisolublemente 
con la hija de Juan de Síinabria, se consideró he- 
redero de su suegro en muchas de las preeminen- 
cias otorgadas á éste, prescindiendo de las confe- 
ridas á su cuñado. 

Al año siguiente de arribar á la Argentina fundó 
un pueblo en el puerto de San Francisco, entre la 
Cananea y Santa Catalina. 



— 70 — 

Mas á poco de erigirlo lo abandonó, y se tras- 
ladó con su familia á la Asunción. 

Tratando de fundar el otro pueblo á que su sue- 
gro se había obligado, se embarcó para Santa Ca- 
talina, é internándose en el país, anduvo buscando 
sitio á propósito para erigirlo. 

Más una serie no interrumpida de malandanzas 
y sinsabores, le obligaron á regresará la Asunción, 
azotado y sin blanca, como vulgarmente se dice. 

El gobernador Domingo de Irala, indignado de 
que hubiese abandonado el pueblo que anterior- 
mente había fundado, — necesario para contener 
los progresos de los portugueses y mantener las 
comunicaciones con España por la costa del Bra- 
sil, — lo redujo á prisión. 

Súpolo el rey católico y lo mandó soltar. 

Y á partir de este acontecimiento, no se vuelve 
á tener noticias de su destino. 



Hernando de Osma, de Cáceres. 

Esforzado paladín que á haber nacido siglos 
antes, hubiera podido figurar dignamente entre 
los Caballeros de la Tabla redonda. 

De extraordinarias aptitudes para afrontar lances 
personales, placíale medir sus armas en particular 
combate con los jefes enemigos. 

En el sitio de Tlascala tuvo singular desafío con 
un valiente cacique de aquella ciudad, al que dio 
muerte. 

Quitóle espada y penacho y se dirigió á Cortés 
que había estado presenciando el lance, y á quien 
se los ofreció; mas el general le dijo devolvién- 
doselos: 



— Nadie es digno de trofeo tan bien ganado como 
vos: recoged lo y conservadlo. 

Durante el sitio de Méjico tuvo idéntica lid con 
otro indio principal, de la que salió tan airoso como 
de la librada con el tlascaltés. 

Servía en el cuerpo de ejército mandado por 
Gonzalo de Sandoval, y se distinguió especialmente 
en las batallas de Guastepec y Capistlan, habiendo 
salido herido en esta última. 

Se ignora si volvió á su patria ó si asentó en el 
país conquistado, como hizo la generalidad de los 
que á él marcharon. 



Diego de Orellana, de Trujillo. 

Persona de la mayor confianza del gobernador 
de Cuba Diego Velázquez, fué encargado por éste 
de la custodia de Hernán Cortés, cuando el joven 
metelinense, simple hidalgo, si bien ya bastante 
acaudalado, rehusó contraer matrimonio con doña 
Catalina Suárez, — hermana de la combleza de Ve- 
lázquez, — á la que había dado palabra de casa- 
miento. 

Cierto día acudió Orellana á la jaula y halló que 
el pájaro había volado, por lo que corrió á partici- 
par tal novedad al gobernador; mas cuál no sería 
su asombro al ver á éste acostado en compañía de 
Cortés. 

Hechas las paces entre estos dos caballeros y 
designado el extremeño para general de la escuadra 
que preparaba Velázquez para la conquista de 
Tierra F'irme, Orellana se alistó con consentimiento 
de aquél en las banderas de Cortés, y con él estuvo 
en la campaña contra los aztecas. 

Pero descontento de las recompensas alcanzadas 



— 72 — 

ó persiguiendo otras mayores, pasó luego al Perú 
á participar de las prodigalidades de sus paisanos 
los Pizarros. 

Se le encuentra entre los prosélitos de Gonzalo, 
cuando éste se alzó en armas contra el gobierno 
de la metrópoli; y más tarde lo vemos figurar en- 
tre los 417 procesados, en la causa que tras el 
vencimiento de Xaquixaguana, incoó y falló el Lie. 
Cianea por delegación de La Gasea. 



F^RANCisco Hernández de Cáceres, conocido en 
las historias por los apellidos de Hernández Girón, 
de Cáceres. 

Es indudable que en los primeros repartimientos" 
que se hicieron en el Nuevo Mundo, presidió un 
espíritu poco equitativo, hijo de las circunstancias. 

Para el aventurero que no pensaba arraigar en 
aquellos remotos climas, valió mil veces más un 
puñado de oro que venir á compartir con su aban- 
donada familia, que la provincia más feraz y pro- 
ductora; y todos prefirieron una pella del preciado 
metal, por insignificante que íuese, á las más ex- 
tensas y pingües posesiones territoriales. 

Mas por aquel vulgar axioma de que el que re- 
parte es el que sale siempre ganancioso, el oro que- 
dó entre las manos délos más señalados capitanes, 
adjudicándose á los otros predios rústicos y urba- 
banos y hatos de indios de suyo perezosos y poco 
habituados al trabajo. 

Y ocurrió lo que era de esperar; que ardiendo 
éstos como aquéllos en deseos de tornar á la leja- 
na patria, procuraron esquilmar la tierra para en- 
riquecerse en poco tiempo, á costa del trabajo per- 



— 73 — 

sonal de los indios, á quienes se exigía más que á 
bestias de carga. 

Efecto de tan inusitadas faenas, sucumbieron 
casi todos los indígenas, sobre todo en ciertas co- 
marcas, y para bien pronto se previo la total des- 
trucción de aquella raza en los territorios conquis- 
tados. 

Doliéronse de ellos la Iglesia y las justicias de 
allende el Atlántico, y representaron á los monar- 
cas la falta de caridad con que eran tratados aque- 
llos infelices. 

Los reyes dictaron disposiciones poniendo cor- 
tapisas á tantas demasías; y se abolió el trabajo 
personal de los indios; se prohibió que se les de- 
dicase á la explotación de minas; se tasaron los tri- 
butos conque debían acudir á los patronos; y no se 
consintió contratación alguna de servicios entre los 
naturales y los conquistadores, que no pasase por 
ante las justicias reales. 

Corno con estas ordenanzas se atacaba tan ru- 
damente los intereses de los grandes propietarios, 
exigían, para hacerlas aceptables á éstos, gran tac- 
to y prudencia, amén de cierta equitativa gradación, 
por parte de los encargados de aplicarlas. 

Pero brillaron por su ausencia tan indispensables 
condiciones en los intérpretes y ejecutores de la re- 
gia voluntad, y el conflicto surgió inmediatamente. 

Primero hubo pedimentos escritos; después pro- 
testas: siguieron las manifestaciones al aire libre; 
y por fin saltaron acá y acullá chispazos sediciosos. 

Alguno de los cabezas de motín, como Luis de 
Vargas, pagó con la cabeza su osadía; pero su muer- 
te no sirvió de escarmiento, porque como la con- 
moción era más social que política, sus raíces eran 
por demás profundas y resistentes. 



La revolución permanecía latente en el espíritu 
popular, y sólo esperaba para manifestarse la apa- 
rición de un capitán de prestigio que se pusiese al 
frente del movimiento. 

Este no se hizo aguardar y surgió en escena; lla- 
mábase Francisco Hernández Girón, y las gentes 
acomodadas y las que á su sombra vivían, vieron 
desde luego en él la salvaguardia de sus intereses. 

cQuién era este caudillor 

Un hidalgo muy valiente, muy rico y sobrado 
pródigo con la soldadesca, que adoraba en él mer- 
ced á su munificencia. 

Después de haber servido con los Pizarros y Be- 
nalcázar, se había avecindado como otros muchos 
cacereños, en el Cuzco, en donde le había cabido 
tan pingüe repartimiento, que sus productos no ba- 
jaban de 20,000 pesos de oro anuales. 

De carácter violento y quisquilloso, se indispuso 
con Gonzalo Pizarro y se puso de parte del virrey 
Blasco Núñez Vela, que lo nombró su teniente ge- 
neral. 

Vencido éste por Gonzalo, Girón anduvo de mal 
^juebranto, hasta que llegó al Perú el Lie. Pedro de 
la Gasea, al que se unió y cuya caballería mandó 
en la memorable batalla de Xaquixaguana, donde 
se eclipsó para siempre la brillante estrella del in- 
trépido trujillano. 

Dos tentativas de rebelión en pro de los menos- 
cabados derechos de los propietarios de indios, le 
habían valido ya en 1 5 5 1 otros tantos procesos, 
con la prisión correspondiente; y hubiera pagado 
caras tales aventuras, á no haberle tendido su 
mano protectora el virrey D. Antonio de Mendoza. 

Por estos y otros desahogos, la gente de toga 
de la Real Audiencia de Lima no lo miraba con 



buenos ojos, y aunque blanda á las insinuaciones 
privadas del virrey, atisbaba oportunidad de hacer 
sentir al trasgresor todo el rigor de la ley. 

La ocasión no se hizo esperar, y hasta puede 
decirse que por partida doble. 

Se había constituido Hernández fiador de su sue- 
gro Alonso de Almaraz, tesorero de Hacienda en 
la ciudad de Lima, por la suma de 25,000 pesos; 
mas alcanzado éste en sus cuentas, se había pro- 
cedido contra los bienes del fiador, amenazando 
seriamente su patrimonio. 

Además, la Audiencia de Santa Fe de Bogotá 
había exhortado á la de Lima, para que citase de 
comparecenciaante aquélla al mismo Francisco Her- 
nández, á estar á derecho con los herederos de Jor- 
ge Robledo, gobernador que fué de la provincia de 
Choco y Antioquía, quien habiéndose rebelado con- 
tra el gobierno constituido, fué perseguido, alcan- 
zado,y muerto por Girón, destacado contra él por 
el general Sebastián de Benalcázar. 

F'arecc que habiendo sido inmolado Robledo 
por traidor, no debía su muerte ser motivo de 
acusación contra el que lo mató como leal; pero la 
familia del difunto era poderosa en Bogotá, la 
curia togada asaz complaciente, por no decir pre- 
varicadora, y haciendo de lo negro blanco, logró 
enredar á Francisco Hernández en un proceso. 

Los oidores exhortados se frotaron las manos 
de gusto. cQuién valdría ya al malquisto reo con- 
tra tanto entredicho? 

¡Hasta la parca parecía conjurarse contra él, 
cortando el hilo de la vida del virrey su protector! 

Persuadido Girón de lo crítico de su situación, 
agravada con la merma de las tres cuartas partes 
de sus rentas, por virtud de las leyes de la tasa, no 



- 76 - 

halló otra salida que izar tercera vez la bandera 
revolucionaria, y jugar el todo por el todo. Con- 
taba con adeptos; su causa era la causa de la casi 
totalidad de los españoles naturalizados en el 
Nuevo Continente, y... iecirió la carta! 

Pero con mala mano. 

Porque el acto iniciador de su campaña, no 
pudo ser más digno de anatema. 

Espiraba el domingo 12 de noviembre de 1553? 
día que, á más de festivo, era de alborozo y sa- 
tisfacción para las familias de Castilla y de Loai- 
sa, de las más ilustres del Perú, que acababan 
de enlazarse, mediante el matrimonio de una so- 
brina de D. Baltasar de Castilla, con Alonso de 
Loaisa, sobrino á su vez del arzobispo de la 
ciudad de los Reyes. 

Habiéndose velado en dicho día, festejaban con 
un suntuoso banquete tan grato acontecimiento en 
la ciudad del Cuzco, residencia de los contrayen- 
tes, en unión de las principales personas y auto- 
ridades de la localidad. 

Y cuando el salón estaba más concurrido y ani- 
mado; cuando la luz de las lámparas de plata rie- 
laba en los aromáticos vinos que rebosaban en los 
vasos; cuando la alegría desbordada en el corazón 
de los comensales rutilaba en sus movibles pupi- 
las... Francisco Hernández, espada en mano y se- 
guido de treinta sañudos corifeos, gana la brillante 
estancia, y acometiendo con cruento encono á los 
desprevenidos circunstantes, atropella, hiere y 
mata á los que encuentra al paso. 

Gritan las mujeres, ármanse los caballeros con 
sillas, bastones, cuchillos... con cuanto hallan á 
mano. ¡Todo en balde! Un tío de la desposada 
sucumbe á los golpes enemigos, el contador Juar£ 



de Cáceres y el capitán Juan Alonso Palomino, 
caen también exánimes, acribillados á estocadas, es 
preso el corregidor Gil Ramírez Dávalos, y en 
breves instantes aquella mansión paradisiaca que- 
da convertida en un asilo de dolor y de muerte. 

Tras esta hecatombe inusitada, los asesinos es- 
párcense por la ciudad, que aturden con clarines 
y atabales llamando á las armas á sus coligados; 
acuden éstos y Francisco Hernández se proclama 
'IProcurador y Capitán general del Cuzco. 

En pocos días alista 900 hombres en sus ban- 
deras, procedentes de la misma ciudad del Cuzco, 
de Guamanga y de Arequipa, declara la guerra á 
las autoridades constituidas, sobre todo al arzo- 
bispo y á los oidores, y jura y perjura que ha de 
ser rey del Perú. 

Es de presumir la fatídica resonancia que ten- 
dría 4an nefasto acontecimiento en el país. 

La Audiencia y el prelado unieron sus fuerzas, y 
dando el mando de las tropas al maestre de campo 
Pablo de Meneses, salieron en busca del rebelde. 

Hernández recorrió las jurisdicciones de Gua- 
manga, Jauja y Nuchacocha; recogió por doquiera 
provisiones, armas y soldados, y amenazó á Pa- 
namá, de donde nadie le salió al encuentro; mas 
no conceptuándose con fuerzas suficientes para 
tomar la plaza, decampó y se dirigió á Nasca, ca- 
mino de Arequipa, 

Por fin en el valle de lea halláronse las huestes 
adversas... y Francisco Hernández derrotó á sus 
enemigos. 

En Chuquinga, junto al río Abancay, tornó á 
batirlos; y no se tuvo ya por cosa improbable, 
que el tirano (como la gente oficial lo apellidaba) 
pudiese llegar á coronarse rey del Perú. 



Mas como dice Campoamor, 

Toda espada es de cera aate el destino, 

y ya en la acción de Pucará le volvió el rostro la 
fortuna. 

Entonces los oidores que iban con las tropas,, 
otorgaron un indulto á los revoltosos que se pa- 
sasen del campo enemigo, asegurándoles vidas y 
haciendas, logrando con él que de los reales del 
rebelde desertasen dos ó tres de sus principales 
capitanes. 

Con esta estratagema quedaron desequilibradas 
las fuerzas de ambos bandos, pues los défugos 
arrastraron consigo á los soldados que mandaban. 

Francisco Hernández, obligado por esta contra- 
riedad, se retiró; pero fué akanzado en Jauja, en 
donde no sólo quedó derrotado, sino hecho pri- 
sionero. 

Conducido á Lima fué decapitado el 7 de di- 
ciembre de 1554, ^'e su cabeza puesta en el rollo 
desta ciudad é sus casas derribadas é sembradas 
de sal)). 



Francisco Cava, del partido de Alcántara. 

Presúmese que fué á la Nueva España con Cor- 
tés, ó poco después de emprender la conquista de 
Méjico este célebre extremeño. 

Pasando de unos á otros países, dio en el es- 
tado de Honduras, del que fué nombrado procu- 
rador. 

xMas los españoles en él asentados eran pocos, y 
muchos y muy indómitos los indios sus naturales 
moradores. 

Comprendiendo que de no ser socorridos su- 



— 79 — 

cumbirían aquéllos á manos de los indígenas, im- 
petró Cava el apoyo de Pedro de Alvarado, gober- 
nador de Guatemala, quien acudió en su ayuda 
(i 536) con algunas compañías de soldados. 

Metidos en domo los revueltos americanos, Al- 
varado nombró á Cava corregidor de la ciudad de 
Gracias á Dios, el cual no llevó muy en paz la vara 
símbolo del cargo, pues de carácter turbulento, no 
dejó de suscitar entorpecimientos y sinsabores á 
su paisano Francisco Montejo, que sucedió á Al- 
varado en el adelantamiento y gobierno de aque- 
llos territorios. 



Juan Rodríguez de Villalobos, de Cáceres. 

Ignórase cuándo pasó á las Indias este hidalgo. 
Lo cierto es que figuró en la segunda expedición 
que Francisco Pizarro dirigió contra el imperio de 
los Incas, y que se halló en la tremenda sarracina 
de Cajamarca, lucrativo espoliarium para los ven- 
cedores. 

Conquistada la gran ciudad del Cuzco, obtuvo 
en ella grandioso repartimiento tanto territorial 
como de indios, siendo el primer español que allí 
se estableció. 

Y por cierto que fué un vecino provechoso para 
el desarrollo de la riqueza agraria del país, pues á 
él le atribuyen las crónicas la primacía en labrar la 
tierra con bueyes, operación agrícola no conocida 
en aquél hasta entonces. 

Paisano y amigo del revoltoso Francisco Her- 
nández Girón, favoreció el levantamiento de éste, 
dolido de los perjuicios que las leyes sobre la 
emancipación de los indios y tasa de sus trabajos 
le habían ocasionado. 



— 8o — 

De modo que la causa defendida por Hernández 
era su propia causa. 

Vencido éste, hubiera sufrido la misma suerte 
que los restantes partidarios, si su posición social 
no le hubiese permitido comprar su futuro sosiego, 
que le costó ocho mil pesos de oro. 

Y tan cristiano como rico, fundó el convento de 
San Francisco en la ciudad de su residencia. 



F'edro Ordóñez Flores, de Brozas. 

Este varón fué freile de la orden militar de Al- 
cántara y un verdadero sabio, cuyas letras lo ele- 
varon á la rectoría del célebre colegio de su orden 
en Salamanca. 

Desempeñando este honroso y elevado cargo, 
fué nombrado inquisidor en Lima, capital del 
Perú, en donde ejerció tal autoridad y acumuló 
en sí tales merecimientos, que habiendo vacado la 
sede arzobispal de Santa Fe, fué presentado para 
ocuparla en 15.de agosto de 1609. 

Preconizado arzobispo de dicha diócesis, no to- 
mó posesión de ella hasta 1Ó13. 

Murió al siguiente año, y en su testamento dis- 
puso que en su pueblo natal se fundase un colegio 
de jesuítas, señalando los bienes que tuvo por 
conveniente para su creación y sustentación; pero 
no siendo bastantes á dicho fin, el colegio quedó 
sólo en la voluntad del testador. 



Garci-Fernández de Paredes, de Cáceres. 
Verdadero bohemio de las armas, este bravo 



militar siguió desde bien joven las inspiraciones 
de Belona; y como España tenía siempre en aque- 
llos tiempos pendiente alguna querella á mano 
armada con otras naciones, Garci-Fernández no se 
halló jamás ocioso en el ejercicio de su marcial 
profesión. 

Durante treinta años tomó parte activa en las 
guerras del Viejo continente, peleando sucesiva- 
mente en Flandes, Italia é Inglaterra, habiendo 
salido herido en ambas piernas de un balazo en la 
memorable batalla de San Quintín. 

Práctico como el que más en tales lides, quiso 
saber cómo iba en América á los veteranos euro- 
peos, et marchant toujours au hasard, allá se tras- 
ladó con su tizona y sus pistolas. 

Pronto reveló en el Nuevo Mundo su mérito 
como militar y como hombre formal y pundono- 
roso. 

Por entonces dio en recorrer las costas america- 
nas de Poniente el célebre pirata Francisco Drake, 
saqueando é incendiando ciudades, robando los 
galeones que hacia España partían cargados de 
dinero, y aprisionando personas pudientes para 
obtener por su rescate crecidas sumas. 

La Audiencia de Quito, para poner á su distrito 
á cubierto de tan temible corsario, nombró capi- 
tán general del mismo, á Garci-Fernández. 

Y tanta diligencia y tan acertadas disposiciones 
adoptó el agraciado, que aseguró las costas de 
aquella provincia de las razzias y atropellos de 
aquel ogro marino. 



Francisco de Chaves, de Trujillo. 

Paisano y amigo de los Pizarros, marchó con 

6 



«2 

ellos á los ricos estados bañados por el mar del 
Sur, y unió su suerte con tan indisoluble lazo á la 
de aquéllos, que bien puede decirse que las vicisi- 
tudes de tan famosos caudillos, fueron las suyas 
propias. 

Con apuntar esto, no hay porqué repetir que se 
encontró en el bélico trance de la prisión de Ata- 
huallpa; pero sí es de consignar, en honor á su 
memoria, que cuando en Cajamarca Francisco 
Pizarro citó á consejo á sus capitanes para decidir 
de la suerte del Inca, nuestro biografiado, así co- 
mo su hermano Diego, fueron dos de los once 
consejeros que demostrando sentimientos huma- 
nitarios, se opusieron á que se diese muerte al 
prisionero, opinando que se remitiera cautivo á 
España, para que aquí fuese juzgado. 

Mas eran pocos para contrarrestar la impacien- 
cia de tanto militar famélico de las riquezas del 
encarcelado, que no encontraban recurso más ex- 
pedito para apoderarse de ellas que quitar de en 
medio á su augusto dueño. 

Como Chaves era una de las personas más 
apreciadas por el general, fué encargado por éste 
varias veces para que se avistase con los apodera- 
dos de Almagro, en los conatos de concordia ha- 
bidos entre ambos personajes, para poner término 
á las disensiones civiles que por cuestión de pri- 
macía los tenía casi siempre m.alquistados. 

También lo envió en socorro de su hermano 
Gonzalo cuando éste marchó al descubrimiento del 
país -de la canela, viéndose obligado Chaves á ha- 
cer la guerra á los indios de Guanuco. 

Y de ordinario solía sentarse á la mesa del 
marqués. 

Con este yantaba el domingo 25 de junio de 



- 85 - 

15 5^1 cuando Almagro el joven y sus secuaces en- 
traron en su palacio espada en mano, dando mue- 
ras á Pizarro. 

Este mandó á Chaves que saliese á la antesala 
y cerrase la puerta, mientras él se vestía la arma- 
dura para salirles al encuentro. 

Pero Chaves, no juzgando tan inminente el pe- 
ligro, intentó parlamentar con los amotinados, de 
alguno de los cuales era amigo. 

¡Valiente dique para un torrente desbordado! 

A las primeras de cambio los almagristas, que 
iban resueltos á triunfar ó morir, lo pasaron de 
una estocada; y por si no era de las de gracia, lo 
arrojaron cabeza abajo por la baluastrada de la 
escalera, espirando á los pocos instantes, cuando 
también su protector y amigo sucumbía á los gol- 
P9s de los cruentos sicarios. 



Francisco de Chaves, de Trujillo. 

Distinto del anterior, aunque paisano, contem- 
poráneo y de su mismo nombre y apellido. 

Adicto al mariscal Diego de Almagro, lo acom- 
pañó como capitán de caballos á la conquista de 
Chile. 

Encendida la guerra civil entre el mariscal y los 
Pizarros, Chaves ayudó á aquél en el ataque y 
toma del Cuzco, en donde Hernando y Juan Pi- 
zarro cayeron prisioneros, y en la batalla de las 
Salinas en la que á su vez Almagro fué vencido y 
aprisionado. 

Entonces fueron confiscados los bienes de Cha- 
ves, quien con este nuevo incentivo siguió el par- 
tido de Almagro el joven. 



— 84 — 

Perteneció á la compañía de los caballeros de la 
capa, y una vez llevado á cabo el asesinato de 
Francisco Pizarro, fué nombrado por el triunfante 
Almagro, gobernador militar de la ciudad de 4os 
Reyes, y formó parte del tribunal que condenó á 
muerte á Antonio Picado, secretario del inmolado- 
marqués. 

Mal avenido, así como otros sus compañeros, 
con la superioridad que en el ánimo de Almagro 
tenía Juan de Rada, se amotinó con sus amigos, 
é intimó á aquél para que escatimase á Rada tanta 
primacía. 

Almagro, para atajar mayores disidencias, or- 
denó á Rada que arrestase á Chaves, al que á las 
pocas horas hizo degollar por insubordinado. 



Alonso Bravo de Montemayor, de Alcántara. 

Este esforzado militar asentó en la ciudad de 
Santa Fe de Bogotá, y fué capitán de infantería de 
sus tropas en la guerra que sostuvo con los indios 
pijaos. 

Después fué maestre de campo de don Pedro 
Maraver de Silva en la conquista de la Nueva 
Extremadura. 

Nombrado luego jefe de las fuerzas que guar- 
necían la plaza de Cartagena de Indias, se vio 
sitiado por Francisco Drake, contra el que tuvo 
que defenderla. 

Mas el terrible pirata, con mayores fuerzas que 
las de la guarnición, tomó la ciudad, después de 
sangriento combate y de haber quedado inutili- 
zados en su defensa el puñado de soldados que la 
guarnecían. 



Alonso Bravo, que multiplicándose en los sitios 
de peligro había hecho prodigios de valor, desfa- 
llecido por la pérdida de sangre que brotaban 
cinco heridas recibidas en el fragor de la pelea, 
cayó en poder del corsario, que más que cautivos 
buscaba dinero. 

A todos los aprisionados señaló precio para si 
querían rescatar la libertad, lijando en seis mil pe- 
sos de oro la de Bravo. 

Mas al hacerle éste entrega de tal suma, el cé- 
lebre corsario que admiraba á los valientes, te- 
niendo en la memoria el denuedo y bizarría con 
que el prisionero había mantenido su puesto de 
honor, y los actos de intrepidez de que el propio 
Drake había sido testigo, le hizo gracia de mil pe- 
sos, tomándole solamente cinco mil. 

Este hecho habla más alto en pro de Alonso 
Bravo, que cuantas alabanzas le prodigaron sus 
parciales y compatricios. 



Diego Gargía de Paredes, de Trujillo. 

Sus primeros hechos de armas los libró contra 
las tropas incásicas en el territorio peruano, y des- 
pués en el país del Arauco. 

Volvió de éste al Perú; mas disgustado de las 
rencillas civiles que desgarraban aquel rico país, 
marchó á la conquista de Venezuela, en donde 
demostró sobradamente que con el nombre había 
heredado el valor y la pujanza de su padre el cele- 
bérrimo Sansón extremeño. 

Con 70 soldados de infantería y 12 de á caballo 
sometió el territorio de los tuicas, y fundó cerca de 
Escuque una población que denominó Trujillo, 



— 86 — 

nombre que enemigas y trastornos posteriores 
cambiaron y volvieron á confirmar varias veces. 

De carácter quisquilloso y desabrido, chocaba 
frecuentemente con los gobernadores de aquellas 
provincias que no suscribían á sus exigencias, de 
suerte que no admitiendo tibiezas ni términos me- 
dios, fué ó el tutor ó el fantasma de aquéllos. 

Mas invadido el Tocuyo por las tropas del despó- 
tico y cruel Lope de Aguirre, el común peligro zan- 
jó querellas y unió á Paredes con el general Gutié- 
rrez de la Peña y el gobernador Pablo del Collado 
sus antagonistas. 

El último escribió á Diego García una carta dán- 
dole satisfacción de ciertos agravios, é impetrando 
á la vez su ayuda para rechazar á Aguirre. Este se 
dio por satisfecho, y acudió al llamamiento; pero 
otro móvil que el de sacarlo del apuro, lo impulsó 
á pactar la tregua. 

Paredes y Aguirre habían sido compañeros de 
armas, bajo el mando de Pedro de Ursúa, conquis- 
tador de las Omeguas, el cual fué víctima de una 
conjura tramada per Aguirre, quien después de 
asesinarlo se erigió en jefe de la mayor parte de sus 
tropas. 

Indignado Paredes, que era grande amigo de 
Ursúa, se separó de Aguirre y juró vengar la muer- 
te de aquél. 

La ocasión, pues, se le venía á las manos, y 
aceptando el puesto de maestre de campo que Co- 
llado le ofreció, y aviniéndose á operar bajo las ór- 
denes de Gutiérrez de la Peña, nombrado capitán 
general de las tropas levantadas por el gobernador, 
corrió en busca de Aguirre. 

Muchos de los soldados de éste, conocidos de 
Paredes y hartos del despotismo y barbaridades del 



tirano (como llamaban á Lope) se pasaron al cam- 
po del trujillano, quien apretando con su odiado 
enemigo en el Tocuyo, lo derrotó, y cogiéndolo pri- 
sionero lo mandó decapitar (i 56 1). 

Vino después de estos sucesos Diego García á 
España, y el rey, premiando sus servicios, lo nom- 
bró capitán general de Popayán. 

Al volver á América (i 563), un fuerte temporal lo 
arrojó á las costas de Catia, en cuyo país, inqui- 
riendo noticias de su amigo Luis de Narváez, fué 
víctima de las asechanzas del cacique Guanangu- 
ta, que en un festín que había preparado en su ho- 
nor, cayó sobre él y sus compañeros con inmensa 
muchedumbre de indios armados, dando muerte al 
general y á su séquito á flechazos. 



Francisco de Sande, de Cáceres. 

Fué caballero de la orden de Santiago y persona 
peritísima en la ciencia del derecho, por cuyo mé- 
rito S. M. le encomendó el conocimiento de los li- 
tigios que en América tenia pendientes el marqués 
del Valle, sucesor de Hernán Cortés. 

Partió, pues, al Nuevo Mundo y en él desempe- 
ñó sucesivamente los cargos de fiscal, alcalde de 
Corte y oidor de la Real Audiencia de Méjico. 

Tan buena cuenta dio de su cometido, que el rey 
le nombró gobernador de las islas Filipinas, para 
donde hizo rumbo en 1575. 

Así que se posesionó de su gobierno, pacificó la 
levantisca provincia de los Camarines, que andaba 
revuelta é inobediente, en la cual fundó, por me- 
diación de su capitán Pedro de Chaves, una ciudad 
que en memoria de su patria denominó Nueva Cá- 



— 88 — 

ceres, designada desde luego como capital de aquel 
distrito. 

Hostigados los subditos del rey católico por los 
soldados del soberano de Borneo, pertrechó Sande 
sus naves y salió en busca de la flota de dicho mo- 
narca, á la que venció y apresó, sometiendo al 
propio régulo por la fuerza de las armas al vasalla- 
je del rey de Castilla. 

Nombrado después presidente de la Audiencia 
de Guatemala, volvió á las Indias Occidentales á 
desempeñar tan elevado cargo, desde el cual fué 
trasladado á la presidencia de la Audiencia de San- 
ta Fe de Bogotá, con nombramiento de goberna- 
dory capitán general de aquel estado (i 597). 

Felipe II que lo contaba en el número de sus es- 
cogidos é intachables servidores, le otorgó privile- 
gio de llevar guión delante de sí por donde fuerk. 

Pero tenía un carácter tan rígido y austero (á 
cuya condición debió tal vez el aprecio y distinción 
del tétrico monarca), que las gentes sus goberna- 
das, no encontrando en los fastos judiciales un sa- 
cerdote de Némesis bastante famoso por su inflexi- 
bilidad con quien compararlo, lo designaron con el 
gráfico apodo de el doctor Sangre. 



V 



Además de los caballeros antes biografiados, 
partieron y sirvieron en el Nuevo Mundo: 

Lorenzo de Ulloa, de Cáceres. — Era señor de 
Malgarrida, caballero de los más encopetados de 
su villa natal, y uno los poquísimos que teniendo 
en la península riquezas y consideración, abando- 
naron unas y otra para ir á participar de las mal- 
andanzas del aventurero en el Nuevo Mundo. 

cCuándo emigró á él? 

Lo ignoro; pero ya en 1523 lo encuentro entre 
los capitanes de Garay, gobernador de la Jamaica, 
cuando acometió la desgraciada conquista de 
Panuco. 

Hernán Cortés se opuso á esta empresa, y Garay 
no contando con fuerzas suficientes para llevar 
adelante su proyecto, transigió con aquél... y al 
día siguiente de firmadas las estipulaciones, falleció. 

Ulloa entonces obligado á abandonar aquellos 



— 90 — 

países, por revoltoso, se alistó en las banderas de 
Cristóbal de Olid, que iba á conquistar la provincia 
de Honduras, de orden de Cortés. 

Rebelado contra éste aquel caudillo, perseguido 
y muerto por los capitanes de Hernán, UUoa se 
trasladó al Perú, cuya conquista comenzaba, y allí 
figuró con sus paisanos en las guerras que devas- 
taron tan pródigo país. 

¡UAN Prieto de Orellana, de Trujillo. — Juris- 
consulto recto y pundonoroso, que partió á Amé- 
rica con el cargo de visitador de la Chancillería de 
Santa Fe de Bogotá, cuyos alcaldes y oidores te- 
nían escandalizado á todo el continente con sus 
prevaricaciones y desafueros. 

Mas á pesar de su buen deseo, el trujillano co- 
rrector no logró meter en cintura á aquellos ava- 
rientos é indomables togados, y volvió á la penín- 
sula á dar cuenta de lo mucho y vituperable que 
pasaba en aquel asilo de h justicia. 

Pero aquellos mal llamados jueces tenían pode- 
roso arraigo en la corte, y Prieto se halló conver- 
tido de acusador en acusado. 

No formulaba un cargo que, como el dardo de 
Procris, no se volviera contra él, ni proponía un 
correctivo de que no se le hiciese merecedor. 

Por remate de tantos disgustos fué reducido á 
prisión, pues se acumularon contra él las culpas 
de sus influyentes visitados, y murió de pesadum- 
bre en la cárcel de Madrid. 

Bernardino de Coria, de Coria. — Soldado de 
Diego Velázquez, que alistándose en las compa- 
ñías de Cortés, pasó con éste á la conquista de la 
Nueva España. 

Quejoso de no haber obtenido del conquistador 
del país de los aztecas suficiente recompensa, se 



— 91 — 

conjuró con otros descontentos para abandonar á 
sus compañeros de armas y volverse á Cuba. 

Pero arrepentido de sus propósitos, reveló el 
complot al general, quien lo perdonó en gracia de 
la revelación, castigando severamente á los demás. 

Luego pasó con el capitán Diego de Mazariegos 
á la conquista de Chiapa (i 528), en donde tomó 
vecindad y fué nombrado regidor. 

Juan de Villarroel, de Alcántara. — Era her- 
mano de Antonio de Villarroel, el descubridor de 
las minas del Potosí, y partió á las colonias con 
Ovando, que le dio repartimiento en Salvaleón de 
Higüey. 

Pero ansiando mayor fortuna, abandonó su nue- 
va casa y hacienda y se trasladó al Perú. 

Desde aquí pasó á la conquista de Chile con 
Valdivia, midiendo gloriosamente sus armas con 
los soldados de Caupolicán, el héroe araucano, 
como lo atestigua Ercilla en su inmortal poema. 

Por último se interesó en las empresas explo- 
tadoras de su hermano, y se le tiene por fundador 
de la ciudad del Potosí, de la que fué primer go- 
bernador. 

El capitán Higuero, de Cáceres. — Al partir 
para las Indias ya tenía en España dicha gradua- 
ción. Mas como en el gobierno de aquellas pose- 
siones ultramarinas tenía gran mano el contador 
Alonso de Estrada, íntimo amigo suyo, allá marchó 
á hacer dinero. 

En cuanto entró en Méjico, Estrada le enco- 
mendó la pacificación de los indios zapotecas, y á 
la cabeza de cien soldados tomó el camino de 
Guajaca. 

Como jefe de aquella empresa, ordenó al capitán 
Alonso de Herrera, que al frente de otro destaca- 



mentó inferior en número recorría aquellas pobla- 
ciones, que se le uniese para operar á sus órdenes. 

¡Quién dijo tal! Herrera vino adonde Higuero lo 
había citado, pero fué para emprenderla con él á 
cuchilladas. 

Resultado: que de tan inesperado lance quedó 
manco el cacereño. 

Mientras convalecía de la amputación que le 
hicieron, tuvo noticias de ciertos enterramientos de 
metales y piedras preciosas hechosporlos indígenas, 
que representaban, según decían, sumas fabulosas. 

Y dándose más prisa en escarbar la tierra que 
en buscar á los revoltosos zapotecas, vio» colmados 
sus sueños de oro, pues acaparó en pocos días 
hasta cien mil pesos del ansiado metal, amén de- 
muchas y valiosas alhajas. 

Dueño de tal tesoro, dejó la pacificación de los 
indios para capitán más necesitado, y tornando á 
Méjico y despidiéndose de Estrada, embarcóse para 
España. 

Mas no distante de Veracruz se emborrascó el 
Océano, y abriendo sus insondables fauces, se 
tragó en un momento con el buque al capital y al 
capitalista. 

Diego de Chaves, de Trujillo. — Hermano de- 
Francisco y muy afecto de Pizarro, fué con aquél 
uno de los once capitanes que en el consejo ha- 
bido para decidir de la suerte de Atahuallpa. ya 
prisionero, se opuso á que se quitase la vida á éste. 

Terminada la guerra de conquista contra los- 
incas é iniciada la civil entre los conquistadores,, 
siguió batallando al lado de los Pizarros. 

Ya veterano se alistó en las filas del rebelde 
Francisco Hernández Girón, al que ayudó en las 
acciones de lea y Chuquinga. 



— 93 — 

Mas comprendiendo que aquellas revueltas to- 
zaban á su fin, trató de asegurar su porvenir, y 
después de la batalla de Pucará se pasó á los reales 
de la Gasea. 

Diego de Camargo, de Plasencia. — Servía con 
Francisco de Garay, gobernador de la Jamaica, 
cuando éste en 15 19 intentó la conquista de la 
provincia del Panuco, en la costa oriental de Nueva 
España. 

Durante la jornada no hubo elemento que no se 
conjurase contra ellos. 

Agotadas las provisiones, el gobernador, con- 
fiado en el valor y prudencia de Camargo, le or- 
denó que avanzase por aquel inhospitalario país, 
á recoger vituallas, aun á costa de la vida. 

Partió el capitán placenlino á los contornos; 
pero los indios de Chila, en número desproporcio- 
nado le salieron al encuentro, los mataron, los 
despellejaron, y colgando las pieles en sus templos 
como trofeo de la victoria, comiéronse la carne en 
antropofágicos festines. 

Alonso de Toro, de Trujillo. — Su existencia 
estuvo siempre consagrada al servicio de los Pi- 
zarros. 

Cuando Gonzalo perseguía al inca Manco Capac, 
el marqués su hermano, viéndole comprometido, 
envióle un buen socorro al mando de Toro, que le 
ayudó á vencer al enemigo junto á la laguna del 
Chinchero. 

En las guerras civiles prestó eficaz auxilio al 
mismo Gonzalo contra sus enemigos, por lo que 
éste lo nombró su maestre de campo. 

Persiguió hasta la ciudad de la Plata al capitán 
realista Diego Centeno. 

Mandó ajusticiar á muchos enemigos de Gon- 



~ 94 — 

zalo en el Cuzco, de cuya ciudad fué nombrado* 
gobernador. 

Mas un día se enredó en disputas con su suegro, 
quien cerrando con él lo cosió á puñaladas. 

Pero Alonso, de Aldeacentenera. — Desde Pa- 
namá acompañó á Francisco Pizarro en sus pri- 
meras expediciones á la América de Sur, y fué uno 
de los 13 aventureros que en la isla del Gallo pa- 
saron tras aquél la línea que había trazado en la 
arena, cuando acosados por el hambre y la incer- 
tidumbre de su destino, Pizarro y los suyos fueron 
requeridos de parte de Pedro de los Rios, gober- 
nador de Castilla del Oro, para que volviesen á la 
capital del istmo. 

Pizarro, que no olvidó jamás lá adhesión de 
aquellos trece soldados en el trance más crítico de 
su vida, pidió gracia para ellos, y la reina en las 
capitulaciones de 2Ó de julio de 1529, los hizo á 
todos hijosdalgo. 

Sojuzgado el imperio de los incas, Pero Alonso 
que había contribuido á ello con su esfuerzo, se 
avecindó en el Cuzco, obteniendo muy luego la 
vara de alcalde de tan preclara ciudad. 

Gómez de Solís, de Cáceres. — Desde luego se 
le encuentra en el Perú, tomando parte muy activa 
en su conquista, y desempeñando á la vez el cargo 
de mastresala de Pizarro. 

Enriquecido con los despojos de aquel vasto im- 
perio, tomó vecindad, como tantos otros cacere- 
ños, en el Cuzco; y de carácter inquieto, no cesó 
de bullir en el dédalo de intrigas que malquistó en- 
tre sí á los soldados peninsulares. 

Cuando el virrey Blasco Núñez llamó á sí á los 
capitanes leales á la corona, Solís acudió á favo- 
recer á su representante. 



— 95 — 

xMuerto el virrey, lo vemos figurar de nuevo entre 
los adictos á Gonzalo, quien lo designó para que 
en unión de Lorenzo de Aldana viniese á España 
á justificar sus desafueros; mas de condición tor- 
nadiza, en Panamá volvió la casaca é ingresó en 
el séquito de La Gasea, á cuyo lado se halló, como 
capitán, en la batalla de Xaquixaguana, en donde 
se derrumbó el omnímodo poderío de Gonzalo. 

Juan Pizarro, de Trujillo. — En tiempos de don 
Nicolás de Ovando se le encuentra avecindado con 
buen repartimiento de indios en San Juan de la 
Maguana. iVlás tarde figuró entre los compañeros 
de Cortés, en Nueva España. 

Este lo mandó á buscar oro, á la cabeza de un 
fuerte destacamento desoldados, á las provincias de 
Tustepec y Chinanta. 

Y á poco se halló al frente de 6o soldados en el 
vencimiento y prisión de Panfilo de Narváez. 

Rodrigo Palomeque, de Alcántara. — Sirvió á la 
causa del rey Felipe II en las revueltas del Perú 
durante doce años, cuyos buenos oficios premia 
S. M. haciéndole merced de un juro de renta muy 
considerable. 

AxNTONio DE Chaves, de Trujillo. — Como la ma- 
yoría de sus paisanos, hizo palenque de sus haza- 
ñas los territorios bañados por el mar del Sur. 

Asesinado Francisco Pizarro, obtuvo del mo- 
narca el nombramiento de gobernador de Cuba. 

Y de tal suerte se portó en su gobierno, que 
dejó tras sí grata memoria en sus administrados, 
principalmente por haber dotado á la Habana de 
aguas, encauzando y dirigiendo convenientemente 
las del río Casiguaguas, para cuyos gastos creó 
sobre los comestibles un arbitrio denominado sisct 
de la zanja. 



— c,G - 

También le es deudora la humanidad de la total 
emancipación de los esclavos indígenas de dicha 
isla. 

Esteban Barrantes, de Alcántara. — Era her- 
mano de Garci-Fcrnández, y como éste acompañó 
á Colón á la conquista de la Isabela. 

Defendió con la misma decisión que su agnado 
la causa del insigne genovés contra los sediciosos 
Roldan, Moxica y demás perturbadores del suelo 
haitiano. 

Nombrado Ovando gobernador de la Española, 
púsose á sus órdenes y le prestó buenos servicios. 

Alonso de Mendoza, de Garrovillas. — Capitán 
amigo de Velázquez que desde la Fernandina mar- 
chó con Caray á la Jamaica. Acompañó á éste á la 
conquista de Panuco, mas desgraciándose la jor- 
nada, se acogió á la villa de Santisteban del Puerto, 
de donde fué arrojado por perturbador y sedicioso. 
Luego corrió al Perú y allí tendió banderas, mez- 
clándose en los disturbios que ensangrentaron 
aquel suelo privilegiado. 

Juan de Carvajal, de Plasencia. — Era sobrino 
del obispo D. Gutierre, y se sentía poseído del 
mismo espíritu emprendedor que este prelado. 

Emigró, pues, al Paraguay, en la flota que con- 
dujo á dicho país al adelantado de la Asunción 
Alvar Núñez Cabeza de Vaca, al que ayudó en su 
trabajosa empresa de conquista. 

Mas no estaba llamado á disfrutar de los laure- 
les de la victoria, y murió de un flechazo en la 
garganta peleando con los indios payaguas. 

Juan Pizarro de Orellana, de TrujiUo. — Ape- 
llidándose Pizarro, no hay que preguntar qué suelo 
fué á explotar. Favorecido por los de su linaje, 
después de ayudarlos en la conquista del imperio 



— 97 — 

•del Cuzco, fué nombrado regidor de la ciudad de 
los Reyes. 

Pero acometido por la nostalgia de la patria, 
tornó á ella después de acaparar un tescro in- 
menso, parte del cual lo adquirió en el saqueo del 
gran templo del Sol de la corte peruana. 

Gerónimo de los Nidos, deCáceres. — Midió sus 
armas con los soldados de Atahuallpa en cuantas 
ocasiones las cruzaron las huestes españolas con 
las del inca; mas cuando éstas iban ya de vencida, 
abandonó las filas de Marte para ingresar en el 
gremio de Pluto, y avecindándose en el Cuzco hí- 
zose minero. 

Y prosperó más con el crisol que con la espada; 
pues según las relaciones oficiales de la fundición, 
en solos cuarenta días se le trabajaron en ella mi- 
nerales que le produjeron 4,968 pesos de oro y 
669 marcos de plata. 

A este paso llegó á ser uno de los capitalistas 
más fuertes de aquellas comarcas. 

Gonzalo Suárez, de Alcántara. — Primero sirvió 
en Italia, y de aquí partió al Nuevo Continente 
como más propicio á medros y grandezas. 

Fué uno de los descubridores y conquistadores 
del Nuevo Reino de Granada, y á él se debe la 
fundación de la ciudad de Tunja en i 5 3Ó, así como 
la población de los territorios existentes por bajo 
del río de la Hacha. 

Defendió las costas de Venezuela de las pirate- 
rías de los franceses; se halló en la batalla en que 
fué vencido y muerto el tirano Lope de Aguirre, y 
murió siendo gobernador de dicha provincia. 

Francisco de Lizaur, de Brozas. — Partió á la 
Española en calidad de secretario de su paisano el 
gobernador D. Nicolás de Ovando. 



Obtuvo después el cargo de contador de la Real 
Hacienda en San Juan de Puerto-Rico. 

Y por fin, pasando con Pedrarias á la conquista 
de Panamá, asentó ya rico y entrado en años en 
Nueva Granada. 

Juan de Sandoval, de Trujillo. — Fué este mi- 
litar de los que supieron agenciarse un capital 
(que le rentaba i 5 ,00o pesos de oro anuos) y con- 
servarlo á través de las revueltas que incesante- 
mente promovieron sus paisanos en el imperio de 
los incas. 

Comprendiendo que tarde ó temprano la causa 
real había de resultar triunfante, y no pudiendo 
esquivar su concurso á uno ú otro bando, cuando 
Gonzalo Pizarro se alzó en armas contra el virrey 
Núñez Vela y el presidente La Gasea, se unió á 
éstos, habiendo figurado como capitán de una de 
las compañías del último en la batalla de Xaqui- 
xaguana. 

Después fué agraciado Sandoval con el corre- 
gimiento de la ciudad de las Charcas. 

Gonzalo de los Nidos, de Cáceres. — Como su 
pariente Gerónimo, lidió con los Pizarros hasta 
someter al dominio de los reyes de Castilla los es- 
tados de Atahuallpa. 

Luego se estableció en el Cuzco y se dedicó á 
la explotación de minas. 

Siguió á Gonzalo Pizarro en sus bélicas y re- 
beldes empresas, y cayó en poder de La Gasea en 
la derrota de Xaquixaguana, siendo condenado, en 
el proceso que se formó contra los partidarios de 
aquél, á que se le sacase la lengua por el colodrillo. 
Sancho de Avila, de Garrovillas. — Marchó á 
América próximamente cuando Ovando, si es que 
no partió en su compañía. 



— 99 — 

En el territorio haitiano logró reunir 6,000 pe- 
sos de oro, y satisfecho con tal suma, vínose con 
ella á la península. Pero asaz jugador y manirroto, 
pronto quedó sin blanca. 

Y en busca de otro tanto tornó á América. 

¡Como si la fortuna repitiese! 

Arribó á Nueva España y no dejó de trabajar... 
pero ya no encontró en aquel país sino cien fle- 
chas que tomándolo por blanco pusieron fin á 
su existencia. 

Martín de Logrosán, de Logrosán. — La suerte 
de este militar corrió pareja con la del cacereño 
Pedro Corvacho. 

Fueron los dos soldados que de la provincia 
acompañaron á Colón en su primer viaje. 

Quedó también en el fuerte de la Navidad á las 
órdenes de Rodrigo de Arana, y como todos sus 
compañeros sucumbió al poder de los haitianos, 
víctima de su sed de oro y su brutal concupiscencia. 

Alonso de Loaisa, de Trujillo. — Era sobrino 
del primer arzobispo de Lima, y capitán de las 
tropas peruanas. 

En las bodas de este caballero con una sobrina 
deD. Sebastián de Castilla, celebradas en el Cuzco, 
fué donde el cacereño Francisco Hernández Girón 
alzó el grito de insurrección que tanta sangre y 
tantas lágrimas costó á los convidados á la fiesta 
nupcial y á los estados peruanos, según en la bio- 
grafía del insurrecto se refiere. 

Antonio de Ulloa, de Cáceres. — Acreditado 
capitán en la conquista del Perú, cuyo carácter in- 
quieto lo hizo figurar con extraordinario resalte en 
las contiendas civiles posteriores. 

Formó en las filas de Gonzalo Pizarro, en la 
batalla de Guarina, y murió en la de Chuquinga, 



I 00 — 

librada entre las armas reales y las del revolucio- 
nario Hernández Girón. 

Gaspar de Rodas, de Trujillo. — Uno de los más 
distinguidos capitanes de Sebastián de Benalcázar, 
quien en 1550 lo nombró su teniente, mandándole 
refundir en uno los pueblos de Santa Cruz y An- 
tioquía, como lo hizo, resultando de ello la ciudad 
de Santa Fe de Antioquía, en la que Rodas esta- 
bleció su casa. 

En I 570 sometió al vasallaje del rey de Castilla 
las provincias de Ibijico, Pequi, Nutave y el Valle 
de Teco; y después fundó la ciudad de San Juan 
de Rodas. 

Gonzalo Silvestre, de Herrera de Alcántara. — 
Se contó en el número de los capitanes que en 
abril de 1538 llevó consigo el adelantado Her- 
nando de Soto á la conquista de la Florida. 

Hizo proezas en las batallas de Mavila y Chi- 
coza, y se halló (1541) en el descubrimiento del 
Missisipí. 

Francisco Núñez, del Pedroso. — Fué uno de 
los conjurados, caballeros de la capa, que con Al- 
magro el joven y Juan de Rada, asesinaron á Fran- 
cisco Pizarro. 

Luego huyó á Venezuela y allí siguió tomando 
parte en las discordias de D. Pedro de Heredia con 
Sebastián de Benalcázar, siéndonos su fin desco- 
nocido. 

Alonso de Sotcmayor, de Trujillo. — Felipe II 
lo nombró gobernador y capitán general de Chile, 
y de orden del rey organizó una buena compañía 
de soldados, para favorecer al general Diego Flores 
de Valdés que capitaneando una armada de vein- 
titrés navios, llevaba la misión de posesionarse y 
poblar el estrecho de Magallanes. 



lOI — 

Pero los malos temporales destruyeron la escua- 
dra, sin que las tropas auxiliares acosadas por el 
hambre y los indígenas corriesen mejor suerte. 

Sotomayor tuvo que entrarse por el río de la 
Plata y atravesando aquellas provincias inhospita- 
larias volver á Chile. 

Que no todas las empresas intentadas en el 
Nuevo Mundo salieron á medida del deseo. 

El capitán Cepeda, de Plasencia. — Capitán de 
las tropas reales que obedecían al virrey Blasco 
Núñez Vela en sus jornadas contra Gonzalo Pi- 
zarro. 

Hallóse en la batalla librada junto á Quito en 
donde el virrey quedó prisionero. 

Cristóbal Flores, de Valencia de Alcántara. — 
Siguió á Cortés á la conquista del país del Ana- 
huac, y en el sitio de Méjico capitaneó uno de los 
bergantines aparejados por el insigne Hernán al 
efecto. 

Posesionados los españoles de la ciudad de Mo- 
tezuma, Cortés lo nombró regidor de ella. 

Alfonso Camargo, de Plasencia. — Notable ma- 
rino que mandando un navio fletado por el obispo 
de dicha ciudad, D. Gutierre de Vargas, para ha- 
cer el comercio de la especiería, atravesó el estre- 
cho de Magallanes, y costeando la América del Sur, 
determinó con exactitud los pasos marítimos de la 
Tierra del Fuego. 

Francisco Jiménez, de Herguijuela. — Soldado 
de Cortés, que después de dominado el imperio 
mejicano, fué con las tropas del capitán Luis Marín 
á conquistar la provincia de Chiapa. 

Murió en un encuentro habido con los indios de 
Cimatán. 

Francisco del Barco, del partido de Garrovl- 



102 — 

lias. — Siguió á Francisco Montejo á la provincia 
de Honduras, en donde le sirvió como capitán de 
una compañía. 

Luego pasó á la de Guatemala, y fué nombrado 
regidor de la ciudad de Santiago, su capital. 

Pedro Hernández Paniagua, de Plasencia. — 
Figuró como capitán en la conquista del Perú. 

Cuando La Gasea llegó á Panamá á pacificar las 
provincias peruanas, mereció el honor de ser el 
portador de los despachos que el sabio presidente 
envió á Gonzalo Pizarro para que depusiese las 
armas y se sometiese á la regia obediencia. 

Los de Gonzalo lo prendieron, y estuvo muy en 
peligro de perder la vida; pero escapó... y no se 
sabe más de él. 

Martín del Barco Centenera, de Logrosán. — 
Capitán de la expedición que en 1570 dirigió el 
adelantado de las provincias bañadas por el río de 
la Plata, Juan Ortiz de Zarate. 

Al par militar y poeta, dejó escrito un poema 
titulado La Argentina, que si no de gran mérito 
artístico, lo tiene indudablemente histórico res- 
pecto de aquellos países. 

Diego Martín, de Zarza de Montánchez. — Mi- 
litó á las órdenes del capitán Diego de Mazariegos 
en el territorio mejicano; y con él pasó después á 
la conquista de Chiapa (1528) en la que asentó 
definitivamente. 

Diego de Trujillo, de esta ciudad. — Fué inse- 
parable de Francisco Pizarro desde los primeros 
pasos de éste en el continente americano. Estuvo 
con él en la conquista de Castilla del Oro, y des- 
pués en el Perú donde labró no escasa fortuna. 

Fernando de Sotomayor, de Cáceres. — A me- 
diados del siglo XVI se trasportó con su familia al 



— 103 — 

Nuevo Reino de Granada, y se avecindó en Nues- 
tra Señora de Altagracia de los Utagos, de cuya 
ciudad fué nombrado corregidor. 

Diego Sánchez Paniagua, de Alia. — Sirvió con 
distinción en la conquista de Nueva Granada á las 
órdenes del general Gonzalo Jiménez de Quesada, 
y allí fundó su casa. 

Gutierre Lasso de la Vega, de Plasencla. — 
Era sobrino del ya citado obispo D. Gutierre, y 
pasó á América con el nombramiento de tesorero 
de la Real Hacienda en la expedición que en 1534 
partió á las órdenes de Sebastián Gaboto. 

Gonzalo Hurones, de Garrovillas. — Militó á las 
órdenes de Cortés en la conquista de Méjico. 

Luis Pérez de Vargas, de Trujillo. — Este hi- 
dalgo fué uno de los jefes que llevó á la América 
del Sur el adelantado de la Asunción Alvar Núñez 
Cabeza de Vaca, al que prestó considerables ser- 
vicios en el poco tiempo que éste disfrutó del ade- 
lantamiento. 

Juan Delgado, de V^alencia de Alcántara. — Ofi- 
cial del ejército de Pizarro, que en el repartimiento 
de los tesoros del inca, hecho en Cajamarca, no 
fué de los menos favorecidos. 

Antonio Redondc, de Cáceres. — Capitán de in- 
fantería del cuerpo de tropas de Pedro de Alvarado, 
tanto en la conquista de Nueva España como en la 
de Guatemala, en donde hizo definitivo asiento. 

Francisco Redondo, de Cáceres. — Hijo del 
anterior, con el que muy joven partió á nuestras 
posesiones ultramarinas, en donde trabajó por el 
engrandecimiento de la patria. 

Fundó la villa de Cáceres en la provincia de Po- 
payán. 

Alonso de xMonroy, del partido de Plasencia. 



— 104 — 

— Fué uno de los capitanes que operaron con Val- 
divia en la conquista de Chile, cuyo nombre fué 
inmortalizado por Ercilla en su Araucana. 

Gonzalo de las Casas, de Trujillo. — Se halló 
con Cortés en la conquista del reino de Motezu- 
ma, se avecindó en Méjico, casó con una sobrina 
de la primera mujer de aquél, y con la protección 
del famoso conquistador, alcanzó envidiable posi- 
ción social. 

Juan Cotrina y Topete, de Cáceres. — Regidor 
de la ciudad de Santa Fe de Bogotá. 

Pedro de Rentería, de Montánchez. — Lugar- 
teniente del renombrado Diego Velázquez, gober- 
nador de la isla de Cuba. 

Alonso de Vargas y Carvajal, de Trujillo. — 
Gobernador de la ciudad de Cartagena de Indias. 

Miguel Sánchez, de Plasencia. — Alguacil ma- 
yor de la ciudad de Tunja en Nueva Granada. 

Juan Cortés, de Trujillo. — Pariente y capitán 
de Cortés en la conquista del imperio azteca. 

Juan Fernández, de Guadalupe. — Regidor de 
la ciudad de la Asunción en Santo Domingo. 

Sancho de Perero, de Cáceres. — Distinguido- 
capitán de las tropas conquistadoras del Perú. 

Gabriel de Tai'ia y Carvajal, de Trujillo. — 
Oidor de la Audiencia de Santa Fe de Bogotá. 

Alonso de Alwaraz, del pueblo de su apellido. 
— Tesorero real en Lima. 

Diego de Carvajal (a) el Galán, de Plasencia. 
— Capitán de G. Pizarro, que se distinguió gran- 
demente en la batalla de Guarina. 

Luis Carrillo de Ovando, de Cáceres. — Go- 
bernador de la provincia de Muso y Palma en Co- 
lombia. 

Gonzalo de Tapia, de Trujillo.— Capitán en el 



— 105 — 

Perú á quien y 8o soldados que mandaba, mata- 
ron los indios en la cuesta de Parcos, yendo á so- 
correr á Hernando y Gonzalo Pizarro, sitiados por 
el inca Manco Capac en el Cuzco. 

Juan Hurtado, de Garrovillas. — Escribano del 
consejo de Santiago de Chile. 

Gregorio de Plasencia, de esta ciudad. — Des- 
pués de operar en la conquista de los países ba- 
ñados por el Amazonas, se alistó en las huestes 
de Juan de Carvajal, azote de Venezuela, y pere- 
ció víctima de las asechanzas de éste. 

Gabriel de Chaves, de Trujillo. — Alcalde ma- 
yor de Meztitlan. 

'Francislo de Valvkrde, de Cáceres. — Oidor 
de la Audiencia de la ciudad de los Reyes, en el 
Perú, desde la que fué ascendido á presidente de 
la de Guatemala. 

Juan de Hinojosa, de Trujillo. — Alguacil ma- 
yor de Méjico. 

Gabriel Paniagua de Loaisa, de Plasencia. — 
General de las tropas españolas en la guerra con- 
tra los indios chiriguanos del Perú. 

Domingo de la Marilla (^Amarilla?), de Truji- 
llo. — Alguacil de la ciudad de la Asunción. 

Matías de Solís Ulloa y Quiñones, de Cáce- 
res. — Oidor de la Audiencia de Guatemala. 

Alonso Casco, de Trujillo. — Oficial del virrey 
Blasco Núñez en sus contiendas con G. Pizarro. 

Francisco Manuel de Ovando, de Cáceres. — 
Teniente de gobernador de San Juan de Puerto 
Rico, puesto por el Almirante. 

Francisco Ruiz, de Trujillo. — Capitán en la 
conquista de Venezuela, al que el gobernador Gu- 
tiérrez de la Peña encomendó la segunda expedi- 
ción contra los tuicas. Antes de ésta y en aquel 



— io6 — 

mismo país, había ayudado á su paisano Diego 
García de Paredes á fundar la villa de Trujillo. 

Bernabé Pícón, de Cáceres. — Tomó parte en 
la conquista del F'erú, y terminada esta, colgó los 
bélicos arreos y se dedicó á la explotación de mi- 
nas, figurando en las relaciones oficiales de la fun- 
dición del Cuzco, como uno de los mineros más 
favorecidos por la suerte. 

Garci-Manuel de Carvajal, de Trujillo. — Aso- 
ciado á Francisco de Chaves, su paisano y amigo, 
se halló en la conquista de Guatemala, en cuyo 
país se estableció. 

Y por último, Cristóbal de los Nidos, de Cáce- 
res; Juan Hidalgo de Ocampo, Diego Martín del 
Corral y Diego Felipe del Corral, del Villar del 
Pedroso; Diego y Alonso de Salvatierra, de Sal- 
vatierra de Santiago; Juan Pérez Yáñez, de Coria; 
Antón García, de las Eljas; Martín Salgado y 
Vasco Chamizo, de Alcántara; Diego de las Bro- 
zas, de Brozas; Luis León y Cristóbal Buezo, de 
Plasencia; y Diego Sánchez, de Zorita, que sin 
cargo alguno oficial de que yo tenga noticia, se 
aventuraron á cruzar el Océano y estableciéndose 
en el Nuevo Continente, consiguieron labrar pin- 
gües caudales. 



VI 



Ya se incluyeron entre las biografías de los ilus- 
tres cacereños que sirvieron en América, las con- 
cernientes á Fr. Tomás Ortiz, Fr. Jerónimo de 
Loaisa, Fr. Tomás Casillas y D. Pedro Ordóñez 
Flores, príncipes de la Iglesia, que mientras sus 
compatricios conquistaban pueblos y pueblos con 
el filo de la espada, ellos conquistaban almas con 
su evangélica palabra y la más elocuente del 
ejemplo. 

Pero ^fueron estos solos los que difundieron en 
aquella sociedad primitiva la sin par doctrina del 
Mártir del Gólgota, contribuyendo como ningún 
poder del Estado á su civilización y cultura) 

No ciertamente; pues se cuentan por cientos los 
religiosos seculares y regulares (y más de éstos 
que de aquéllos), que compartieron con tan escla- 
recidos pastores las tareas y penalidades de des- 
truir las fábulas cosmogónicas y el fetichismo an- 



— io8 — 

tropomórfico de los americanos, y atraerlos á la 
grey de Jesucristo. 

Sólo que humildes siervos de Dios, esquivos á 
toda pompa y ruido mundanales, trabajaban mo- 
desta y silenciosamente en su obra redentora, sin 
otra aspiración que la de ganar un lugar en el 
cielo, mediante el cumplimiento en la tierra de su 
misión edificante. 

Y como regularmente se hace tan escaso ó nin- 
gún mérito de ellos en las historias de aquellos 
países, cualquiera pensaría que de nuestra provin- 
cia no partieron allá más que espadones ó legule- 
yos; lo que está muy distante de la realidad. 

Entre otros muchos, — de que ciertamente yo 
no tengo noticias, — son dignos de mención: 

Fr. Juan de AlxMaraz, de Almaraz. — Agustino, 
obispo del Paraguay. 

Fr. Diego de Torres Altamirano, de Trujillo. 
— Franciscano que fué nombrado comisario gene- 
ral de su Orden en el Perú, y después obispo de 
Cartagena de Indias. 

Fr. Agustín de Carvajal, de Cáceres. — Agus- 
tino, obispo de Guamanga. 

Fr. Bf.rnardino de Manzanedo, de Coria. — 
Jerónimo, nombrado con otros tres frades de su 
orden por el cardenal Jiménez de Cisneros, gober- 
nador y reformador de la isla Española, á cuyo 
patrocinio debieron los indios mejorar de condi- 
ción y Cortés el triunfo de partir como jefe de la 
expedición aparejada por Diego Velázquez para la 
conquista de Nueva España, á la que á última 
hora se oponía la suspicacia del propio Velázquez 
y sus paniaguados, envidiosos del extremeño. 

El Br. Pedro Bravo, partidario de Almagro y 
provisor después de las provincias de Nicaragua. 



— 109 — 

Fr. Diego AltaxMirano, de Trujillo. — Francis- 
cano, primo de Hernán Cortés con quien partió á 
la conquista del país del Anahuac, en donde tra- 
bajó para sustituir en el alma de los aztecas el 
sangriento culto de Huitzilopochtli por el caritativo 
y humanitario del Nazareno, ayudando no poco 
en los negocios político-administrativos de aquellos 
vastos territorios á su pariente, al que comunicó, 
antes que otro alguno, la rebelión y alzamiento en 
Méjico de Salazar y Peralmíndez Chirino. 

Fr. Juan de Cáceres, de Cáceres (i). — Tam- 
bién franciscano y propagandista de nuestra religión 
entre los fervientes heliolatras de Tonatiuh (el sol) 
en las comarcas de Jalapa, Tehuacán y Calcahual- 
co, en donde murió, 

Fr. Diego y Fr. Juan de San Martín, de San 
Martín de Trevejo. — Hermanos agustinos que en 
1535 pasaron de España ala provincia de Me- 
choacán á la conquista espiritual de los tarascas, 
á los que predicaron el Evangelio, sustrayendo 
muchos de ellos al culto del meteorológico 
Tlaloc. 

Fr. Juan de Almaraz, de Almaraz. — Sapientí- 
simo mercenario que aprendiendo á la perfección 
la lengua mejicana, se dedicó preferentemente á 
combatir desde el pulpito la teogonia quichua, y á 
enseñar á los guatemalteses cuál era la verdadera 



(i) Antiguamente era muy común tomar por so- 
brenombre el del pueblo de la naturaleza de cada cual; 
y esto fué más general en las órdenes monásticas, don- 
de para que la igualdad fuese una verdad, se prescindía 
de los apellidos familiares, á fin de que lo ilustre de 
ellos no fuese motivo de vanagloria ni primacía. 



— lio — 

luz espiritual y cuál el pavoroso mictlan ó man- 
sión tenebrosa de la muerte. 

Fr. Francisco del Pedroso, del Pedroso. — 
Franciscano que ya de edad, pasó á Méjico, invir- 
tiendo los postreros años de su vida en las peno- 
sas tareas del confesonario. 

Fr. Alonso Trueno, de Trujillo. — Dominico 
que desde el convento de San Esteban de Sala- 
manca, partió con el reverendo Fr. Bartolomé de 
las Casas á la América (1544); mas llegando á la 
isla de Santo Domingo, tuvo que quedarse en ella 
á ruegos de los naturales, cuando los demás com- 
pañeros partieron á Colombia. 

Fr. Francisco Mesia de Paredes, de Cáceres. 
— Era del orden de predicadores é hijo del gene- 
ral Garci-Fernández. Fué calificador del tribunal 
del Santo Oficio en el Perú, regente del convento 
de Santo Domingo en la ciudad de Lima, visitador 
de la provincia de Chile, vicario provincial de la 
del Perú, y visitador y examinador general del 
obispado de las Charcas. 

Fr. Ángel de San Antonio, del Portezuelo.- - 
Fué regular de San Francisco y custodio de la 
provincia monástica de San Gabriel. Pasó al Perú 
y su palabra fué poderoso ariete contra los mitos 
autóctonos de sus moradores, de los que por últi- 
mo alcanzó la corona del martirio. 

Fr. Pedro de las Garrovillas, de Garrovillas. 
— Franciscano que profesó en la provincia de San 
Miguel: luego emigró á Mechoacán, cuya lengua 
aprendió. Su fervor era extraordinario; tanto, que 
en los territorios bañados por el mar del Sur, en 
donde con preferencia ejerció su ministerio, des- 
truyó más de mil ídolos, muriendo de más de se- 
tenta años en el pueblo de Cincontzan. 



— III — 

Fr. Ambrosio de Villarejo, de Galisteo. — Do- 
minico que pasó á ultramar en 1544 y ejerció su 
ministerio en San Juan de Puerto Rico. 

Fr. Alonso de Escobar, cde Trujillo> — Fran- 
ciscano y afortunado catequista en la provincia de 
Nueva Méjico. 

Fr. Pedro de los Reyes, de Galisteo. — Domi- 
nico y compañero de misión del célebre P. Las Ca- 
sas. Desde Campeche donde tomó tierra la comi- 
tiva religiosa, se dirigía con otros ocho compañeros 
á la provincia de Chiapa, cuando fueron sorpren- 
didos en alta mar por una borrasca irresistible que 
echó á pique la nave, pereciendo Fr. Pedro con 
toda la tripulación. 

Fr. Miguel de las Garrovillas, de Garrovülas. 
— Franciscano que partió á Méjico en i 53 i , ingre- 
sando en la provincia del Santo Evangelio. No fué 
de grandes letras, pero su vida austera y contem- 
plativa, su desprecio del mundo y su ejemplo edi- 
ficante, le dieron consideración y respeto, murien- 
do de más de cien años en el convento de Tezcuco. 

Fr. Antonio de Villalva, de Plasencia. — 
Dominico que pasó con otros diez y siete regulares 
de su orden á los estados de Colombia en 1554, 
habiendo él sido destinado á difundir el cristianismo 
entre los fervorosos creyentes en las encarnaciones 
de Tonatzin, el fetiche ofidiano de la provincia de 
Guatemala. 

Fr, Juan Pizarro, de Trujillo. — Franciscano 
que ejerció su ministerio primero entre los mayas 
y toltecas de Yucatán y después en Costa Rica. 

Fr. Lucas de Pedroso, del Pedroso. — Agustino 
cuya misión catequizadora fué ejercida entre los 
indios nahüas de la Nueva España. 

Fr. Miguel de Torrejoncillo, de Torrejon- 



112 

cilio. — Reverendo franciscano que habiendo apren- 
dido la lengua mejicana, predicó en ella sin des- 
canso en la ciudad de los Angeles, sin desatender 
las tareas del confesonario, del que no faltó un solo 
día. Murió en i 572. 

Y por último. 

Fr. García de Salvatierra, de Salvatierra de 
Santiago. — Franciscano que profesó en la provin- 
cia de San Miguel y pasó al Nuevo Mundo después 
de haber sido portero de los conventos de Horna- 
chos y Alcántara, quedando en la provincia del 
Santo Evangelio, con residencia en el convento de 
Toluca. 

Ejemplares fueron su caridad y sus penitencias; 
pero no le dieron éstas el renombre que alcanzó 
entre los mallazincos toluqueses. 

Debió su fama á los milagros que á diario lle- 
vaba á cabo, alguno de los cuales no deja de tener 
chiste (salvando toda clase de respetos) y que para 
solaz de los espíritus creyentes voy á apuntar, to- 
mándolos de las crónicas religiosas. 

Imponente como las egipcias asolaba una plaga 
de hormigas el pueblo de Tehuacan. El edificio más 
asediado era el convento, y el departamento prin- 
cipal objeto de sus asaltos — ¡cosa natural! — el re- 
fectorio. Pero cierto día el P. Salvatierra las mandó 
salir de él, y aquellos ejércitos de himenópteros, 
más numerosos que los de Jerjes, obedeciendo su 
voz imperativa, evacuaron la estancia. Animado 
el religioso con tan milagroso resultado, siguió di- 
rigiéndoles su voz á la que obedecían como doc- 
trinos, haciéndose notorio que donde él les prohi- 
bía entrar no penetraban. 

Un vecino del propio lugar andaba hacía tiempo 
atormentado por un violento dolor de muelas que 



— 113 — 

no se mitigaba un solo instante. Cuéntaselo á 
Fr. García, y éste, sin otro elíxir que la yema de 
su dedo, que le aplica al carrillo dolorido, lo cura 
instantánea y radicalmente. 

En otra ocasión antójasele á una mujer embara- 
zada (ien tal estado había de estar para no tener 
antojos!) saber si ha de dar á luz niño ó niña. 

cQuién podría penetrar este secreto de la natu- 
raleza> 

¡Sólo el milagroso franciscano! 

Interrógale la interesada, y el buen fraile le anun- 
cia que ha de parir varón... y varón fué. 

Un viudo que ofrecía gustoso el cuello al segundo 
yugo matrimonial, anheloso de conocer su futuro 
destino, le pregunta qué tal ha de pasarlo en su 
reincidencia conyugal. El padre 1® mira de arriba 
abajo, y como leyendo en el inescrutable libro del 
destino, le predice males sin cuento. 

O no creyó en ellos el predestinado, ó eran tales 
los atractivos de la Armida, que el consultor se 
arropó la cabeza y allá se entró por las fragosidades 
del matrimonio. 

¡Desgraciado'. 

xMás de una vez y más de dos veces se llevó las 
manos á la frente... recordando desesperado la 
profecía del P. Salvatierra. 

Por último, habiéndose desarrollado en uno de 
los pueblos circunvecinos una epidemia que arre- 
bataba en poco tiempo á cuantos niños atacaba, 
imploraron sus habitantes la intercesión de Fr. Gar- 
cía. Corrió éste en su auxilio, y se refiere que sal- 
vaba á cuantos tocaba con sus manos. 

Murió este venerado monje en 1 591 . 



VII 



Ya apuntamos en la correspondiente biografía, 
cómo y porqué fué nombrado gobernador y capi- 
tán general de la Española D. Nicolás de Ovando, 
primero de los personajes de alta graduación y 
esclarecida alcurnia que de las provincias extreme- 
ñas hizo rumbo al Nuevo Continente. 

Revestido de extraordinarias atribuciones, y fa- 
cultado para hacer repartimientos y modificar los 
hechos anteriormente en los países descubiertos y 
que se descubriesen, el que con su beneplácito 
abordaba la flota preparada, podía tener la segu- 
ridad de ir á mesa puesta, sin necesidad de arros- 
trar grandes peligros, caso de que su condición 
pacifica le hiciese mirar con ojos tímidos el laurel 
de Marte. 

Deudos, paisanos y amigos fueron por él invi- 
tados á pasar al Nuevo Mundo, y en la expedición 
que en 1502 lo trasportó á su decantada ínsula^ 



_ I J- — 

fueron muchos los aventureros que de Cáceres, 
Trujillo, Brozas, Alcántara y del partido de la Serena 
partieron en su compañía. 

Sometidos los naturales de la Dominica á los 
monarcas españoles, unos de grado y otros por 
fuerza, D. Nicolás hizo su correspondiente reparti- 
miento de indios y propiedades agrarias de aquella 
isla, figurando entre los agraciados los siguientes, 
extremeños sin disputa, alguno de los cuales ha 
sido ya citado especialmente. 

En la ciudad de la Concepción, Juan Hernández 
de Guadalupe, regidor de ella, — Hernando de Al- 
cántara y su yerno Vasco Núñez, — y Juan de I lino- 
josa. 

En la villa de Santiago, Francisco de Monroy, 
— el bachiller Juan Becerra, — Garci Hernández de 
Paredes, — Alonso de Rivera, — Manuel de Ovan- 
do, — García Altamirano, — y Gonzalo de Villegas. 

En Puerto de Plata, Francisco Bootello, regi- 
dor, — Juan de Campofrio, — y Pero Ruiz de Tapia. 

En la ciudad de Santo Domingo, Cristóbal de 
Tapia, veedor, — su hermano Francisco de Tapia, 
alcaide de la ciudad, — Hernando de Carvajal, — 
Francisco de Solís, — Juan de Villegas, — Alonso de 
Hervás, — Pedro de Lumbreras, — Antonio de Es- 
cobar, — Pedro de Llanos, — Rodrigo de Trujillo, — 
Benito de Prado, —Fernando de Valverde, — Juan 
de Torres, — y Diego Leal. 

En la villa de Salvaleón de Higüey, García de 
Barrantes, — Antonio de Trejo, — Juan deVillarroel. 
— Francisco de Alcántara, — y Francisco de la Hi- 
nojosa. 

En AzÚA, Pedro de Orellana. 

En Buenaventura, Alonso de Escobar, — Juan 
Copete, — Lope de Saavedra, — Juan Alberto de 



— lió — 

Carvajal, — Hernando dt Alcántara, — y Alonso de 
Chaves. 

En Ibonao, Juan de Robledillo, — Diego García 
de Chaves, — Luis y Alonso Godínez. 

En Puerto-Real, Bartolomé Becerra, — Fran- 
cisco Herrera de Sanabria, — y Alonso de Hinojosa. 

En la villa de Guahava, Juan de Villegas (cbisr) 
— y Alonso de Cáceres. 

En San Juan de la Maguana, Alonso de Soto- 
mayor, — Antonio Herrera, — Alonso Ramos, — Je- 
rónimo de Herrera, — Juan Pizarro, — Diego de Al- 
dana, — y Alonso de Monroy. 

En Verapaz, Pedro de Valdivieso, — Alonso de 
Figueroa, — y Francisco Garabito. 

En Salvatierra de la Cabana, Bartolomé Be- 
cerra, — Pedro Romero, — Alonso de Galisteo, — y 
Martín de Cáceres. 

Y en Villanueva de Yaquimo, Francisco Galin- 
do, — y Gonzalo Flores. 



VIII 



Con Hernán Cortés, á pesar de haber sido una 
de las figuras más grandes, quizás la de más talla, 
de cuantas la gloria coronó como conquistadoras 
del Continente i\mericano, fácilmente no partió á 
ultramar ningún compatriota. Pobre y desvalido 
aunque hidalgo y animoso, poca sombra podía 
prestar á quien ganoso de renombre y de riquezas 
emigrase del empobrecido hogar á la trasatlántica 
palestra. 

Algunos soldados (después famosos capitanes) 
hijos de su mismo pueblo natal, le habían ya pre- 
cedido camino de las Indias. El los siguió... y se 
antepuso á todos. 

Era natural que cuando su nombre, favorito de 
la fama y la fortuna, corriese por todo el mundo, 
volasen á la Nueva España sus paisanos á partici- 
par de su envidiable estrella. cPero antes?... Antes 
recabó sus compañeros de armas de entre los mi- 



— I i8 — 

litares que trasbordados á las colonias por sus go- 
bernadores, y en especial porelcomendadorOvando, 
se hallaban prontos á acudir adonde se escuchasen 
rumores belicosos ó se acometiesen empresas de 
conquista. 

Algunos de los extremeños afincados en la isla 
Española, abandonaron su nueva residencia y hasta 
su fortuna por seguir al intrépido Hernán, que tanta 
confianza en el porvenir sabía inspirar á sus sol- 
dados. 

De la Fernandina (Cuba) no fueron pocos los 
que se alistaron en sus banderas; -y entre ellos 
encontramos á los siguientes, hijos de la alta 
Extremadura, de algunos de los cuales se ha he- 
cho ya más. circunstanciada mención: 

Juan de Rivera 

Alonso Cortés 

Pedro de Robles 

Gonzalo Carrasco 

Pedro de Orellana 

Alonso Becerra 

Pedro de Villarroel 

Vasco Porcallo de Figueroa 

Pedro López de Alcántara 

Melchor de Trujillo 

Francisco de Vargas 

Juan de Paredes 

Diego de Ovando 

García Holguín 

Diego y Rodrigo de Escobar 

Juan de Tapia 

Juan de Zorita 

Diego de \''illarroel 

Diego de Orellana 



— 119 — 

Gómez de Panlagua 
Diego de Vargas 
Garci-Hemández Herrera 
Antón Cordero, y 
Luis Sánchez de Santa Cru. 



IX. 



En cuanto á los extremeños de nuestra provincia 
que siguieron las banderas de Pizarro, es punto 
menos que imposible poder dar razón de todos 
ellos. 

Y es obvio que al hacer esta afirmación, nos 
referimos, no á la época precaria en que trocando 
la duerna del porquero por el emblema de jMarte, 
marchó á ultramar en busca de la suerte, sino á la 
próspera y bonancible en que nombrado capitán 
general de los países bañados por el mar del Sur, 
visitó á su patria antes de hacerse á la vela. 

¡Cuánto entusiasmo en todos los pueblos cace- 
reños! ¡qué de cuentas galanas con tesoros ima- 
ginarios! Pero es lo cierto que ellas hicieron caer 
en la atarraya tendida por el afortunado trujillano 
á todos los extremeños que, menos confiados que 
sus compatricios, habían resistido á las incitadoras 
tentaciones de partir al Nuevo Mundo. 



121 

Aquello no fué ya el deseo de hacer fortuna, 
sino el delirio, el vértigo de la emigración. 

¡Así quedó de desvalida Extremadura! 

Muchos yendo pobres se enriquecieron. Otros, 
hidalgos y valientes, resultaron empobrecidos. 

Los que libraron la vida en las revueltas del 
Perú y observaron una conducta prudente y pre- 
visora, hicieron fortuna por regla general; mas los 
que se entregaron á sus vicios, perecieron olvi- 
dados y miserables. 

No todos llevaron á cabo hechos que los hicie- 
sen acreedores á figurar en las páginas de la his- 
toria, y de aquí la imposibilidad de mencionarlos. 
Pero citaremos á los que por seguir fieles á la po- 
derosa familia de los Pizarros, arbitros de impro- 
visadas grandezas, vieron su suerte encadenada á 
la de éstos, y pasando de la jefatura de unos á 
otros, dieron en la de Gonzalo, cuya catástrofe 
cruenta derribó más aéreos castillos y desvaneció 
más risueñas ilusiones que puede forjar el más fe- 
cundo novelista. 

Entre los cuatrocientos diez y siete partidarios 
del último, que con él fueron encausados por el 
Lie. Cianea, oidor de la Audiencia de los Reyes, á 
raíz de la batalla de Xaquixaguana, se contaban: 

Rodrigo Pizarro, alférez de su estan- 
darte, natural de. . . . . . . Trujillo. 

Juan Pizarro, de id. 

Cristóbal Pizarro de Orellana. ... id. 

Salvador Rebollo, repostero de Gonzalo id. 

Francisco de Hinojosa id. 

Ñuño de Carvajal id. 

Gonzalo Carrasa (O) id. 

Diego de Orellana id. 



F^edro Dávalos Trujillo. 

Francisco Hornero id. 

Ñuño de Chaves id. 

Alonso García Vegaso id. 

Lucas Núñez Vegaso id. 

Gonzalo Hernández id. 

Juan de Trujillo id. 

Francisco Velázquez id. 

Alonso de Toro id. 

Bartolomé Aguilar id. 

Blas de Soto id. 

Sancho de Figueroa, natural de. . . Cáceres. 

Gonzalo de los Nidos id. 

Pedro Guerra id. 

Juan Guerra . . id. 

Martín Picón id. 

Bernabé Picón id. 

Juan Rodrigo " id. 

Francisco de Almendras (segundo de 

Gonzalo) natural de Plasencia. 

Gómez de Velasco id. 

Diego de Carvajal, el Galán. ... id. 

Francisco Martínez id. 

Miguel Muñoz id. 

Francisco López id. 

Diego de Santa Cruz, de. . . • Guadalupe. 

Pedro de Soto, de Alcántara. 

Martín de Cabanas, de Logrosán. 

Pedro de Aviles, de Montanchez. 

Diego Muñoz, de Granadilla. 

Domingo de Deleytosa, de Deleytosa. 

Diego Gil, de. . . . Santa Cruz de la Sierra. 
Juan de la Plaza, de Hervás. 

Además fueron condenados en rebeldía, entre 



Otros, Hernán Gómez Galán, — Francisco Cava, — 
jorge y Juan Hurtado, — y Pero Hernández de 
Trujillo. 



En las discordias civiles habidas entre Pizarro 
y Almagro, pusiéronse de parte de éste y fueron 
mandados ajusticiar de orden de aquél, una vez 
muerto el segundo, entre otros, 

Juan Jiménez de Alcántara 
Pedro de Orellana 
Juan de Coria 
Pedro de Trujillo, y 
Alonso Pavón. 

Entre los conjurados acaudillados por Lope de 
Aguirre contra Pedro de Ursúa, descubridor y go- 
bernador de las provincias de Manicuri y Machi- 
faro en 1560, se encontraban: 

Cristóbal y García de Chaves 

Bartolomé Sánchez Paniagua 

Juan de Vargas 

Diego de Figueroa 

Pedro de Cáceres 

Diego de Torres, y 

Pedro de Trujillo, el cual, como casi to- 
dos los anteriores, después de haber ayudado á 
Aguirre á matar al gobernador, fué mandado ahor- 
car por el triunfante cabeza de motín. 



X 



Por último, á más de los ya apuntados, pasaron 
al Nuevo Continente, los siguientes individuos, 
que yo tengo por extremeños y paisanos nuestros: 

Alonso Valiente, — gran servidor de Cortés, — 
el cual, así como su esposa, sufrieron todo género 
de vejaciones de los enemigos de aquél, Salazar y 
Peralmíndez. En remuneración de su fidelidad ob- 
tuvieron de Hernán grandes mercedes, y hasta 
señorío de pueblos indios. 

Alonso de Orellana, joven militar que acom- 
pañó á Antonio Sedeño, primer gobernador y con- 
quistador de la isla de la Trinidad, cuyo esfuerzo 
y valentía se probaron bien pronto en un encuentro 
que tuvo con el cacique Pamacoa, cantado así 
por Juan de Castellanos: 

Veréis á Pamacoa que se emperra 
vertiendo por allí sangre cristiana, 
pues tiene tres tendidos por la tierra 



de los terribles golpes de Macana; 
y en la mayor presura de la guerra 
topóse con Alonso de Orellana, 
mancebo de valor y fuerza mucha, 
y enciéndese de dos terrible lucha. 

Sus armas cada cual desembaraza, 
el salto que se da parece vuelo: 
descarga Pamacoa con la maza, 
mas el cuerpo le hurtó nuestro mozuelo. 
El otro, que pensó matar la caza, 
rompió con el troncón el duro sucio, 
y á la sazón que el indio se endereza, 
el mozo le llevó media cabeza. 

Juan de Yuste, oficial de Panfilo de Narváez, y 
el que aconsejó á éste, cuando desembarcó en 
Nueva España, que prendiese á Juan Velázquez, 
capitán y parlamentario de Cortés. — Derrotado 
Panfilo, Yuste se unió al preclaro Hernán; mas 
habiendo caído en una celada dispuesta por los 
indios de Tesaico, al ir desde Veracruz á Temixti- 
tan, fué sacrificado á los ídolos mejicanos, ante los 
cuales los aprehensores le arrancaron el corazón. 

Diego Hurtado, primo y capitán de Cortés, que 
recorrió de orden de éste y aseguró á la corona de 
Castilla la pacífica posesión de la bahía y costa de 
la Asunción, llegando á ser después alguacil mayor 
de la ciudad de Trujillo y gobernador de Panamá. 

Hernando Barrientos, persona de la mayor con- 
fianza para el conquistador de Méjico, quien lo 
envió á la provincia de Chinantla para que fomen- 
tase en ella la agricultura y la ganadería, lo que 
no le costó poco trabajo, dadas las convulsiones 
bélicas de los naturales, y más aun las guerras que 
de continuo sostenían con los de las provincias 
limítrofes. 



I 20 

Alonso Camargo, capitán del general Lope de 
Mendoza en las discordias peruanas. Habiendo 
caído prisionero de Francisco de Carvajal, teniente 
de Gonzalo Pizarro, aquél le perdonó la vida; mas 
complicado en una conjura contra el mismo Car- 
vajal, éste le mandó descuartizar. 

BartolOxMÉ Hurtado, capitán de la expedición 
despachada por Pedrarias Dávila (á quien ayudó á 
conquistar el territorio de Castilla del Oro), contra 
los indios de Comagre, Chame y Pecorosa, baja 
el mando del licenciado Espinosa. 

Pobló la villa de Acia, y fué quien aprisionó al 
famoso Cherú, cacique de Nata. 

Francisco de Cáceres, fundador (157Ó) de la 
villa de iMtra. Sra. de la Grita y de la ciudad del 
Espíritu Santo, y gobernador de Nueva Granada. 

Juan de Carvajal, gobernador y capitán gene- 
ral de Venezuela, á quien por sus crueldades man- 
dó ahorcar y arrastrar después de muerto (1548) 
el licenciado Tolosa. 

Cristóbal de Salvatierra, capitán de Panfilo 
de Narváez en la jornada que éste llevó á cabo 
contra Cortés, de orden de Velázquez. Luego mar- 
chó con Alvarado á Guatemala. Fué uno de los 
fundadores de la ciudad de Santiago de los Caba- 
lleros, capital de dicha provincia, y fué nombrado 
alcalde de ella. 

Miguel Holguín, oficial del capitán Alonso de 
Herrera en la entrada que éste hizo por las riberas 
del Caranaca y el Orinoco en la provincia de Paria. 

Francisco de Villalobos, rico explotador de 
minas en el Perú, quien tales trazas se dio á gas- 
tar, que sobre dilapidar su enorme caprtal, llegó á 
verse ejecutado por la friolera de 83,000 pesos 
de oro. 



Hernando de Saavedra, justicia mayor de las 
villas de Trujillo y la Natividad, en la provincia de 
Honduras, el cual mandó á su capitán Bartolomé 
de Celada (1526) fundar una villa que denominó 
Frontera de C áceres. 

Diego de Godoy, escribano del concejo de Vé- 
racruz en 151Q. Luego trocó la péñola por la 
espada, y partió con el capitán Luis Marín á la 
conquista de Chiapa. Batalló con los indios de la 
provincia de Chamula y otros puntos; después fué 
nombrado capitán de armas de Puerto de Caba- 
llos, y murió en una expedición dispuesta por 
Cortés á la provincia de Naco. 

Francisco de Ulloa, capitán de los navios que 
por dos veces envió Cortés al descubrimiento del 
mar del Sur. Después figuró al frente de una com- 
pañía en la guerra contra los araucanos. 

Juan de Cáceres, mayordomo de Cortés. Tan- 
to prosperó á su sombra, que le apodaron el Rico. 

Juan de los Nidos, capitán de Antonio Sedeño, 
conquistador y gobernador de la isla de la Trini- 
dad, á quien salvó de la prisión á que lo redujo el 
dominante y revoltoso Alonso de Herrera. 

Juan de Trevejo, soldado connivente en la frus- 
trada fuga de F^ánfilo de Narváez. Perdonado por 
Cortés, siguió á Cristóbal de Olid á la provincia 
de las Higueras. Rebelóse contra Hernán siguien- 
do las huellas de Olid, y fué mandado ahorcar 
por Francisco de las Casas. 

Pedro del Barco, capitán de Pizarro que cuan- 
do le correspondía custodiar al inca Atahualpa, se 
entraba de rondón en el departamento de las mu- 
jeres de éste, y con afrenta y vilipendio de la ma- 
jestad real, folgaba con ellas en presencia del 
augusto prisionero... Luego se hizo rico con la ex- 



— 128 — 

plotación de minas en el Cuzco, donde avecindó. 
Tomó más tarde parte en las guerras civiles en fa- 
vor de los Pizarros, y fué ahorcado de orden del 
capitán Centeno. 

Juan de Camargo, gobernador de la Jamaica en 
la segunda década del siglo xvi. 

Martín de Monroy. capitán que ayudó al go- 
bernador García de Lerma á conquistar la provin- 
cia de Santa Marta. 

Juan de Valdivieso, afortunado explotador de 
los ricos criaderos argénteos del Potosí. 

Alonso Bote, valiente soldado que en 15 17 
acompañó á Francisco Hernández de Córdoba en 
el descubrimiento de Yucatán y Campeche, y peleó 
en varios encuentros con los indios, quedando 
prisionero de éstos en la batalla de Potonchan, ig- 
norándose cual fué su destino. 

Alonso de Carvajal, capitán que pobló el te- 
rritorio de Maritúe. 

Francisco Donaire, veterinario del ejército de 
Cortés. 

Juan Enríquez de Orellana, capitán del ejér- 
cito del revolucionario Francisco Hernández Girón. 

Lope Hurtado, tesorero real en la isla Espa- 
ñola. 

Hernando de Chaves, capitán en la conquista 
de Guatemala, pacificador de la provincia de Chi- 
quimula, y sobre todo de las ciudades pipiles á 
cuyos caciques venció en Mictlan. 

Juan de Saavedra, capitán de Almagro el joven 
en sus contiendas con los Pizarros. 

Francisco de Solís, contador del ejército de 
Cortés, y regidor de la ciudad de Méjico. 

Gonzalo de Figueroa, regidor de la misma ca- 
pital. 



— 129 — 

Juan Delgadillo, corregidor de la ciudad de 
San Miguel de Piura en el Perú. 

Juan de Escobar, capitán de las huestes de Pe- 
drarias en la conquista de Colombia. 

Andrés Duran, alcalde de la ciudad de San Mi- 
guel en la Nueva Castilla. 

Vasco de Herrera, teniente de gobernador en 
la provincia de Honduras. 

Cristóbal Corral, alférez del estandarte de 
Cortés y jefe de su guardia, que se distinguió 
especialmente por su bravura -en la batalla de 
Chalco. 

Pedro de Orellana, regidor de la ciudad de 
Gracias á Dios, á quien el general Pedro de Al- 
varado hizo merced de los pueblos de Zambizam- 
bique y Colx. 

Diego Pizarro, capitán de Francisco Pizarro. 
que yendo á socorrer á los hermanos de éste, si- 
tiados en el Cuzco, fué muerto por los indios en 
el paso de Parcos con todos los soldados que 
acaudillaba. 

Diego de Soto, mayordomo de Cortés y teso- 
rero real en Nueva España, con el que aquél en- 
vió al emperador Carlos V fuertes sumas de oro. 

Antonio Altamirano, regidor del Cuzco y al- 
férez del estandarte de Gonzalo Pizarro, en las 
guerras promovidas en los estados peruanos por 
éste; pero habiéndose hecho sospechoso de fideli- 
dad, mandóle Gonzalo dar garrote. 

Diego de Vargas y Carvajal, militar desterra- 
do por La Gasea á Venezuela, en donde después 
de sufrir horrible tormento fué descuartizado. 
Fernando de Aldana, rico minero del Cuzco. 
Juan de Torrequemada, escribano del munici- 
pio de la villa de Trujillo, en Honduras. 



— 130 — 

Rodrigo de Chaves, uno de los capitanes pre- 
dilectos de Francisco Pizarro. 

Diego Pantoja, subordinado del general Pedro 
de Hinojosa. 

Martín de Valencia, capitán de la artillería de 
Vaca de Castro contra Almagro en la batalla de 
Chupas. 

Alonso de Monroy, valeroso capitán del ejér- 
cito de Valdivia en la conquista de los araucanos. 

Sancho Pizarro, capitán en el Perú, que acom- 
pañó en su desgi-aciada expedición á Pedro de 
Ursúa. Asesinado éste, tuvo que seguir al protervo 
Lope de Aguirre, el cual mandó matar á Sancho 
en la isla Margarita. 

Juan Altamirano, juez comisionado en la isla 
de Cuba para conocer de los pleitos del goberna- 
dor de ella y émulo de Cortés, Diego Velázquez. 

Pedro de Solís, alguacil de Veracruzr 

Francisco de Herrera, capitán de Grijalva y 
descubridor de la punta de Cotoche en Yucatán. 

Juan Pantoja, regidor de Méjico. 

Lucas de Montánchez, que avecindó en Te- 
mistlan. 

Diego de Coria, que asentó en Cupacan. 

Francisco Dávalos, vecino del Cuzco. 

Juan de Alcántara, el viejo. Sirvió á Cortés, y 
habiendo adquirido gran fortuna, se avecindó en 
Villarrica. Desalmados codiciosos de sus riquezas, 
lo asesinaron para apoderarse de ellas. 

Pedro de Valencia, gran servidor de Francisco 
Montejo. 

Esteban Bejarano, uno de los soldados más 
distinguidos de Cortés. 

Y Pedro Vázquez de Loaisa. 



XI 



Como el lector habrá tenido lugar de observar, 
hay muchos nombres repetidos en las anteriores 
páginas, y tal vez se haya preguntado: (¿serán unos 
mismos personajes? cserán individuos diversos los 
designados con ellos? 

Pues aunque parezca antitético, á las dos pre- 
guntas puede contestarse afirmativamente. 

Había entonces familias — y hoy sucede lo mis- 
mo, aunque no con tanta razón de ser ni tal fre- 
cuencia, — que barajando incesantemente dos ó 
tres nombres propios, daban lugar á que en deter- 
minadas ocasiones se contasen seis ú ocho miem- 
bros de ella con un mismo nombre y apellido. Y 
esto acontecía, ya por costumbre que había anti- 
guamente de tener cada familia un santo tutelar, 
bajo cuyo patrocinio se ponía, ya por la necesidad 
que existía de ostentar un nombre determinado, 
ante la probabilidad más ó menos longincua de 



— 132 — 

suceder en bienes vinculados, que de ordinario re- 
clamaban, como condición indispensable en sus 
poseedores, ciertos nombres y apellidos. 

Luego ocurría con frecuencia que no todos los 
aventureros que abordaban las playas coloniales 
encontraban desde luego medio de satisfacer sus 
nunca modestas aspiraciones; y como el acicate de 
la impaciencia los espoleaba tan sin tregua, anda- 
ban de Ceca en Meca persiguiendo á la fortuna... 
y muchas veces desdeñándola, ciegos de ambición 
y quijotismo. 

Todo eran tanteos y exploraciones. cNo se al- 
canzaba de la justificada administración de los Co- 
lones la soñada preeminencia?... Pues se desertaba 
de su servicio y se iba á hacer el rendez-vous á Bo- 
badilla. cNegaba Cortés una pretensión injusta)... 
Pues Ñuño de Guzmán la otorgaría. cNo llenaban 
la bolsa suficientemente los Pizarros?... Pues los 
Almagros la repletarían hasta que rebosase. 

Así que fueron muchos — ¡pero muchos! — los 
que habiendo iniciado su carrera á las ordenes de 
Ovando, sirvieron después á Diego Velázquez en 
la Fernandina, á Caray en la Jamaica, á Pedrarias 
en Panamá... fueron satélites de Cortés en Méjico, 
de Alvarado en Guatemala, y por fin terminaron 
su desastrosa odisea en el Perú, revuelto mare 
magnum adonde iban á parar los desairados de la 
fortuna, á jugar el todo por el todo, y hacer la 
postrera tentativa para encadenar á la veleidosa dei- 
dad que tantas veces se les había escapado de entre 
las manos como impalpable sombra. 

Y de aquí el aparente don de ubiquidad de mu- 
chos expedicionarios. 

De todos modos, volviendo los ojos á aquellos 
días, regocija el ánimo y satisface la vanidad re- 



— 133 — 

gional, el hallar por toda América, — como por toda 
Europa, — extremeños y más extremeños, siempre 
los primeros donde quiera, siempre dando el tono, 
siempre á la cabeza de todo movimiento progresivo. 

La cualidad de hijo de Extremadura suponía 
entonces, por sí sola, ingenio, intrepidez, linajuda 
altanería, valor rayano en la temeridad. 

En las lides bélicas como en las intelectuales, á 
un solo extremeño que hubiera en disposición de 
dar consejo, se le consultaba: su adhesión á cual- 
quier empresa, se tenía por elemento poderoso y 
precursor del triunfo: para los juicios de Dios que 
se libraban entre príncipes y magnates, se busca- 
ban, como las mejores, las lanzas extremeñas; y 
es fama que en aquella edad quisquillosa é intole- 
rante, en pocas partes se guardaron con mayor 
pulcritud y religiosidad las leyes del honor que en 
nuestras provincias. 

cY hoy>... 

¡Quantum muta tus ab illo! 

Mas si es cierto que la vida de los muertos está 
en la memoria de los vivos, guardemos en la nues- 
tra la mayoría de los nombres apuntados, para 
que ya que no podamos envanecernos de lo que 
somos, nos envanezcamos (¡triste consuelo!) de lo 
que fuimos. 



índice 



PÁGINAS 

1 5 

II 8 

III .12 

IV 15 

Frey D. Nicolás de Ovando 15 

Francisco Pizarro 17 

Hernando Pizarro #21 

Gonzalo Pizarro 26 

Juan Pizarro 29 

Francisco Martín de Alcántara 30 

Juan Cano de Saavedra 30 

Francisco Montejo 31 

Francisco de Orellana 33 

Pedro Corvacho 36 

Fray Tomás Ortiz 38 

Nuflo de Chaves 39 

Vasco Porcallo de Figueroa 41 

Garci-Fernández Barrantes 43 

Pedro Alonso de Hinojosa '44 

Fray Tomás Casillas 46 

García de Holguín (ó Golfín) 47 

Luis López Ortiz 50 

Juan de Chaves 51 

Francisco de las Casas 52 

Lorenzo de Aldana 54 

Antonio de Villaroel 56 

Gonzalo de Ocampo 58 

Francisco de Godoy 59 



- .36 - 

PÁGINAS 

Andrés Garabito 6i 

Diego de Ocampo , . . 62 

Fray Jerónimo de Loaisa y Carvajal. ... 63 

Benito Hurtado 65 

Peral varez Holguín 66 

Alonso de Cáceres 67 

Diego de Sanabria y Calderón 68 

Hernando de Trejo 69 

Hernando de Osma 7o 

Diego de Orellana 7i 

Francisco Hernández de Cáceres 72 

Francisco Cava 7^ 

Juan Rodríguez de Villalobos 79 

Pedro Ordóñez Flores 80 

G-arci-Fernández de Paredes 80 

Francisco de Chaves 81 

Francisco de Chaves 83 

Alonso Bravo de Montemayor 84 

Diego García de Paredes. ...... 85 

Francisco de Sande 87 

V • 89 

VI ^07 

VII ^H 

VIII Í17 

IX 120 

X 124 

XI ^31